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Prólogo —. 2da parte de la trama global.

Mensaje por il Maestro mascherato el Vie Jul 01, 2016 6:12 pm













Es la capacidad de elegir nuestra verdad,
la que nos hace humanos.


Prólogo

VENECIA, 1793
PALAZZO DUCALE

             Encontró al joven agazapado entre las sombras, escondido tras un capuz. Confuso con su vida y muy seguramente, preguntándose cómo sería capaz de llevar a cabo su cometido. Era sin duda un reflejo de su pasado. Se dejó llevar hasta su lado, y la oscuridad le acogió a él también, ocultando a ambos.

     — No puedo —las palabras parecían provenir directamente del capuz, de un ente sin identidad.
     — Debes hacerlo, es nuestra única esperanza.
     — Esperanza... —levantó la mirada, atravesando las rejas del pequeño tragaluz ante el que se encontraban. Fue entonces cuando su rostro se dejó ver.


CALLES DE VENECIA

A
quel invierno en Venecia estaba siendo especialmente frío. Los charcos de agua estancada en las plazas estaban congelados, el sol se escondía tras inmensas nubes que teñían el cielo de un blanco deslumbrante. Hacía mucho que la ciudad ya no se iluminaba por las noches debido al jolgorio típico veneciano, ya no se vislumbraban fuegos artificiales en el basto cielo negro el día de carnaval. Hacía demasiado tiempo que el aire que se respiraba allí ya no parecía el de siempre: inhalar de éste era como envenenarse a uno mismo y los suspiros sonaban tan profundos que a veces se confundían con la expiración. Cada aliento amenazaba con ser el último. La gente estaba agotada y harta, todos lo estábamos.

Aquel día había poca gente por las calles de Venecia. No hacía falta volver tras un largo viaje para encontrarla diferente. Cada día que pasaba, la ciudad cambiaba, y dejaba de ser, poco a poco, la Venecia que todos recordaban y añoraban. La Plaza de San Marcos estaba siempre vacía. Al principio, todo el mundo acudía los días citados. Algunos acudían para ver el espectáculo. Otros, presenciaban la sentencia, con profundo pesar. Al cabo del tiempo todos salían de la plaza con una sensación de desasosiego, que les provocaba cierto dolor en la boca del estómago. Ahora, apenas unos pocos se acercaban allí: unos cuantos eclesiásticos, el condenado, y el verdugo.

Los autos de fe, los encarcelamientos y la pobreza, se habían convertido en el nuevo lema de la ciudad. Esto había sido posible gracias a lo que caracterizaba a una sociedad típica del siglo XVIII, la resignación. Pero algo había empezado a cambiar, podía percibirse en el ambiente. La situación era insostenible y la gente lo sabía. Pronto, la resignación que podía observarse en los rostros de las personas al pasear por los canales se transformó en inconformismo. Tal como ocurrió aquella tarde.

     Sus pasos eran firmes, pero pausados. Caminaba sin prisa, mirando a su alrededor con la aguda atención de un bandolero y con la sosegada presencia de un caballero. Parecía estar pasando la ronda de noche, comprobando que todo estaba correctamente, que no había ningún percance, manteniendo el orden establecido. De no ser por aquella máscara que ocultaba su rostro, cualquiera lo habría confundido con un centinela. Pero no lo era, no lo era en absoluto.

Anochecía, y ya no había un alma visible. Nadie más que él y el sereno, que encendía con una parsimonia agotadora las farolas de la ciudad. Se quedó un segundo observando al misterioso hombre enmascarado, para después seguir con su trabajo. Un ruido estruendoso rompió en añicos toda esa calma. Una pareja de guardias golpeaban la puerta de una de las casas con una fuerza innecesaria. La puerta se abrió, tras ella, un hombre mayor se asomó con inquietud, sus manos temblaban apoyadas en la robusta madera. Los guardias se abrieron paso sin ningún miramiento, empujando al hombre hacia adentro y posiblemente, haciéndole caer. Apenas un minuto después, volvieron a salir, esta vez, con una joven muchacha cogida por los brazos por ambos hombres. Tras ellos, el anciano, que gritaba con desesperación, pidiendo piedad.

     — Es sólo una niña —suplicó.
     — No signore, no es una niña, es un demonio.

El llanto de la niña inundó toda la calle, pero como todo agua en las calles venecianas ese invierno, se congeló y se estancó en las adoquinadas piedras, para siempre. Un guardia sacó su espada con la que apuntó al anciano, obligándole a permanecer en la puerta, sin moverse. Después, se alejaron, llevándose a la niña mestiza con ellos. El anciano los observó hasta que se hubieron perdido en la oscuridad, al igual que "Il Mascherato".

     Aún temblando en la puerta de su casa, aquel pobre viejo se lamentó, como hablando para sí mismo, sin haberse percatado de la presencia del hombre que tenía sus ojos clavados en él, y que había sido testigo de todo aquello.
     — ¡Hasta eso nos han quitado, eh! ¡Lo que somos! No obstante, pretenden que los adoremos. Un día, alguien va a tener que decir basta. Un día, alguien va a tener que decir...
     — Se acabó.

El anciano se giró, observando al hombre que acababa de pronunciar aquellas palabras. Aunque enmascarado, creyó reconocer sus ojos. Aquellos ojos eran familiares, en ellos, se podían ver reflejadas las luces de Venecia en sus años más felices. Se alejó, en la misma dirección que la pequeña niña, hasta que lo perdió de vista entre las sombras.


PALAZZO DUCALE

     Desde su posición, se podía contemplar la sala por completo. Mantenían cierta ventaja, pues desde aquel pequeño tragaluz, las personas que estaban abajo, en la sala, apenas podrían percibirles, sin embargo, ellos podían controlar desde allí todo movimiento que se produjese. El Palazzo Ducale era enorme, soplaba aire por los alargados pasillos, y los candiles luchaban por no consumirse. Apenas había luz donde estaban, sin embargo, la sala donde se dirigían, estaba iluminada ostentosamente. Se trataba de una pequeña capilla que en los últimos tres años, se había utilizado para llevar a cabo los juicios contra los acusados de vampirismo, mestizaje, u desobediencia a la Iglesia Católica. En esos momentos, Francesco di Medici se encontraba leyendo la acusación hacia una joven mestiza que acababan de traer desde las profundidades de Venecia.

Victor Sauveterre se irguió, quedando en pie. Tomó aire profundamente, y abandonó al hombre enmascarado, que lo miraba con cierto orgullo en los ojos. "Esperanza" repetía una y otra vez en su cabeza mientras caminaba.

Al final del pasillo, encontraría unas escaleras que le llevarían a una sala con las paredes completamente decoradas con trampantojos; uno de ellos, simulaba un nicho entre columnas. Después, sólo tendría que empujar aquella pintura para comprobar que, en efecto, el nicho era en realidad una puerta. Un pequeño pasadizo de apenas unos metros le conduciría a una bifurcación. Él iría hacia la derecha. Apenas dados unos cuantos pasos más, encontraría una última puerta que requería de una llave para ser abierta tanto por dentro, como por fuera. Por suerte, Cornelia di Medici ya se había ocupado de eso. Sacaría la llave de su bolsillo izquierdo, abriría la puerta, y entraría en la sala que antes observaba desde arriba. Aquella puerta, estaba situada en el retablo del altar de la capilla, donde también se había disimulado con unos relieves en madera policromada de dorados. Victor aparecería allí, a las espaldas de Francesco di Medici, las cuales, si Dios quiere, atravesaría con su espada.






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