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Hurricane— Vulcan.

Mensaje por H. Meredith Lawson el Mar Dic 30, 2014 3:08 am



Hurricane

Con Vulcan.



El viaje en barco acabó en un puerto sin nombre, una nueva tierra se alzaba y sus pasajeros conocerían sobre sus nuevas costumbres. Negros; mujeres árabes de lacias cabelleras; sedas de todas las gamas del arco iris, fabricadas por cultivos de gusanos chinos y una cantidad más de objetos exóticos terminaron de desalojar los compartimentos del Santa Barbara. El capitán, que era un comerciante del mediterráneo y se jactaba de ser un gran conocedor de costumbres europeas, se encontraba apurado en llenar sus bolsillos con ducados y por supuesto, pagar por los servicios de una buena puta siciliana. Una belleza preciosa de la bota  y que fácilmente podía cumplir con las perspectivas de un verdadero lobo del mar. También hubo tantas bajas como tiradas de polizones a las aguas, las ratas se hacían el mejor de los festines con las sobras del ayer y la mala higiene de las cubiertas olían a enfermedad. Por otra parte, a Assim no le importo soportarlo, con tal de que el otro también le cumpliera con sus demandas. Aunque, el estado del esclavista se mutuo enseguida y todo por causa de la mala maña, que tenia el capitán, por asegurarse el valor exacto de su dulce botín.

¿Desconfiás del que te alimenta los vicios? Anda: Cuenta y cuenta, cada maldita moneda y saca la lengua como el vil perro alzado que eres.—sugirió Assim en un acento desconocido, poco escuchado por aquellos tiempos y provocandole a dicho perro: un histérico ataque de risa. Una que retumbo por todas las paredes del pequeño camarote e inclusive, el capitán hizo sonar sus propias joyas en aquella convulsión de falsa alegría. Obviamente, el esclavista no se iba a quedar a charlar con aquel individuo y del cual apenas consideraba digno de su presencia. Bastante soberbio podía ser Assim y hasta creerse el cuento de que era todo un noble, de riquezas ilegales; pero un noble al fin. ¿Cuántos se habrán creído la misma historia? Lo que si puedo afirmar es que: en Italia, Assim planeaba volverse un hombre completamente rico. Había dudado muchísimo al principio, pero gracias al clima frió del temporal cualquier clase de inquietud se le esfumó con el mismo viento.

Durante el camino hacia su coche, Assim empujó a cuanta persona que tuviera cerca y gritó hasta que su garganta quedó seca. Estaba envuelto en pieles de león, usaba un jubón y camisa (en vez de sus típicos atuendos cálidos) y en los pies, tenia unas calientes botas de montar. Tranquilamente él estaba pasando muy desapercibido entre la gente. En tanto que, dentro de un carro cerrado, una adolescente estaba conociendo por primera vez una nueva sensación, muy distinta y que su mismo cuerpo apenas lograba concebir. Nunca antes había sabido lo que era tener el cuerpo helado, y ni tampoco se esperó flotar por tantos días dentro de ésa cosa, con velas y movediza. Según tenia entendido por boca de su padre, aquello se llamaba: barco. No le gusto para nada. Las muñecas y tobillos le pesaban al tener ésas pesadas cadenas, además de que se encontraba demasiado hambrienta y débil para pelear, si alguno le llegaba a arrebatar la poca comida que tenia en su plato. Muchas veces se la había cedido a otros y ahí, estaba las consecuencias de su propia muestra bondadosa. No obstante su próximo destino era igualito al de un animal cazado y sacado de su propio habitat.   

Sin saber a que manos pararía, al no ser ya más útil para Assim y por ende, acabaría siendo vendida como los demás en la plazoleta de San Marcos. O éso pensaba hacerles creer, Meredith... El carro comenzó a circular por las calles, lento y luego a prisas. Por lo que, Meredith no tardó en volver a tener sueño y sus parpados ligeramente cerrados.   

  

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Última edición por H. Meredith Lawson el Dom Nov 01, 2015 2:54 am, editado 1 vez
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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por Vulcan D. Sahin el Miér Ene 14, 2015 4:18 am

Hurricane
«Ben es alemán. Nació para odiar.
No lo provoques, te hará vomitar.
Te lo aseguro, chamaco, te vas a espantar.
Cuidado, ¡ahí viene!, échense pa’tras que huele mal. »
Frases inspiradoras, cantando mentalmente una experiencia con un tal Ben —ni siquiera recuerdo su cara, a lo mejor fue un mono—, no es lo importante, a nadie le interesa tampoco, ¿verdad? El punto es que paseaba por los barrios bajos de la patria veneciana, evadiendo a las personas como un mero ladronzuelo porque hoy soy Bozkurt; Regresando a mis orígenes humildes por que de ahí vengo. Sangre sucia, dice uno de mis hermanos en la menor oportunidad, alimentado por la mano de padre por que ha sentido lástima por ti. Eso jamás fue cierto. ¡Yo lo sé muy bien! Siempre ha dicho lo orgulloso y lo honrado que estuvo de mí, aún sin tener lazos de sangre. Le creí, e intente que nada se me escapase de las manos para no defraudarlo. Pero la envidia ajena me fortalecía… Y me destruía. Testigo de las tempestades que se avecinaban, y de aquellas que intentaron derribarme una y otra vez pero yo seguía levantándome, para no darles ése maldito gusto.  

Unos pasos más adelante, había a un niñito de piel negra. Tan negro que en la oscuridad seguro lo pierdes y el único faro, son sus dientes de leche —porque no aparenta más de diez—. De no tener dentadura, tendremos que llorar y darlo por causa perdida. Me acerqué a él, al parecer otros niños ricachones lo amonestaban y como un huracán corrí para darles el susto de su vida. Acerté a gritar desde sus espaldas, rompiendo sus tímpanos. ¿Y saben?, veía en la debilidad ajena, un pequeño indefenso, nada más. Los otros mocosos gritaron por la irrupción abrupta, y salieron corriendo, chillando “un raro con barba”. No les culpo, venía tapado hasta las manos y traía puesta una máscara—. Uff… ¿Estás bien, niño? Ten, una monedita. —Entonces animoso le regalé una, por supuesto, robada, distrayéndome por unos segundos hasta que una gorda impotente y enrabiada, toma al chico del brazo con ímpetu. Viene armada con un palo de amasar. Es de temer.

¿Qué haces aquí holgazaneando?, ¡te dije que ayudarás en la cocina! —me miró—. ¿Y usted quién carajo es?, ¿acaso quería secuestrar al esclavito? ¿uhm? —Fui achicándome en el momento que sus pechotes sabios me amenazaban, se transformaba en un rinoceronte a punto de cornear, y revelando un gallito de riña a lo marimacho. "Seguramente sea ítalo-francesa, por su gordura, digo." Estuve a punto de hablar, lamentablemente, me comenzó a amenazar con su improvisado arma, porque las ganas de pegar no le faltan. "¡Menuda bestia!" Procuré buscar la manera correcta de apaciguar al toro: tomarle de los cuernos.

Espere señora, yo no pretendía robar al esclavito"Yo ya tengo los míos", había arrastrado las palabras y farfullaba con un deje de excentricidad poco escondida, sacudí las manos y volteé un segundo, un pispás para verificar que unos fulanos comenzaban a abultarse en la plaza San Marcos. La mejor idea que se me ocurría, era huir antes de que tuviera la oportunidad de cogerme por los pelos y lo peor, ¡lo peor!, porque la gorda tetona se las da de mafiosa… No es que le tenga miedo a pegarle a una mujer, simplemente no encuentro razón. Aprecié la fila de personas, como si más adelante se hubiera pactado alguna clase de espectáculo ambulante, ¿será así? El sol se mostraba solemne, dejándonos en claro la voracidad que poseía cuando los rayos acarician la piel desnuda, saboreando cada gramo de ti, descubriéndote. Dejé que aquella fulana siguiese hablando sola, no hay motivos aparentes para seguirle la corriente a un caso perdido.

Relamí mis labios resecos, con la necesidad de humedecerlos. Por lo que, visualizando un puesto de frutas, alcancé una. Aprovechando que el frutero está como bizco mirándole las tetas a las coquetas señoritas que pasaban frente a sus narices, ¿o a sus cojones? Con pera en mano. No, no mi pera… La fruta. Ésta la lancé arriba y abajo, siendo arrastrado por el mar de gente, entorpeciendo el camino como hormigas ansiosas. Ofrecí un mordisco repentino, saboreando el dulzón del aperitivo.




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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por H. Meredith Lawson el Mar Feb 03, 2015 6:12 am




Hurricane

Con Vulcan.



Todos se encontraban reunidos entorno a la plaza de San marcos, no había ninguna clase de ejecución del cual comentar de boca en boca y se encontraba más emocionados por descubrir qué rarezas exóticas trajeron de otros confines los supuestos esclavistas. Por si fuera poco, preparaban el terreno lo mejor posible y para no levantar nervios entre sus propios compradores. Una tarima desmontable se encontraba ubicada en el medio del lugar, su madera negruzca como los de un casco de barco pesquero era amoldable para la mano trabajadora y se necesito a lo sumo una cantidad de cinco hombres para llevar a cabo dicha labor. No obstante, se andaba temiendo de que el clima echara abajo sus perspectivas de vender a sus bestias y significaba, de que además tendrían de que esperar vaya a saber cuantos días para montar de nuevo todo aquello. Pero...¿Qué importaba si pasaban uno o dos días más? Para el caso, algunos de los traídos apenas sobrevivirían frente a las crudas condiciones. Por su parte, Meredith investigaba cada una de las posibilidades que tenia para emprender una riesgosa huida de la exhibición, pero tales impulsos se iban a medida de que pisaba los escalones de los costados de la tarima y escapaba un vistazo por el cielo gris. Realmente, el frió ya le estaba empezando a hacer grandes estragos a su maltrecho cuerpo.

¡Damas y caballeros! Con ustedes: ¡Se dará inició a la subasta de esclavos! ¿Quién no necesita de la fuerza a un africano cazador de leones? ¿Quién ha no desea tener a una mujer de finos rasgos arábigos? O mejor....—dijo el presentador, deteniendo sus exagerados movimientos de manos y parándose por el borde de la tarima; juntando sus manos en un aplauso cerrado y formulando de nuevo una de sus sonrisas sangrientas y escupitando de paso al público al hablar. Aumentando el desencanto de muchas damas, arrugamiento de ceños y demasiados cuchicheos de los que apenas la egipcia logró descifrar. Además que ella se encontraba entre los individuos bajos de la fila, sacando al senegales a dos cuerpos de ella y otros individuos completamente extraños. Ya sea por su lengua, vestimenta o del comportamiento que mostraban a la hora de ser conducidos. No obstante, ella desconfiaba enormemente del africano y de algunas de las miradas que poseía tal personaje.

>>¿Ustedes saben sobre un pueblo que comen carne humana, atontan a sus enemigos y los dan como sacrificios a UNOS DIOSES PAGANOS? ¡DIOSES CON FORMA DE SERPIENTE! ¡DIOSES CLIMÁTICOS! ¡MUCHAS COSAS! E incluso.. maldecirlos con la muerte. —Continuó, ladrando el tipejo en un italiano tosco, rapidísimo y exaltante; y que produjo un profundo silencio por toda la plaza.—¿Quieren hacer sus sumas? ¿Señalar lo que gusten para ustedes? ¡Vamos, sin miedo!—finalizó moviendo sus dedos varias veces e invitándolos casi con la mirada.  

Y una vez iniciada la inspección corporal de cada uno, los ojos carmesí de Meredith viajo por la gran multitud y quedo prendida sobre el cuerpo de un hombre. Sin saber con que calificativos describirlo, pero se le notaba muy entusiasmado al morder una fruta y despertaba su necesidad de llevarse bocado. Enjuagó sus labios. Nunca pensó ella que el hambre hubiese carcomido tanto como en aquellos instantes, sus muñecas comenzaban a pesarle y sus parpados semicerrando. ¿Era la sensación final de una fiera antes de caer? Apenas, la egipcia mostró signo de molestia cuando le agarraron de la quijada y llevaron al frente de tantas personas. En eso, uno de los hombres se atrevió a tocarle la frente para corroborar su temperatura y no tardó en susurrarle confidente al oído del presentador. Esté pusiera mala cara, tomándolo de las solapas de su desgracia camisa y haciendo de que uno de los presentes hablase, de curioso: 

Señor... ¿Ocurre algo malo?

Oh, no es nada señor. Un problemita sin importancia, uno de nuestros esclavos enfermo y bueno trataremos de apartarlo de los demás. No se preocupe, pero...¿Quiere algo?—agregó demasiado seguro él, con tal de apagar un disturbio y formulandole señas al otro para que sacara a Meredith de la fila. Pero, está no parecía quererse mover y pataleaba como un animal salvaje.—¡Diablos, hombre! ¡Trate de sacarla, ahora!


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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por Vulcan D. Sahin el Mar Mar 31, 2015 9:42 pm

Hurricane
Desde el lejano Medio Oriente, extraños seres deben soportar las exigencias de las cadenas y los azotes mientras rezan a sus dioses por piedad. La muchedumbre expectante en todo momento, alzando las miradas golosas que apuntan a los enflaquecidos cuerpos a falta de agua y pan. Casi devorados por el cansancio, salpicados por el veneno de los excéntricos dueños. Mis ojos brillan con fuego, queriendo rugir y pegar un alarido de guerra para detener ésta estúpida forma de esclavizar a nuestros iguales. Somos libres, merecen libertad y respeto. Apenas y con suerte, alguno podría sostenerse. Los quejidos y las temblorosas almas, llenas de miedo y estupor que gritan en sus reflejos por ayuda, no pueden moverse. Mordía con angustia la fruta, contando los segundos, mientras debía lidiar con mis propios demonios internos, reclamándome no hacer nada…  

Pero soy el enviado. El elegido. Yo os liberaré de la tiranía y el hambre. De la mano opresora. El príncipe que ha sido desprestigiado por querer consumar el bienestar y no la decadencia. No es mi ciudad, no es mi reino, pero… En mi honorable espíritu ansía dar lucha y reclamar el trono para alzarme como un dios. Arrugo el entrecejo con enfado, no aparto la mirada y escucho. Atiendo las cutres palabras de un hombre que merece un disparo en medio del ano, ser llenado de plomo sin más. Si debo exterminar la plaga de raíz, lo haría, más no es mi ética mancharme las manos… No. La inteligencia reside en evitar conflictos y salir ileso, sin rasguños para no derramar sangre en tierra santa. Para que las madres no lloren por sus hijos muertos, las esposas no vociferen dolidas y deban exigir que vuelvan a la vida porque sus niños, estarían solos. La violencia trae más violencia, y aún más sin sentido. No saben por cual causa luchan, sólo saben alzar sus espadas en nombre de un rey que jamás conocerán cara a cara.

La animosidad del fulano no tiene reparo, y no evito encantarme  con la imagen de una ardiente pelirroja extraída del desierto. Una flor erguida que ha sobrevivido y pasado por mil infiernos. Tu aroma desprende esperanza, y supervivencia nata. Eres luchadora, lo veo en tus ojos. La llama que no se consume porque no desea permanecer en la suprema oscuridad, ansía alcanzar la superficie y rasgarla. Dentro, posees el corazón de un toro y la energía de un escorpión que es capaz de picar a la menor distracción. Observé el detalle tuyo, luchando contra un señor que tiene más fuerza que tú. Sonreí sin cuidado y tiré mi pera a medio comer a la cabeza del idiota.

Hey, vosotros. —Mis manos alcanzaron la tarima y subí a ella como un digno acróbata. Enfrentándolos despreocupado, con ésos ojos infantiles que provocan y burlan—. Qué espectáculo tan maravilloso… —Aplaudí como un hijo de puta, aplausos lentos y pausados, con sus tiempos en el espacio—. Me convencieron. Os compro todos sus esclavos. —En mi bolsillo, una gran bolsa de monedas, mi rostro, anónimo pero, con eso debería ser suficiente… No merecer un reconocimiento, ser un héroe y vivir en las sombras—. Incluida la pequeña pelirroja. —La gente pasmada, consumando incertidumbre ante la aparición de un personaje enmascarado. Te admiró en la distancia, y me acercó al grandullón que te apresa, aferrando mis dedos en su hombro, regalando una mirada amenazante que estima con querer acuchillarlo—. Será mejor que la suelte, ella es mía ahora —firme, pero respetuoso. Padre decía que imponer no se trata de ordenar, sino de hacer presencia y marcar la diferencia—. He pagado, es lo justo.



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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por H. Meredith Lawson el Jue Oct 29, 2015 10:05 pm

Hurricane
Basto tan solo un comentario del enmascarado y el opresor puso de inmediato en libertad a la pobre desdichada. De paso, sin demostrar, lo cuán satisfecho qué quedo de sacarse de encima a semejante fiera de pelo rojo, y tampoco vaciló a la hora de quitar las cadenas. Meredith, en tanto, apenas supo como digerir aquella desconcertante noticia y también a causa de ser demasiado desconfiada de la gente. ¿Quién aseguraba que estaría a salvo? Y si, ¿se trataba de alguien peor que Assim?  

Finalmente, ella se animó a ver al individuo y acabó por llevarse una enorme sorpresa. No por el hecho de que no hubiese sido la única a ser comprada, ni porque el hombre corriera con la característica de sobrepasar unas cuantas cabezas; sino que  jamás pensó a que pudiese ser él. Tal vez en un extraño amague del destino, lo pudo tentar con la mirada y le regaló emociones equivocadas con aquél gesto. Fuera lo que fuera, el estómago de Meredith se comprimió de los nervios. Le apartó los ojos justo a tiempo, debido a que el presentador venía hacia ellos con el semblante ceñudo. Obviamente quería ya la paga entre sus manos.

¿Queréis a todos estos animales? Pues…—les habló a ambos, sonriendo rápidamente con malicia y moviendo sus diez dedos como si fueran las patas de una araña.— ¿Qué estáis esperando? ¡Cerremos el trato, buen hombre!—Y los ojillos de rata del esclavista se alzaron hacia el cielo gris; Las nubes se estaban apegando las unas con otras y no faltaría demasiado a que cayeran las primeras gotas. Los pocos italianos que quedaron dentro de la plaza, decidieron a continuar cada uno por su camino. En ese preciso instante, Meredith comenzó a respirar de nuevo a la libertad, y sin saberlo todavía.

Asqueada, casi estuvo a punto de asaltar a golpes al patrocinador de espaldas y mientras se ponía a contar el dinero frente a los pobres. Gruñó entre dientes al ser detenida. A parte que la persona actuó consiente a que le hizo un bien, debido a que le ahorró de ir la cárcel y que llamara por segunda vez la atención. Una de las tantas cualidades, que la hizo más notarse en la exhibición.

¿Qué es este lugar?—Preguntó ella, y viendo al pasar cada centímetro de lo que se suponía ser parte de la arquitectura de Venecia. ¿Cómo iba a considerar aquello como su nuevo hogar? Ni siquiera lo sintió cálido, al contrario lo veía sumamente triste…  
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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por Vulcan D. Sahin el Jue Nov 26, 2015 4:24 am

Hurricane
Fui acorralado por un mar de agradecimientos, “gracias, buen señor.” Lloraban a coro, expresando una alegría que sacudió sus almas, se conmovieron, yo sólo pude sonreírles con humildad. Tiraban de las mangas de mis ropajes, ocultando a un servidor que lucha por los derechos de igualdad en una República decadente e incierta…

Habían perdido toda ilusión incipiente, creían que el infortunado destino que les depararía, los haría miserables mientras que sus únicas reservas de esperanza, se estaba secando a un ritmo vertiginoso. No los culpo. Porque conozco de las condiciones de un esclavo diligente y ciertamente, no difiere de un hombre que trabaja en una fábrica que tiene una jornada laboral de catorce o dieciséis horas.

Los admiré, cada uno se largaba por su lado, corrían cómo si hubieran despertado de un sueño y ahora tenían las suficientes agallas para enfrentarse a un mundo desconocido… ¿Podrían? Muchos de ellos sólo me contemplaron en silencio, cómo si esperasen instrucciones, temen de lo desconocido; No saben que hacer, a dónde ir.

El mundo es un patio de recreo demasiado grande…


¿Qué es este lugar?

Fue preciso identificar la lengua en que hablabas, un dialecto afroasiático que desciende de una civilización antigua, hoy día controlada por el Imperio Otomano bajo el mando de mi hermano mayor. Tierras de arena y sales, y un río tan ancho y fresco, que la fertilidad abunda. Olfateé el aire, tenía un aroma a frescura y humedad que me encantaba, pese a la recurrente manera en que el paisaje veneciano se presenta: Una ciudad moderna rodeada de agua.

Una de las potencias más grandes e importantes en el comercio de Europa —respondí, entonces mis manos enseñaron el panorama de la plaza en ademanes exagerados—: ¡Bienvenida a Venecia!

Te dediqué una sonrisa pérfida, afilando una mirada detrás de una máscara que me hacen irreconocible, misterioso... Notablemente excéntrico, por supuesto. Sólo sabrías de mí que puedo comunicarme en tu lengua, y que además, puedo ser el único guía en tu camino hasta que te puedas volver independiente otra vez. Eres joven, un animal que haría lo que fuera para existir, te aferras a tu frágil línea de vida y eso es lo que me gusta de ti, que puedas ser abrasadora y ardiente como el desierto del Sahara.

Levanté mi mano derecha, extendiéndola caballeroso—: Tenéis dos opciones: Confiar en mí y venir conmigo, o, que la tierra capitalista te absorba —alcé la barbilla, en un gesto notoriamente altanero—. Estoy lo bastante seguro que ahora mismo necesitáis una cama reconfortante... y comer. Yo os lo puedo dar.

Observé a las mujeres y los hombres desnudos, tiesos en sus lugares:
Vosotros también podéis venir.

Nota: En cursiva habla en otro idioma.



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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por H. Meredith Lawson el Lun Dic 28, 2015 5:16 am


Los rostros de algunos de esos desdichados se iluminaron con esperanza, recobraron el sentido de sus vidas y todo gracias a ese dios enmascarado. Entonces, ¿por qué Meredith no sentía lo mismo? Debería ser agradecida con la gentil mano amiga, pero no le salía serlo y su descontrolada mente le hacia pensar lo peor de aquel sujeto. Jamás aceptaría ese lugar como su nuevo hogar, menos aspiraría por más tiempo aquellas escenas muertas de invierno europeo. Enseguida sus ojos rojizos se ennegrecieron de la cólera, no por él sino por el hecho de tener que depender al final de un tercero y optó por responderle de un modo bastante arisco; que consistió en simplemente apartar de su vista aquella mano extendida.

¡¡Esto no es mi tierra!! ¿Cómo pretende que confié en un desconocido? ¡Qué ni siquiera es capaz de mostrarme su rostro! ¡No! ¡Ya no más! Estoy cansada de coexistir con hombres que solo me prometen cosas. —Avanzó con un paso agresivo hacia él, agarrándole ferozmente de los ropajes mientras que otros también le batallaban por imitarla en lo mismo.

Cada vez aquella escena heroica se iba mutando a una completamente primitiva, en donde ellos terminaron siendo rodeados dentro de un círculo de cuerpos y el bullicio castigaba a sus amados tímpanos. Algunas personas pedían la muerte, en vez de una salvación para sus marchitadas almas y en cambio, otras realmente querían volver a su hogar. ¿Cómo se podía lidiar con ello? Con un humano desesperanzado, con las emociones reprimidas a flor de piel luego de ser castigado y que a su vez, le costara aceptar que no se trataba de una cruel utopía. Rápidamente, en lo que tardo en desatarse ese hecho, Meredith acabó siendo alejada a los tumbos de ese círculo infernal de personas. Lo que se le presentó como la brillante oportunidad para huir, pero el sentido de la visión le empezó a fallar y con ello termino por desorientarse.

Además que la plaza de San Marcos se volvió una trampa mortal, en donde cada paso que dabas era como deambular entre arenas movedizas y provocaba que la chica se estuviera chocando con cuanto ente tuviese por el camino. Enfocaba al frente sin fijar objetivo, teniendo sólo en cuenta encontrar un lugar al menos tranquilo para descansar y arrepentirse de ser tan estúpida. Pero… ¿Qué otra cosa podía hacer bajo aquellas circunstancias? No podía auto compadecerse, sino que tenia que ganar nuevamente fuerzas de algún modo. Regresar a la arena a luchar como siempre hacia y descubrir una nueva aspiración de vida. Aunque eso ultimo, parecía ser tan solo un anhelo bastante lejano…  

En aquel trance, logró dar con un callejón sin salida, uno que pecaba de ser tentador y escapaba a la curiosidad del italiano. Soltó una bocada de aliento, se condujó arrastrado el paso allí. Apenas se apreciaba la oscuridad alrededor del sitio, el cielo sobre su cabeza se mostraba abierto a un panorama totalmente gris y tenia demasiados lugares de sobras en el piso. No obstante, las palabras de Vulcan no paraban de ametrallarle la cabeza a cada instante. Una suave ventisca jugó con los cabellos de la chica, al mismo tiempo que  abrazó su frágil figura para autogenerarse calor y se ponía a recapacitar en la posibilidad de volver a estar frente al turco. Ya que les habían interrumpido lo que pudo ser un emotivo encuentro para ambos extraños en medio de un país indistinto del que provenía cada uno.

Ni siquiera sé su nombre. ¿Por qué me debe de importar ese detalle ahora mismo?, pensó ida al apegar de a poco la espalda contra la pared de piedra y se deslizaba hasta quedarse sentada. Juntó las rodillas, después que los parpados se le fueron cerrando producto del excesivo cansancio…
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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por Vulcan D. Sahin el Lun Ene 11, 2016 3:32 am

Hurricane
Me duele en el pecho tanta ignorancia, tanta estupidez en las bestias más nobles de nuestros tiempos y las únicas que soportan el verdadero dolor físico en los músculos en pos de nuestras diferencias sociales. Entendí vuestro desesperado mensaje, más, eres desesperadamente terca y feroz. ¿No te he liberado de tus ataduras? ¿No es suficiente para ti ésa humana muestra de mi parte? ¡Qué más quieres, insensata! Mi curiosidad felina al instante se activó, sintiendo como la adrenalina comenzaba a desbocarse desde la punta de mis pies hasta mi cabeza, no podría darte todas las respuestas qué deseas… Al menos te aseguré apoyo y seguridad, más que ésos pordioseros que te han atado durante años.

Mis ojos se turbaron, te admiraron enfurecidos. En mi vida había recibido tantas preguntas estúpidas hechas en una misma oración, atropelladas, sin coherencia alguna. Quise creer que sólo fue por una alarmante sensación de hambre y sueño las que te han provocado a decir crueldades sin fin en mi contra, alborotando a los demás por una razón desconfiada. ¿A qué quieres llegar con esto, flor del desierto? Deja de luchar, estás exhausta. No merece la pena. Aquellos que me agarraban en tomaduras bravas, no fueron fuertes, sus debiluchos brazos batallan en vano, así que seguí igual de quieto y calmo, sin perder el temple humanista para no provocar más disturbio, perdiéndote de vista en tu escapatoria furtiva.

No por tanto. Podrás desear librarte de mi presencia, pero soy un depredador. Huelo las presas y las capturo, ya que reconozco a la distancia tu irresistible aroma a arena e incienso, incluso tu dotada melena roja era vistosa entre tantos.

Entré en un extraño trance de realidad y sueño, cómo si todo esto hubiera sido en vano, ¿de qué sirve ser un prócer si me pagan con una patada en el culo? ¿De qué sirve ser un atolondrado altruista por aquellos que no se conforman y exigen mucho más de lo que puedes dar? Cuidé los detalles de mis prendas, estos me tapan hasta los tobillos para que ningún gramo de piel sea expuesto, para aquellos europeos de ideologías retorcidas. Bajé de un salto de la tarima, ellos seguían reclamando una causa que, en definitiva, ignoré.  

¡Callaos! —dije, en un arrebato de irritación sorprendente, echaba fuego por los ojos así que el silencio entre ellos fue unánime—: Despertad, seguid adelante. Yo ya os he dado opciones, tómenlo o déjenlo —no dije más, corriendo para ir a buscarte en una persecución que hasta podría ser inútil. ¿Dónde estás? No puedes estar tan lejos, con indestructible terquedad, admiré las callejuelas, los pasadizos laberínticos. Poco a poco me hacía conocedor de ésos rincones oscuros, alzando la barbilla en un instinto animal gracias a mis feroces lobos, resguardados al ojo público para que ninguna decrépita grite, por su sentido del miedo y el terror. Respiré la frescura del viento, y ahí sentada te observé en tu momento más débil

[…]

Mi señor, ha despertado.

Está bien —había estado afilando una de las hojas de la espada, persistiendo aún en ocultar mi afamado rostro en una máscara semejante. Nadie de la servidumbre sabe todavía quién soy, contratados con la exclusividad que no habría preguntas ni detalles mientras posean buena remuneración, muchos esclavos vivían allí como si fueran sus propios dueños. Yendo y viniendo, charlando entre sí con avidez como si las tertulias y las fiestas sean cosa diaria. Subí las escaleras conforme temía que tirarás objetos sin una buena parrafada de preguntas excesivas, otra vez.

Entré. Decidido en los pasos, en los movimientos, en todo lo que mi esqueleto humano me permitiera hacer. Tomé una de las uvas del cesto que se hallaban a un lado del mueble de la cama, y te dediqué una inspección rápida:
Has estado durmiendo durante 14 horas —expliqué, en voz mansa, primero y por sí las dudas, me alejé para escudarme en un rincón—. Notarás que traes otras ropas limpias —y me adelanté a añadir: —Ningún hombre te ha tocado, lo han hecho las mujeres de la casa y ahora mismo tienes alimentos a tu disposición.




Última edición por Vulcan D. Sahin el Jue Abr 28, 2016 2:02 am, editado 1 vez
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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por H. Meredith Lawson el Sáb Mar 19, 2016 11:13 pm

Había despertado luego de horas de luchar con la fiebre y aquellos temblores que acogió estado en las calles. Al principio, se sintió dentro de una jaula de oro macizo; al estar poco acostumbrada a todo aquel lujo que le rodeaba y también frente al detalle que hubo de delicadeza para con su cuerpo.  Lo último que recordaba antes de caer en la inconsciencia, es que buscó refugio en un callejón y después lo demás se volvía totalmente confuso. Tanto que regresaba a sentirse como un completo objeto que pasa de mano en mano. Más de lo que lo fue, en el pasado. Lo que impedía a que pensara bien sobre la suerte que quizás tuvo al ser nuevamente rescatada.

¿Todos los habitantes de ese misterioso sitio podían ser tan amables? ¿Qué los hacia volverse tan caritativos con ella? Tal vez el instinto de Meredith realmente la había vuelto tan salvaje, que desconocía sobre lo que es afecto y que existía todavía la esperanza de creer que en alguna parte estaba la bondad.

Antes de que volviera a entrar alguien mas a esa habitación, de paso porque deseaba salir un poco de la cama. Meredith bajo las plantas de los pies al suelo, caminó arrastrando un poco los pies y aventuró a ir hacia la única ventana disponible. Corrió de un tirón las cortinas, descubriendo nuevamente a Venecia y ese cielo, antes gris, vuelto completamente negro. Tal observación que apenas pudo profundizar, debido a que oyó un ruido de la entrada y que la obligó regresar a duras penas a la cama. Igual iba a ser evidente que había intentado algo. Y tuvo una leve curiosidad, no tanto por los adornos, sino de ver el mundo a través de una miserable ventana.

A continuación, el extraño trato de mantenerse al margen para no alterar con su presencia a su invitada y suponiendo que se encontraba durmiendo. Reconoció la voz del contrario. Lo que ocasiono que se volviera a sentir extrañada sobre las verdaderas intenciones del hombre enmascarado. La egipcia lo observaba fijamente, se acomoda mejor contra la cabecera y lidia con la incomodidad de estar por tanto tiempo condenada a una cosa tan mullida. Prácticamente la escena entre ellos dos fue la misma que habría entre una fiera enjaulada y el visitante que venia a verla por primera vez.

Echó disimulada un vistazo al mueble a su lado, lleno de platos con comida y luego de que V terminara de hablarle de lo que sucedió con ella. De las molestias que, en cierto modo, ocasiono. Aunque él no parecía molesto por ello. La visión de la comida le nublaba el juicio, del mismo modo que le ocurrió al mirarlo comer en San Marcos y volvía a acojonarse por la situación.

Meredith se notaba entre todo mejor físicamente. El color de a poco iba retornando a piel, la sangre le calentaba maravillosamente y en cambio, su psiquis sería lo que tardaría bastante en sanar. De repente transfiguró su calmo comportamiento a una faceta indomable, tomando un cubierto cualquiera del mueble y lo apuntara amenazante al que era su supuesto salvador. Pestañeó luego incrédula. Porque el turco solo había tomado una porción pequeña de un racimo.  

En eso, un bulto comenzó a removerse debajo de las sabanas y con dirección a querer asomarse a decir: —¡Claro! ¿Y quién la trajo aquí, eh? ¡Usted huele a lobo!—tomó palabra el hurón que acompañaba a la egipcia desde que arribaron a Europa.—Bueno, ahora está media raquítica, pero es bonita la cría y no...—Acalló de repente, lo observó con detenimiento y dictaminó:—¡Usted no es europeo!

En tanto, la pelirroja se dedicaba a agarrar una fruta, independiente de las paranoias de su mascota y procuraba a dar un suave mordisco. Si le hubiese querido hacer algo. No estarían en ese momento hablando los tres; el hurón no estaría tan libremente por la habitación y menos le hubiese importado a él las condiciones en que estaba ella, ¿no?   

Esta cama...—Empezó a decir con su lengua natal y media ausente: —Es tan dolorosa, como está sensación que siento de no saber qué hacer. A donde ir...—Miró de reojo al turco y se sentó sobre una de las orillas de la cama.—¿Qué planea hacer conmigo?—Promulgó otro mordisco a la fruta, tragó y curvo los labios a medias.

¿No será con ´nosotros´?
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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por Vulcan D. Sahin el Jue Abr 28, 2016 6:30 am

Hurricane
«La canción que cantaban las sirenas, o el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres, son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan más allá de toda conjetura... »
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     Me llevé a la boca la pequeña uva, el racimo fue comprado en el mercado veneciano. Son frescas. Aprisioné el fruto entre mis dientes, saboreando el dulzor jugoso del que poco a poco es estrujado. Tragué, y de no haberlo hecho antes, quién sabe si me hubiera ahogado al ver la aparición de tu amiguito… ¿Desde cuando está allí? ¿Y por qué yo, ni quiénes te mudaron la ropa no lo han visto antes? Comencé a carcajear, tomándome del vientre, perdiendo el aire estrepitosamente—: Te has dado cuenta un poco tarde —eché un bufido acusador—, bastante tarde. ¿Y dónde has estado todo éste tiempo, qué te has perdido una gran fiesta?¿Entre tus piernas?, pensé, ¿sería eso posible?

      Imaginar qué un hurón saliera como un hijo parido, provoca que vuelva a resurgir una risa, negando varias veces ante una mente descarada.  Retomé el control de mis emociones pero al cabo de momento, me trastorné. ¡¿Le he dirigido la palabra un animal?! Muchas veces me han llamado loco por circunstancias ridículas, no pensé llegar a éste grado de locura, sin imaginarme tampoco que adquiriría una eficiente habilidad nueva.

     —Ten ánimo y a nada temas. Poseerás una nueva existencia, un nuevo comienzo a mí lado, si así quieres porque, estoy dispuesto a dártelo todo. Comprendo que estás entre el velo de la duda, y en el fatigo de tus nuevas percepciones, pero, quiero enseñarte cuanto pueda —los miré a ambos—. Quiero que vivan aquí. —Estiré la mano desnuda, buscando consolarte la mejilla izquierda mientras tus pequeños labios, mastican una fruta jugosa. Deslicé los dedos sobre el rostro de terciopelo, atrapé mechones de pasión con un olor indescriptible a canela y quedamos cara a cara.

    Sonreí en la experiencia de no temer a la pequeña leona que yace en vuestro interior, obligándote a admirar mis orbes ambarinos, con una seguridad temible:
    —¿Cómo te llamas?  —escondí las manos, sobretodo para no hostigarte en el caluroso roce. Deseo poder estudiar ése cuerpecito mancillado, mimar, abrigarte en mis brazos y rociarte con mi piel... besar ésa boca húmeda. No es el momento adecuado para pensar en eso, lo sé y conociéndome a mi mismo, no soportaría subyugarte en tu lamentoso estado. Debo ayudarte a sanar las heridas que han rasgado tu preciosa alma de algún modo, a la fuerza si es necesario, no me importa.  


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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por H. Meredith Lawson el Mar Mayo 17, 2016 5:50 am

Un terrible escalofrío le ascendió a lo largo de la espina, seguido que siente a la fruta escaparse de entre los dedos y hacer un golpe seco contra el piso alfombrado de aquella lujosa jaula. Sin contestar siquiera la pregunta al enmascarado, la egipcia se muestra defensiva y no para de admirarlo como si le hubiese echo la cosa más horrible del mundo. Cuando, en realidad, se trato de una inofensiva caricia; pero que basto para que toda posibilidad de acercamiento se acabara allí mismo.
 —Meredith…—Le llama Serugio, pero ella se encuentra tan alterada que le mira como si no lo conociese y no vuelve a insistir en ello.—Mer..
Quiero estar sola.
Pero… Mer..
¡¡Largo!!—Ordeno a todo pulmón, ubicada ahora desde el lado de la cabecera de aquella gigantesca cama, cubierta con esos almohadones de plumas y amenazando con que iba a volverse a ensimismarse. Puede que las emociones le hayan desbordado tanto, que la única forma de tranquilizarse era estando de nuevo en soledad y no precisamente en compañía. Suspira cansina. No obstante, sus ojos se volvieron a encender del enojo al ver que el hombre continuaba dentro de aquellos dominios.
 —Necesito estar sola—Recalca nuevamente por las dudas, poniéndole su peor mala cara y seguía diciendo:—No puedo darle una respuesta segura, sino me da más espacio.
 En realidad, también era porque deseaba recuperarse lo antes posible y de paso para evitar que el estómago se le cerrara. Por culpa de aquellos nervios, el hecho de estar por tanto tiempo junto a semejante presencia masculina y otros millares de cosas, de las que justamente no venia al caso de nombrar. Acomodo detrás de las orejas, dos de sus largos mechones rojizos y recobro valor a tomarlo por uno de los brazos con la intención de conducirlo a la salida.  
  —Le agradezco por todas las molestias causadas—Dijo a modo de despedida; una vez alejarse por completo de las garras contrarias y cerrado frente a las narices del otro ambas puertas. Las manos de la egipcia temblaron levemente sin soltar el picaporte, al mismo tiempo que percibía a la sangre continuar con el recorrido normal por cada centímetro de su figura y normalizaba el ritmo de entrada de oxigeno a los pulmones. Aunque no podía decir lo mismo del calor que mostraban sus bellos pómulos.
 —¿Qué fue todo eso Meredith?—Interroga la voz de la segunda conciencia, aprovechando que al fin estaban de nuevos solos y notando que la chica se hacia la evasiva. Y a las perdidas, contesta:
 —Solo se trata de una subida de temperatura.


[…]


Ya le resulta imposible volverse a dormir. Lo bueno es que aquellos alimentos le llenaron lo suficiente, al punto que calmo todo ese sentimiento de hambre que le surgió y que encima permitió a fuese parte de ese evento salido de las paginas de las mil y una noches. Giro a un costado de la cama, prendándose con las puertas cerradas y aquella oscuridad que rodeaba cada centímetro de su nueva habitación. Según le informaron, una de las siervas, el dueño había salido aquella noche a explorar el territorio veneciano.
 Así que, sin tener miedo de alejarse de la protección de Ra, Meredith tomo partido a hacer también su propia exploración pero dentro de los limites de aquella vivienda.  
 En un principio, estando en los pasillos, no encontró nada fuera de lo común y que no haya visto en otra oportunidad. Ya sea unas cuantas puertas, algún cuadro sin importancia y esas plantas de exterior que viciaban el aire con los perfumes más puros y salvajes. Que una nariz acostumbrada a ello, no pudiera darse el gusto a querer capturarlos en su memoria.  
 Hasta ese instante, las cosas para la jovencita iban de maravilla sino fuese porque a lo lejos hubiese visto una sombra. Esa misma que la obligo a meterse, cuan ladrona a uno de los cuartos y en la misma desesperación por no ser descubierta por alguien de la cansada servidumbre.    
  —Eso estuvo cerca—Susurra por lo bajito, victoriosa, comenzando a alisarse las arrugas que tuvieran esas ropas y sin molestarse demasiado en otra cosa que no fuera calmar los latidos de su desenfrenado corazón.
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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por Vulcan D. Sahin el Miér Mayo 18, 2016 6:47 am

Hurricane
«La canción que cantaban las sirenas, o el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres, son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan más allá de toda conjetura... »
Sir Thomas Browne
                 A veces reluzco tanta comodidad y confianza para con una persona, que olvido los detalles más importantes, ésos que no se ven a simple vista. Mi acción no lo hice por importunar, pero siento que he metido la pata profundamente en un charco de barro, hundiéndome en ella mientras, te espantas y retrocedes en un jodido comportamiento arisco. Lo comprendí a la fuerza, apartando las manos sin tener el derecho a enfadarme, enseñando un brillo chispeante de energía hostil, la cual correspondió con la tuya. ¿Vamos a calmarnos, dulzura? Porque, si estuviera en tu lugar, no desearía que me tiren a la calle otra vez para que me tomen los lobos hambrientos. ¿Verdad qué no te gustaría?

    —Quiero estar sola. —No me mostré sorprendido ni en lo más mínimo. Inyectándome en ácido. Chasqueé la lengua y me paré, levantando la fruta del suelo. Que desperdicio—. ¡¡Largo!! —¿Debería? No tengo putas ganas—. Necesito estar sola.Joder, que no estoy sordo. ¿Cuántas veces vas a repetirlo? Apenas ladeé el rostro, consistente en una expresión ante la discordia y el alboroto que estás armando ahora mismo. ¿Debería abofetearte? ¿Lanzarte el vaso de agua en la cara? Perdí los nervios, y rechiné los dientes para no evidenciarlo—. No puedo darle una respuesta segura, sino me da más espacio. —Espacio dices, ¿en qué momento nos convertimos en un matrimonio? ¡Vaya! Me he perdido la boda. Evité reprochar, inquisitivo en la aplastante idea de que no te estoy entendiendo un carajo; te desagrada que te toquen, pero, claramente estás manoseando mi cuerpo sin ningún tipo de problema. ¿En qué quedamos, fierecilla? ¿Me tocas y no puedo tocar?—. Le agradezco por todas las molestias causadas. —¿Lo peor? ¡Qué me cierras la puta puerta en la cara! ¡En mi propia casa! Estremecí de furia, cerrando la mano en puño que alcé en el arco de la puerta. Al final, acabé suspirando en resignación, temiendo de que todos los días me agarrase amargura por tu culpa.

    ¡Claro! ¡Cómprala, me dije! ¿Qué diablos puede pasar? Un carajo. ¿Vale? Un ca-ra-jo. Sólo me traerá dolores de cabeza, ¡y en la raja del culo también! Atravesé los pasillos como torbellino, sin mirar a nadie más que el frente, la servidumbre lo notó. Acostumbraban a verme ligeramente alegre, con una repugnante sonrisa imborrable—: ¿Y tú que me ves? —dije al pobre negro que barría y por ésa casualidad, me miró preocupado. A mí, en cambio, me golpeaba el escozor en la garganta. Seguí mi camino. No volvería hasta la noche… El aire refrescaría mis ánimos, estoy seguro.

[…]

      Nada más encantador el hogar dulce hogar, lejos del olor chotuno de los mendigos a los cuales asistí al regalar a cada uno, vestimentas de abrigo. Las noches podían ser heladas. Robé también sin contemplación alguna, a una mamona, guardándome la joya que cargaba en el dedo tras besarle los rosados nudillos regordetes. Ni lo notó, su tremenda cara de boba y risilla de puerco, hizo que se olvidará de su nombre. Hasta se le olía el hedor de una pronunciada excitación… Una que te recuerda al salado pescado luego después de haber sido conservado por al menos una semana. ¿Se lo imaginan? De todas maneras, no evité pensar en ti al comprar una rosa de regreso. ¿Te gustarán las rosas? No lo sé, espero que sí. ¡Que me he gastado dinero legal en una estupidez! Bueno, no para el galán príncipe Vulcan, pero para Bozkurt, es ridículo. O al menos así debe ser. Dos mundos completamente diferentes en una misma persona, tanto que ya no recuerdo quién soy en verdad.
 
    Exhalé el perfume de los pétalos, caminando más apacible por los corredores de la casa y saludando en un cabeceo silencioso a los huéspedes que tienen la libertad de hacer lo que les plazca. Usualmente, encuentran más entretenido ser mis criados. ¿Por qué? No lo sé, pregúntales a ellos. Si has husmeado, sabrás que mi habitación mantiene la puerta cerrada. Exclusiva y ajena a los curiosos. Pero fue cuando doblé en la esquina qué me pareció una ráfaga de cabellos rojos salir disparada… ¡Te veo, cariño! Sonreí soberbio, retrocediendo en pasos para tomar un atajo, esperándote ansioso mientras te observo actuar con semejante cautela. No es más que un salón de estudio, las luces se hallan apagadas y el aroma de oriente, siempre se encuentra presente en cada rincón. Por mi parte, me encuentro descalzo, pisando las alfombras como un rey regodeado en materialismo.

     Y estemos jugando o no a las escondidas: Te he pillado in fraganti, preciosa.

    —Eso estuvo cerca.¡Que ironía! Yo soy el ladrón, y tú pareces haber cometido el mayor crimen de tu vida. Acerqué la flor a tu mejilla, acariciándote superfluo con ella, y creando un cosquilleo para asustarte.

  —¿De quién huías, flor del desierto? —Pregunté en un susurro hilarante. Reí niño al momento, entusiasmado tras querer pegarte el susto—. Te he comprado un regalo. —Quería disculparme, pero no sé decir lo siento. Algo es algo. Encogí mis hombros y te lo mostré demasiado enérgico, la rosa poseía un porte distinguido, lleno de hermosura y belleza. Su efímera vida, merece ser admirada—: En realidad… No sé que te gusta… así que… He traído también otro regalo por si acaso. —Pestañeé a prisas, escondido siempre en mi máscara—: Ven conmigo. Te lo mostraré.


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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por H. Meredith Lawson el Vie Jun 03, 2016 5:53 am


 La respiración de alguien más, no tarda en acariciarle su hueco auditivo y evidenciarle de quién se trata. Después de todo, pese a ese largo día en aquella nueva tierra, gracias a él seguía con vida. Al menos por ahora y hasta que lo conociera como se debe, desconfiara de aquel que aporta esa máscara.

  No le sale ninguna clase de grito de su ser, cuándo se atreve a encararlo con la incredulidad pintada en el rostro y que se desvanece casi espontáneamente al notar la juvenil actitud del hombre. Para su cuerpo, que pocas veces era tocado por manos extrañas, el sentirlo tan cercanamente le produjo un molesto hormigueo a las extrañas y la sensación de estar a la merced de aquellos ojos burlones.
  Se trataba de un efecto casi instantáneo entre ambos; eso de admirarse de una forma tan profunda y cómo si de paso guardasen en un solo mirar un millón de secretos consigo. E incluso salta a la vista que algo, comparten, y es que no desnudan el alma ante cualquier desconocido.
 Frente a él, Meredith presenta un miedo casi infantil y no por eso menos grande. Jamás había sentido tales cosas por alguien y aquello sin duda es el comienzo de algo que todavía no tenia nombre.

 —De una sombra—Contesto atropellada; atrapada entre sus propias palabras y aquella sombra envolvente que le emitía aquel enmascarado.
 Aquella aproximación trae consigo un huracán, una serie de emociones imposibles de resistirse y que se agolpaban con forma de hormigueos en el bajo vientre de la joven. Su respiración parece escaparse, acelerarse y aumentar los latidos de un corazón que es apenas irrompible en una mano.

  A duras penas pudo escaparse por uno de los costados libres de este, la tomó desprevenida al colmarle con un regalo poco común y ese vacilo con que regreso a hablar. La chica no pensó que él se acordaría de su presencia en su supuesto paseo, hasta creyó que se desasearía de ella y a medida que fueron pasando esas horas, dentro de su habitación, en su lecho, analizando sin poder dormirse en medio de las penumbras.

  Llegó a la conclusión que había actuado durísima sobre las acciones contrarias. Tan así que no puede aceptarle el regalo, sin sentir pesar y un gramo de culpa. Por primera vez en mucho tiempo. No obstante alarga los dedos para hacer suya a aquella frágil flor y aprovechando que este iba a ir a otra parte de la habitación.

  Aclaró:
Nunca terminamos de saber qué nos gustan. Ya que cada día descubrimos algo nuevo y demás llamativo. Supongo que a usted le debe pasar con frecuencia, ¿no? —se separó de la puerta antes de seguirle el paso, de casualidad aprecia los pies descalzos y desliza indiscreta su atención a ver lo que luce esa vez.
  Empezó a mostrar leve curiosidad sobre las cosas del sitio, pero le llamaba más lo que él le hubiera traído.
 —En realidad, quise saber lo que es estar una noche aquí—Confesó a espaldas de él, apenas soltando la flor de entre los dedos y buscando que el turco regresara a mirarla, con insistencia—. Y estuve…pensando en su propuesta, sobre su hospitalidad; y realmente no sé que sentir sobre esa vida que desea ofrecerme—Se agarra el cabello con ambas manos, exponiendo parte del cuello y lo guía a que caiga por uno de los lados de los hombros a modo de coleta.— Aunque de algo estoy segura.—Inserta una pequeña pausa entre tanto dialogo—Me ha salvado la vida ...

   Termina el discurso inhalando aire, afilando las expresiones y proyectándole por medio del aura cierta gratitud, ¿o devoción?  

  —Quiero saber.—Sonó luego resignada de voz y que lo observa, a lo ultimo, de reojo por encima de uno de sus menudos hombros—: ¿Cuál es la mejor vista de la casa para apreciar las estrellas?
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Re: Hurricane— Vulcan.

Mensaje por Vulcan D. Sahin el Mar Jun 28, 2016 6:28 pm

Hurricane
«La canción que cantaban las sirenas, o el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres, son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan más allá de toda conjetura... »
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                 —Nunca terminamos de saber qué nos gustan.Parece que alguien tiene ganas de citar a Sócrates y Platón—. Ya que cada día descubrimos algo nuevo y demás llamativo.¿A qué quieres llegar con toda ésta palabrería de novela?—. Supongo que a usted le debe pasar con frecuencia, ¿no?No sabes cuán a menudo—. En realidad, quise saber lo que es estar una noche aquí.Vale, ya entendimos que eres curiosa—. Y estuve… pensando en su propuesta, sobre su hospitalidadbien, te escucho—; y realmente no sé que sentir sobre esa vida que desea ofrecerme.Que complicada, joder—. Aunque de algo estoy segura.¿Qué soy muy atractivo para ti y no te resistirías a mis encantos?—. Me ha salvado la vida... —Te miré a los ojos contemplativo, apagándose los párpados en un gesto cansino. ¿Dónde diablos está el “gracias”? Me sentí molesto, porque uno se arriesga el culo y lo menos qué hacen es darlas—. Quiero saber.Parece que quieres saber muchas cosas, chiquilla. A ver, escupe antes que se me vaya las ganas—. ¿Cuál es la mejor vista de la casa para apreciar las estrellas?

   Paré mis andanzas por cierto lapso de tiempo. ¿Podrías tener un poquito de paciencia?

   —Vamos por partes, cariño, aún no has visto nada —entregué una sonrisa pasajera, esfumándose tras encontrarnos nuevamente en lo que sería tu habitación de ahora en adelante. Y en cuanto abrí las puertas, descubrirás arriba de la cama, telas de seda, la mejor calidad y a tu medida. Las piezas son únicas, bordadas a mano por importantes costureras del Imperio Otomano; las piedras son gemas preciosas, adornadas por todo el sostén y la sobrefalda. Es un TRAJE de odalisca. ¿Sabes por qué? Porque podrías ser mi futura concubina si a mí me da la regalada gana. Estoy seguro, que entenderías el significado de todo aquello: Me pertenecerías a su tiempo, despacio, sin prisas. No voy a obligarte… Pero estoy decidido.

   Mi mirada delata determinación y seguridad:
   —¿Sabes bailar? —pregunté, rompiendo el silencio. Imaginaba que sí, una hermosa flor del desierto siempre sabrá contonear sus caderas al son de un tambor. Lo llevas en la sangre—. Quiero que bailes sólo para mí, fierecilla —pese a sonar encantador, detrás de la parsimonia se esconde una orden, una muy clara y exigente—. Es lo único que… —tomé tu mano y le besé el dorso en un tibio beso—. Voy a pedirte a cambio. Como un pago, ¿entiendes?

   Esperaba que sí. Me aparté, deseando dejarte allí a contemplar tus nuevas adquisiciones, más, antes de irme te dije:
   —Las mejores vistas están en la azotea —señalé el techo, era muy obvio—: Sólo pregunta si te pierdes, aquí nadie te morderá. Buenas noches. —Una elegante reverencia, y me marché.


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