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Mi princesa [Priv. Asteria Ignunn]

Mensaje por Salvatore D'Angelo el Dom Ene 18, 2015 9:56 pm

Mi princesa tiene ojos de león
Y labios de miel
Hace que me arda la piel
Que pierda la razón
Que se me pare el corazón
Una mirada suya ilumina más que un faro
En una noche de rayos y tormenta
Su sonrisa es más esbelta
Que el filo de las más peligrosas bayonetas
Mi princesa no necesita castillos
Ni joyas, ni siervos, ni vestido.
Mi princesa ya no es más una princesa:
Ahora es la reina de todas las nubes,
De los pájaros que van al sur
Del sol y la luna
Del azul y el gris.
Ahora el cielo es su reino
Y yo la miro desde aquí.




Arrugué aquel papel y lo tiré al suelo, junto a los otros. Palabras y palabras engalanadas, tan vacías, tan frívolas… Todas esas palabras no valían nada, joder. “¿Qué me pasa…?”, me dije, llevándome las manos a las sienes. Nunca me había costado escribir sobre ella; siempre había sido tan natural como respirar. La había dibujado con palabras mil veces, reviviéndola en cada verso, acariciándola con cada letra…

Me levanté de mi silla derrotado, yendo directo al escritorio. Cogí la botella de ron y ni me molesté en servir la bebida en un vaso. Pronto noté el calor bajándome suavemente hacia el estómago, el sabor dulce y húmedo del ron me llenó la boca, y por primera vez en toda la noche, tuve una sensación reconfortante. Recorrí el camarote con la mirada, sin fijarme en nada en particular, y, sin querer, recordé lo vacío que estaba sin sus cosas. Sin sus vestidos, su collar de perlas, su cabello de oro iluminándolo todo… Sin esa sonrisa de ángel que tenía. Tenía.


 Noté un pinchazo en el corazón, que aplaqué seguidamente con otro largo trago de ron. Era cierto que llevaba mucho tiempo en Venecia, en mi casa, después de tantos viajes por el mundo, pero me sentía un extraño. Venecia había cambiado mucho, y ya poco me quedaba esperar de ella al llegar a su puerto: cerdos mafiosos a los que sacarles unos cuantos ducados, putas en las que gastárselos, y luego los exorcistas y los vampiros, jugando a ver quiénes eran los más fuertes de la ciudad. Una casa vacía y abandonada a la que no quería acercarme y una madre loca que no se acordaba ni de mi nombre era todo lo que quedaba de mis raíces en aquella ciudad. Y luego, tumbas. Lápidas. Realmente lo único que me hacía volver a Venecia era ir a ver a mi hermana, a mi hermosa Valeria; los negocios de los mafiosos me importaban bien poco. Todo lo que quería era rezar delante de su tumba, dejarle unas flores, y morirme un poco más por dentro.

Me di la vuelta, saliendo de allí. Recorrí el pasillo estrecho, oscuro, hasta llegar a la habitación. Su habitación. Me paré frente a la puerta, acariciando la pulida madera, y saqué la llave que pendía de una pequeña cadena que llevaba al cuello. Agarré el pomo de la puerta y miré unos segundos la cerradura, vacilando. “¿Me vendrá esto bien?”. Decidí que no me importaba la respuesta y abrí la puerta. El frío y un olor ligero a perfume y humedad llegaron hasta mí, embriagándome. Cogí, de memoria ya, el candelabro que colgaba a un lado de la puerta,  lo encendí con una cerilla y me adentré en la habitación.

Llevaba ya tiempo sin entrar allí. Levanté el candelabro, mirando la pared. Estaba completamente llena de retratos nuestros, de cuando éramos más jóvenes. Me acerqué a uno al azar, mirándolo más cuidadosamente, y me fije en su cara. Recordé sus ojos dorados, iguales a los míos y a la vez tan diferentes, siempre tan llenos de bondad… Pasé mi mano por la pintura, e inevitablemente, me fijé en mi propio dibujo. No tenía ni idea de quién lo había hecho, pero sin duda, parecía muy feliz en la pintura. “¿Alguna vez volveré a sonreír así…?” Pensé, mirando mi propia cara plasmada en aquel cuadro.

Me aparté despacio, y noté como mis fuerzas se iban poco a poco. Pasé la mano por el escritorio, lleno de papeles desordenados; eran las cartas que nos mandábamos Valeria y yo cuando a ella se la llevaron a aquel convento. Parecía que fue ayer cuando ocurrió… ¿Cuántos años haría ya de aquello? Acaricié el escritorio con las yemas antes de girarme hacia la pared contraria. Allí había un enorme armario, con un espejo desgastado y polvoriento. Miré mi tenue reflejo entre las manchas y el polvo, y me miré. Tenía la vista cansada, unas oscuras ojeras, el pelo revuelto y, en general, estaba hecho un desastre. Mi aspecto no era mucho mejor que el de cualquiera de mis navegantes. Bajé el candelabro y aparté la vista de aquel reflejo, apartando la cara hacia otro lado. “Se me ha ido la luz sin ti, Valeria…”.

Cerré los ojos, derrotado. Sería mejor largarse de allí, cogerse una buena cogorza y dormir sin más. Pero cuando abrí los ojos, vi algo que me hizo pararme en seco. Allí, en una esquina y tapada con una sábana como si de un cadáver se tratase, estaba el arpa de Valeria. Algo se agitó en mi corazón sin saber muy bien por qué, y me acerqué hasta ella. La cogí con cuidado, llevándola hasta el centro de la habitación y le quité la sábana, dejando la majestuosa arpa de mi esposa a la vista.
El arpa de Valeria:

-Vaya… No me acordaba de lo bonita que eras… -Dije, hablándole al instrumento. Pasé la mano por la curva de ésta, después por las cuerdas. Estaba totalmente desafinada. –Te conservas mucho mejor que yo, aunque aún necesitas un retoque… -Sin darme casi cuenta, comencé a afinar el instrumento. Dejé el candelabro a un lado y cogí la llave que colgaba de un extremo del arpa, y con toda la tranquilidad del mundo, empecé a apretar cuerdas. Había hecho aquello mil veces –gracias al cabrón de mi padre –y era algo que jamás se me olvidaría. El tono de las cuerdas, como afinar desde el centro hacia los extremos, todo. Tuve miedo de romper alguna cuerda, pero aquello no pasó. Y allí estaba yo, afinando cuerda a cuerda aquel majestuoso instrumento, delicadamente, como si en cualquier momento el arpa se pudiera quejar.

No sé cuánto tiempo me llevó, tampoco me importaba mucho, pero finalmente acabé de poner a punto el arpa. Pasé mi mano por las cuerdas de nuevo, el sonido no era el mejor debido a que las cuerdas eran muy viejas, pero al menos sonaba afinado. Me quedé de pie mirando al arpa. Podía ver a Valeria con el instrumento en sus manos, haciéndolo sonar como nunca nadie hubiese podido soñar, tocando las más bellas canciones todas para mí. Las notas, alegres y profundas llegaron a mis oídos, las dulces melodías que solía tocar se repetían en mi memoria… Y su cara, podía ver su perfecta sonrisa dibujada en su cara al tocar aquella arpa –Te echo de menos, mi amor…
 
Me acerqué al arpa, agarrando una silla de detrás de mí. Me senté en ella y coloqué el instrumento entre mis brazos, tal y como me había enseñado ella. Hice una escala, simple, recordando el tacto de las cuerdas, y cerré los ojos. Una melodía, sencilla, se me vino a la memoria. No era como las grandes piezas que ella solía tocar, pero era la primera canción que ella me enseñó a tocar, compuesta por ella misma.  Pronto, empecé a recordar las notas, y mis dedos se movieron sin vacilar por el instrumento, llenando el silencio con su dulce y viejo sonido.
 


Aquella melodía me envolvió completamente, y por un momento, pude sentirla.  Sentía sus manos guiando las mías, su suave aliento contra mi cuello, su calor llenándome por dentro… Por un momento, Dios me prestó a su ángel. Por un momento, sentí que nunca se había ido, que siempre había estado allí conmigo. Por un momento, fui feliz.


Mis manos dejaron finalmente de tocar las cuerdas, el sonido se desvaneció poco a poco, y con él, el recuerdo de mi pequeño ángel. Me apoyé en el arpa, en silencio. No sabía qué hacer, qué decir, qué pensar. Así que me quedé allí, con la mente en blanco y el corazón robado.  Su nombre fue lo único que se escapó de mis labios.
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Re: Mi princesa [Priv. Asteria Ignunn]

Mensaje por Asteria Ignunn el Lun Ene 19, 2015 6:40 pm



Mi princesa



Tema Privado ๑ Puerto de Venecia ๑ Con Salvatore D'Angelo

A paso moderado, caminaba por el puerto de Venecia, sorteando a las personas, los puestos de pescado y varios piratas desfasados que estaban tumbados por la calle. De vez en cuando, miraba un papelito arrugado que llevaba escondido en mi puño, y lo leía. Aunque me sabía de memoria la dirección allí anotada, por puro nerviosismo comprobaba una y otra vez que me dirigía al sitio correcto. En un principio iba allí por razones profesionales y no por ninguna otra, pero sentía como mi estómago se retorcía por dentro y me hacía sentir algún escalofrío de vez en cuando. Hacía unos días que no veía al capitán, esperaba que estando en su tripulación me encontrara con él frecuentemente, pero parecía que llevaba unos días que ni había salido de casa, según me habían comentado mis nuevos camaradas. Había noticias sobre una recompensa enorme por ir a buscar a una familia de griegos que habían desaparecido en unas islas no muy lejos de aquí, y pedían expresamente la participación de navegantes experimentados. Como ninguno de mis compañeros se atrevía a inmiscuirse en la soledad del capitán, me habían mandado a mí, la novata. Según ellos yo era la única que podría presentarse allí sin sufrir consecuencias. Yo no estaba tan segura.

Cuando llegué a mi destino, dudé por un momento si debía entrar o no, pero finalmente me decidí por terminar lo que había empezado. Toqué a la puerta de la casa, pero nadie contestó. Empujé suavemente la puerta esperando encontrarme con una casa cerrada, pero no fue así. La puerta se abrió emitiendo un chirrido que rápidamente me ocupé de parar. Agarré la puerta, y colándome por el hueco que había ahora, entré en la estancia.

El olor a desuso me golpeó nada más pise el suelo de la casa. Comencé a andar hacia una habitación iluminada, y ahí estaba él. Estaba bebiendo, con el torso descubierto. Pude ver como se alejaba por un pasillo estrecho y algo oscuro. Se paró frente a una puerta, y no sin antes vacilar, se sumergió en ella, perdiéndolo yo de vista. Me acerqué a dónde antes había estado él y observe que estaba escribiendo. La caligrafía era confusa, desordenada y titubeante, como si no supiera lo que decía. Parecía hablar de amor. Baje la mirada, apartándome del escritorio y anduve intentando no hacer mucho ruido hacia la habitación dónde había entrado él. Antes de llegar, empecé a oír sonidos mudos, sin sentido alguno. Sonaban desafinados. ¿Parecía un arpa? Me asomé, nerviosa, y le vi allí sentado, afinando el instrumento.  Hablándole como si de una persona se tratase. No sabía que el capitán tocara el arpa, pero desde luego era una sorpresa grata. Pensé en las historias que había oído sobre Salvatore.

- Probablemente se trate de su hermana… -Pensé conclusiva.

Lo cual se corroboró apenas unos segundos después, con las propias palabras de Salvatore ; “Te echo de menos, mi amor…” Sentí un pinchazo en la tripa, no sabía a qué se debió, pero de pronto sentí ganas de salir corriendo de allí. Una melodía desgarradora sonó entonces. Se podía ver en su rostro que la tocaba con dolor. No quería ver, ni escuchar aquello. Me hacía sentir ganas de huir y no sabía por qué. Quizá huía de mi misma, al fin y al cabo.

Cuando di el primer paso, la música cesó, lo cual me hizo detenerme en seco. Joder, ¿Iba a salir de la habitación? Me iba a pillar in fraganti totalmente, y probablemente me echaría a patadas de allí. Igual me había oído… Mis nervios comenzaron a aumentar estrepitosamente mientras jugaba entre mis manos con el papelito, pensaba qué demonios hacer. Esperaba una inminente reprimenda por parte del capitán, sin embargo, aquello no ocurrió. Me quedé un minuto aguantando la respiración cuando escuché al capitán murmurar su nombre, un nombre perdido ya en el tiempo.


Valeria…


No podía más, tenía que salir de allí, mis pies comenzaron a moverse sin yo apenas pensarlo, y volví a llegar a la sala donde estaba antes. Vi los miles de poemas escritos y desperdigados por toda la habitación, botellas de ron ya vacías, y un recuerdo momentáneo del aspecto desastroso de Salvatore mientras, roto por dentro, tocaba el arpa. Suspiré, y volví sobre mis pasos. Y allí él, tal cual estaba antes, suspiraba también, con la mirada perdida. Me armé de valor y di unos toquecitos a la puerta de la habitación.

- Salvatore… Siento haber entrado sin permiso, pero nadie contestaba. ¿Te encuentras bien?

Quería morirme por dentro, mantenerme serena con todas aquellas emociones revoloteando en mi interior era demasiado incómodo. Y sentía que tarde o temprano, aquellos sentimientos reprimidos iban a hacerme explotar. Esto era nuevo para mí, y no controlar la situación me hacía sentirme incluso más débil ante aquel hombre. Sentía que podía sucumbir a él cuando a éste se le antojara, y sabía que Jade estaría encantada de aquello. Fruncí el ceño cuando Jade me vino a la mente, no debía pensar en ella en una situación como ésta, o aprovecharía cualquier momento para tomar el control por mí. Respiré hondo y me digné a mirar a los ojos cansados y tristes del capitán.




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Última edición por Asteria Ignunn el Jue Ene 22, 2015 7:51 pm, editado 1 vez

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Re: Mi princesa [Priv. Asteria Ignunn]

Mensaje por Salvatore D'Angelo el Lun Ene 19, 2015 7:47 pm

Estaba tan perdido en mi propia soledad, en mis recuerdos, que me costó  reaccionar cuando oí la voz de Asteria a mis espaldas. ¿Cuánto tiempo llevaría allí? Me giré, despacio, casi automáticamente, y la vi, escondida entre las sombras de la tétrica casa que un día fue mi hogar. “¿De qué te escondes, Asteria? ¿Tienes miedo de un hombre roto?” pensé desilusionado, bajando la mirada al suelo. No tuve ni la fuerza ni las ganas como para decir aquello en voz alta.

Apoyé el arpa en el suelo con cuidado, levantándome despacio de la silla. Allí de pie, borracho, semidesnudo y medio iluminado por la luz del candelabro, tendría que tener un aspecto de lo más triste y fantasmagórico, no mejor que el de un vagabundo. Y realmente, era así como me sentía, moribundo, desamparado, desechado. Disimularlo había resultado inútil; aunque claro, en ningún momento se me hubiese ocurrido que tuviera que disimularlo. Mis hombres, incluso Violeta, sabían que no tenían que molestarme en mis momentos de soledad. Aunque claro, Asteria no sabía aquello. Y yo no sabía que ella fuese tan valiente.

Suspiré, derrotado, y avancé hasta ella, quedándome a un metro escaso de su figura. La miré de arriba abajo, y recordé cuando la encontré en aquel callejón, totalmente borracha, abandonada y derrotada. “Parece que se han cambiado los papeles” pensé, y una amarga e irónica sonrisa se dibujó en mi cara sin casi darme ni cuenta. Ahora era yo el pobre moribundo que necesitaba que le rescatasen, ¿verdad? –Estoy bien, Asteria. Tan sólo  tocaba el arpa… -Dije, y mi voz fue perdiendo fuerza a medida que decía la frase. Ni siquiera tenía ganas de parecer enfadado.

Era obvio que no estaba bien, pero Asteria sería una niña buena y fingiría creer a su capitán. La verdad, en estos momentos no ofrecía la mejor imagen que un capitán pudiese dar, pero eso no me importaba lo más mínimo. Me quedé mirándola otra vez, sin saber que decir, distante. Había bebido bastante y no me encontraba en mi mejor momento para inventar excusas, juegos de palabras o cualquier otra cosa que pudiera distraer la atención de mi precaria situación. Tan sólo podía mirarla, y volver a apartar la vista de ella. Un silencio incómodo hizo acto de presencia. Suspiré otra vez, y volví a mirarla por Dios sabe que vez.

Me di cuenta entonces de que jugueteaba con algo entre sus manos: era un pequeño papel. Por un momento me tensé. “¿No será eso…?” –Asteria –dije, esta vez mirándola sin ningún titubeo, y acercándome más a ella -¿Qué es eso? –Dije, señalando al papel que sostenían sus dedos. En realidad, no me importaba lo que fuese, ni si quiera si era uno de los tantos poemas que había dejado abandonados por el suelo de mi casa. No me importaba si era una carta de su novio de Noruega, o de su tatarabuela. Tan sólo quería que hablase, y  acabar con aquel maldito silencio; el mismo silencio que me inundaba todas y cada una de las noches desde que Valeria se marchó para siempre.
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Re: Mi princesa [Priv. Asteria Ignunn]

Mensaje por Asteria Ignunn el Jue Ene 22, 2015 7:48 pm



Mi princesa



Tema Privado ๑ Puerto de Venecia ๑ Con Salvatore D'Angelo

Salvatore recibió mi mirada con decepción. Lentamente, fue desprendiéndose del arpa y se levantó, resignado a hacerlo. Me sentí muy miserable mientras presenciaba aquello. Supongo que no le hacía mucha gracia que yo estuviera allí. No se alegraba de verme, porque sabía que ni yo, ni nadie podía ayudarle con lo que le ocurría. Era inútil que yo intentara hacerle sentir mejor, pues jamás podría llenar el vacío que desolaba al capitán. Lo que le faltaba al capitán era algo vitalicio e irremplazable. Yo era consciente de ello. Aparté la mirada del rostro del capitán. Sentía impotencia de verle en esas condiciones, en ese modo de padecimiento, que parecía  volver y marcharse, sin llegar a irse nunca. Sus palabras pasaron por mi cabeza sin apenas yo escucharlas del todo. Sabía que la respuesta a mi pregunta sería una mentira. Así que ni me molesté en darle vueltas. Salvatore no estaba bien, se estaba hundiendo en el pasado. Ni siquiera llevaba un mes en su tripulación y el capitán ya estaba deprimido.

- ¿Por qué siempre tengo tan  mala suerte con todo? - Pensé exasperada.

No pensaba condescender a todo aquello. Necesitaba al capitán en sus cabales, requería al capitán Salvatore que había conocido y que me había sacado del desvalimiento no hacía mucho. Me sentía en deuda con él desde entonces, y veía ante mis ojos una imagen que no reconocía, la imagen de un hombre que, bajo mi entendimiento, precisaba ser salvado. Quizás una de las muy pocas veces en su vida. No sabía si yo podría hacerlo, pero no me iba a conformar con una mentira. Hacer como si no hubiera visto nada, y largarme pitando de allí. Además, mi nueva vida en Venecia dependía del capitán también, ahora trabajaba para él, y sin jefe, no hay paga.  Salvatore pronunció mi nombre, creía que podía tratarse de algo relevante y, diligente, volví a mirarle. Pero el capitán no comentó nada de lo que ambos acabábamos de presenciar, sino que desvió el tema, preguntando qué era lo que llevaba entre las manos. Sin pensarlo, dejé de juguetear con él.

- Es una dirección. La tuya, capitán. Pensaba que tendría promediar alguna que otra  amenaza para conseguirla. Pero al contrario, no se han resistido mucho, y no han tardado en enjaretarme el problema a mí. Te tienen verdadero pánico. -Dije intentando comentarle algo más animado. A todo capitán le gustaba reírse de sus hombres de vez en cuando.

Pero aquello no sería suficiente, Salvatore necesitaba un empujón más que nada. Agarré el candelabro de la pared y comencé a andar hacia la otra sala, alejándome de donde estaba él, e indicándole que me siguiera. Dejé el candelabro en el escritorio y comencé a recoger las botellas de ron tiradas por el suelo. Tampoco quería toquitearle sus cosas, así que me limité a quitar de su vista las cosas que le hicieran caer de nuevo en la mierda.

- Creo que un baño te sentará bien, Salvatore.

El capitán era una persona fuerte, de eso estaba segura. Pero como todos, tenía sus debilidades. Por mi parte, tratándose de otra persona, probablemente no me habría tomado tantas molestias. Pero por alguna razón, no ocurría así con Salvatore. Y empezaba a dudar de que se tratase simplemente de que me sentía endeudada con él. Podría decirse, que él también se estaba convirtiendo en una debilidad para mí.



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Re: Mi princesa [Priv. Asteria Ignunn]

Mensaje por Salvatore D'Angelo el Vie Ene 23, 2015 3:34 am

Sonreí al escuchar las palabras de Asteria. Sonreí, amargamente. Aquella joven era obstinada, atrevida, y a la vez sutil. “Parece que fiché a alguien realmente útil” pensé, y sin saber por qué, me sentí mejor. La observé mientras intentaba rescatarme de mi dolor, de mi pesadumbre, de mi oscuridad. Era realmente enternecedor, pero fútil. “Poco puedes hacer por mi alma, querida” pensé, mirándola como quien mira distraído volar a una mariposa. Pero al fin y al cabo, allí estaba, haciendo ese poco que podía, intentando juntar los pedazos en los que me había convertido.

Vi entonces cómo se marchaba con el candelabro, no muy lejos, ya que la luz todavía llegaba a donde estaba.  Oí su voz, distorsionada por la distancia; no me importó mucho lo que dijo, más bien fue el tono. Su timbre de voz era realmente agradable. Moví los pies, despacio, como si de un muerto viviente se tratase –realmente no estaba muy lejos de aquello – y salí de aquella sala, entrando en la habitación donde había estado antes. La miré recoger las botellas que había por ahí tiradas, intentando poner algo de orden en aquel caos. Me acerqué entonces a ella, despacio y, sin previo aviso, la cogí suavemente del hombro, obligándola a mirarme.

-Asteria, está bien que te preocupes por tu capitán –dije, con voz serena, y mi voz fue recuperando tenacidad poco a poco. La miré fijamente a los ojos, a esos exóticos ojos claros, y, sin saber porque, aquella pequeña intrusa hizo que me sintiese mejor –Y aunque estoy tan roto como piensas, se mantenerme entero yo solo. Esto… -Dije, refiriéndome al caos de la habitación, a lo del arpa – esto pasa a veces. Sólo estaba recordando… y a veces los recuerdos nos atrapan más de lo que esperamos.

Pasé mi pulgar suavemente por su mejilla, y le dediqué una tranquilizadora sonrisa. Asteria era todavía muy joven, ¿cuántos años tendría? Ni siquiera se lo había preguntado aún, aunque tampoco es que fuera un asunto de suma importancia.  Ella era realmente inteligente, pero ¿acaso podría entenderme? ¿Tendría ella semejante carga en el alma? “Dios no lo quiera” pensé, y volví a mirar a sus ojos. Rebosaban esperanza, vitalidad, curiosidad. No había rencor en ellos, ni odio, ni pena. No había dolor, pero aun así… pude ver aquella chispa de preocupación en ellos, en su rostro. Por mí.

Aparté la mano de su cara, despacio, llevándola de nuevo a mi costado. La volví a mirar, como queriendo ver más. ¿Por qué ella era especial? A su lado, me sentía extrañamente reconfortado, lo que era realmente inquietante. Había dejado que me viese en este estado, había dejado que se preocupase por mí. Era un sentimiento raro,  pero agradable. O al menos eso creía. Quizás me gustaba su madurez, su inteligencia, su perspicacia. Quizás era su frescura, su alma sin heridas, su atrevida juventud. O quizás eran las dos cosas, ese perfecto equilibrio que sólo ella me había mostrado en mucho tiempo.

Me encontré a mí mismo sonriendo al mirarla. Asteria, ese dolor de cabeza y a la vez ese alivio para mi alma. Sin darme cuenta, había dejado que se convirtiera en más que una simple subordinada, pero ¿hasta qué punto? Suspiré, ligeramente. Si algo me había enseñado el tiempo era que ese tipo de preguntas era mejor dejarlas de lado. Lo mejor en estos casos era dejarlo estar, y eso iba a hacer. No solía preocuparme por nadie que no fuera mi propia hija, pero aquella mujer se había ganado un pequeño hueco en mi confianza con tanta rapidez que me asustaba. “¿Acaso se te está pegando su inconsciente juventud, Salvatore?”  No sé hasta qué punto eso era cierto; lo único que esperaba era no estropearla con podredumbre.


-Asteria –dije, de golpe, parando aquel torrente de ideas desordenadas, y pronto mi voz recuperó su tono normal. Noté aquel dolor de mi interior desvanecerse poco a poco, como la marea retirándose de la costa, y sonreí de nuevo -¿Crees que podrás ayudarme a llevar el arpa al barco?
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Re: Mi princesa [Priv. Asteria Ignunn]

Mensaje por Asteria Ignunn el Vie Ene 23, 2015 5:50 pm



Mi princesa



Tema Privado ๑ Puerto de Venecia ๑ Con Salvatore D'Angelo

Desde la habitación donde estábamos pude ver como el capitán venía hacia la sala donde me encontraba yo. Los pies pesados, parecía que hacían temblar los cimientos de la casa, a cada paso que el capitán daba. Verdaderamente, la carga del capitán pesaba, y él estaba atrofiado ya por llevarla. Intentando ignorar aquella visión, me di la vuelta, y persistí con mi intento de ordenar aquel catastrófico cúmulo de lo que, al fin y al cabo, era la representación del interior del capitán. Inútilmente, porque aquello parecía llenarse de cosas. A cada lado que miraba, había algo que recoger. Repentinamente, el capitán , sin yo percatarme, se acercó directamente a mí, y sentí su mano en mi hombro. Paré de moverme, y me dejé llevar por sus manos, terminando entonces frente a él.

Esta vez, cuando mis ojos se encontraron con los de Salvatore, pude distinguir algo diferente en ellos. ¿Sonreía? No, pero sus ojos le delataron. Le brillaban, me miraba como quién mira el sol,  en su día más triste. En esos momentos , me convertí en eso, en su “por lo menos hace sol.” Admitió entonces lo que yo sospechaba, y lo que había intentado ocultar antes. Pero supongo que se dio cuenta de que yo no era tan incrédula. Y no me iba a dar por vencida en intentar recomponer las pocas fuerzas que le quedaban.  Me explicó delicadamente la situación. Sabía perfectamente lo que le pasaba, y que incluso nombrarlo le dolería por dentro.

- Te agradezco que seas sincero conmigo, Salvatore. – Le dije mientras articulaba una especie de sonrisa.

Él entendía que para mí significaba mucho que fuera franco. Pues era una muestra enorme de su confianza. El hecho de que no me hubiera echado de su casa a patadas, y que ahora estuviera allí, sacando las palabras de las entrañas, y manteniendo la compostura ante mí, incluso siendo agradable conmigo, podía considerarse simple cortesía. Pero yo sabía que no era así, que realmente se estaba esforzando, y aquello era algo muy valioso para mí. Me di cuenta en el momento en que sentí su mano acariciarme el rostro, reconfortante, y me dedicó aquella sonrisa tan dura de dedicar.

Yo también caía presa del pasado a menudo, de un pasado que además, mayormente ni siquiera recordaba. Momentos que pesan en mi conciencia, y en mi historia, en los cuales ni yo misma fui protagonista. Pensé en contarle el problema que más me preocupaba a mí. Quizá aquel era el momento propicio. Miré al capitán, pero las palabras no salían por mi boca. Probablemente no podían compararse con lo que tanto amargaba a Salvatore, pues yo había perdido compañeros, pero nunca a alguien tan cercano. Me vinieron a la cabeza entonces mis padres. Podía ser que yo no les hubiera perdido, pero ellos a mí sí. Me pregunté algo que nunca me había preguntado entonces.

- ¿He condenado a mis padres a sentirse así de vacíos, así de rotos? -Reflexioné.

Cuando era pequeña y me marché de casa sin avisar no pensé en aquello, fue egoísta, era consciente. Pero nunca había presenciado el dolor que se puede llegar a experimentar cuando se pierde a alguien tan esencial. Cerré los ojos, dándome cuenta entonces de todo aquello. Algo en lo que nunca había reparado, y que desde ese momento, iba a pesar tanto como el agua de todos los mares. Salvatore se apartó, con la mirada fija en mí, y definitivamente, volvía a sonreír. No creía lo que veían mis ojos. Parecía que realmente le había hecho sentir mejor. Me olvidé por un momento de mis anteriores pensamientos, y me centré en Salvatore.

- ¿El arpa? Claro, capitán. Será un placer. –Dije sonriéndole ante su iniciativa de salir de allí.- Por cierto, he encontrado un posible trabajo. Unos hijos de unos ricachones han desaparecido en una isla. Aceptan ayuda de cualquier tipo y la recompensa es muy grande.  – Solté de sopetón, intentando desviarme un poco del tema, y dándole a Salvatore otra cosa en la que pensar.

Aunque sabía jamás le haría olvidar lo que ahora rondaba su mente, estaba en lo cierto, y el capitán era fuerte. Parecía que mi empujoncito le había sentado bien, y me sentí un poco mejor conmigo misma por ello. Aún guardaba el papel de su dirección en la mano, y finalmente, tras negarme a soltarlo en todo el camino hacia allí, lo dejé caer en el escritorio, junto con otros papeles. Me pregunté por su hija. ¿Dónde cabía la pequeña en aquel caos? Pero preferí no preguntarle nada, por mero miedo a estropear lo que parecía que empezaba a repararse.

- Quod non me necat, fortior me facit. Eres un perfecto ejemplo, capitán.

Salvatore necesitaba tener más cosas que hacer, algo diferente. Cuando estás muy ocupado, te olvidas de lo demás, y Salvatore llevaba haciendo lo mismo durante demasiado tiempo. Así que si ayudarle con el arpa era un paso hacia mejorar, yo sería la primera en ofrecerle mi mano. Y así lo hice, agarré la mano de Salvatore y lo llevé de nuevo conmigo a la habitación de Valeria, cuando llegué al arpa, pose las dos manos sobre mis caderas.

- Esto es muy pesado, seguro. Pero vamos a sacarla de aquí. – Dije dejando escapar una pequeña risa. Me había dado cuenta del doble sentido que tenía aquella frase, pero de esa manera le podía dar a entender a Salvatore que comprendía su carga, pero no iba a abandonarle por ella.

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Quod non me necat, fortior me facit: Lo que no me mata, me hace más fuerte.



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Re: Mi princesa [Priv. Asteria Ignunn]

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