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Más, quiero un poco más.. { Meredith }

Mensaje por Renee White el Miér Ene 21, 2015 3:50 am

Es inevitable la verdad. Y por ello quizá tantas almas corren a refugiarse de la susodicha. No hay forma de no sentirse malherido y semimuerto cuando te dan aquellas noticias que no quieres recibir. Son tantas las veces que agradeceríamos ser tragados por la tierra y no volver a despertar que más de un gato estaría muerto; a pesar de sus siete vidas. ¿Cuántas veces, entonces, hubiéramos renacido? Tras la tormenta llega la calma. Y sin embargo, una nueva vuelve a colocarlo todo patas arriba. Como las prostitutas del barrio más pobre de Venecia. Son aquellas las que se enamoran más de mil hombres cada noche. Son las que entregan su alma a parte de vender el cuerpo. ¿Cuántas gozarán, y cuantas escucharán llorar a su ser? Mi pregunta es, ¿tendrán alguna alternativa a la mala vida que según todos cuentan llevan? ¿O es la lujuria que las corrompe sin cesar? Un pecado masoquista, en ése caso. Maquillarse y enmascararse en una funda de hipocresía. De gemidos y risas falsas. ¿Y cuando a los clientes se les va la mano? ¿Sentirán miedo de verdad? ¿O es otra fachada? ¿Ellas serían capaces de encararse, de venceer los demonios que las persiguen? A lo mejor prefieren seguir sometidas a aquél estilo de supervivencia. De todos modos, me pregunto cuánta gente vive la vida en su plenitud. ¿No habrá siempre un rincón oscuro en el corazón que impida ser feliz al cien por cien? Cuánta será la gente que tras leer tantas novelas y oír historias fantásticas viven una mentira que ellos mismos creen. Y, al fin de todo, ¿es mejor ser un ignorante o ser consciente de la desdicha?

Una vez un sabio me contó que tenía un cuervo. Éste cuervo se llamaba Talentoso. Poseía el don de ver las dos fases de un día. Su luz y el amanecer; con la alegría y el optimismo que contrae vivir feliz. De los acontecimientos que te sacan sonrisas como por ejemplo ver crecer a un hijo. Carne de tu propia carne. Sangre de tu sangre. Y, al mismo tiempo, podía observar la penumbra de la noche. Sus maldiciones y sus tristezas. Sus debilidades y las desilusiones. Como, por ejemplo, que se te incendie la casa y no cuentes más que con un centavo en el bolsillo. A todo esto, el cuervo era capaz de saber pensar en frío. De saber actuar en cada caso. De no cegarse con la dicha y tampoco ahogarse en un mar de lágrimas. Y sin embargo un día perdió el ojo de la Noche, convirtiéndose en un ignorante hipócrita. Un perdido. ¿Sería mejor aquello, o toda la sabiduría que conlleva la visión completa?

El viento se mecía lentamente, como si cantara una nana lenta y dulce a las hojas de los árboles medio adormecidos, cuyos mecían sus ramas como una cuna para ellas. Las olas, por el contrario, parecían almas enfurecidas de aquellos náufragos marineros que jamás encontraron una isla donde reposar y sobrevivir. De cuerpos hundidos hacia lo más fondo de la marea, comidos lentamente por peces que; como nosotros, sólo quieren subsistir. Hacía frío, aunque la arena de aquella playa se encontrara cálida y agradable al tacto. Jugueteé con ella con armonía mientras que mi otra mano se aferraba con fuerza a la botella de Ron que había comprado en un burdel no muy lejos de la costa. Eran tan hermosas, aquellas esclavas. Parecían tanto unas musas. Algunas eran llamadas sirenas; pues aparte de dejar que les quitaras la lencería, te cantaban. Y menudas voces había alcanzado a oír. Capaces de aturar una guerra. Capaces de revivir a los muertos. Capaces de hacer latir los corazones que los vampiros no poseen. Menudo milagro, ¿eh? La vida sería distinta. Mariè estaría a mi lado, en cambio del alcohol. Ambas estaríamos desnudas dentro del agua. Y aunque estuviera congelada, ambas nos daríamos el calor de un amor mal visto para la sociedad. Y sin embargo daría exactamente igual.

Me levanté tambaleante por unos segundos. Ahogué un eructo mientras que la botella seguía hincada en los granos de arena. Primero los zapatos de princesa que tanto odiaba para que luego... corrió por mi piel en una caricia vacilante aquél vestido negro que tanto me gustaba llevar, de viuda a pesar de que jamás conseguí llegar a un altar con ella. El frío consiguio que mi piel se erizara. El primer paso me dolió, pues pisé unas rocas que apenas se asomaban. Mi desnudez relucía por aquella amarga y a la vez brillante luna. Observaba cada centímetro de mi ser con recelo, guiándome el camino hacia las olas. Cerré los ojos cuando me sumergí hasta la cintura. ¿Qué estaba haciendo, ahí? ¿Acaso pretendía ahogarme con lo sobria que iba? Me reí sola, acariciando la marea como quien peina a una chiquilla asustada. Gemí del frío cuando finalmente mi cabello había sido completamente humedecido. Nadé, nadé hasta que mis huesos se habían calado por la baja temperatura. Y no me importó coger una pulmonía. Seguí hasta que apenas podía ver la playa. Y entonces volví; con dificultad. ¿Mariè estaría contenta, si me dejara vencer por algo que yo amaba? No había caído en cuenta. Cómo adoraba yo la mar. Su olor a sal y su brisa. Qué evidente, pues, que hubiera acabado en aquél lugar.

¿Eso significaba que aun me quedaba el ojo bueno, tanto como el malo? ¿Aun guardaba esperanzas y me autocompadecía? Sonreí ligeramente, por primera vez en mucho tiempo en paz. Quise aprovechar. ¿Quién podría decirme si mañana podría repetir aquella extraña y lejana sensación?
Más, quiero un poco más... Quiero intoxicarme en vos...

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