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Destino — Priv con Ashitaka Shun.

Mensaje por Invitado el Sáb Mar 21, 2015 1:51 am


運命
PRIV CON ASHITAKA SHUN


El árbol quiere la paz, pero el viento no se la concede.

El repiqueteo de las sandalias hacía eco sobre el suelo adoquinado; plataformas de madera, de unos once centímetros, en japón se conocen como okobo y las suelen utilizar únicamente las maikos, pero a Yua le encanta usarlas, dando unos pasos tan apresurados y definidos, que parece levitar sobre ellas. No eran pocas las miradas que se le cruzaban, observándola como si fuera de otro planeta. Repasaban su kimono, sus ojos rasgados con el rabillo coloreado de rojo, a juego con los labios. Pero a ella no le importaba, pues prefería ser analizada y juzgada que ponerse uno de esos vestidos tan escotados y ordinarios que llevaban las mujeres europeas, le parecía una vergüenza enseñar los pechos de esa forma tan vulgar y gratuita. La multitud se movía de un lado para otro, se empujaban, vociferaban e insultaban... algunos hombres aprovechaban el escándalo y alboroto para estrellar sus puños contra otros, simplemente por diversión. Se comportaban como animales, sin una pizca de tolerancia, ni humildad, honor o, sencillamente humanidad. Yua se hizo a un lado de la calle, apartándose del gentío y abriéndose paso con agilidad, quería salir de ahí y respirar un poco de aire, relajarse y compenetrarse con la lluvia para vaciar su mente después de lo ocurrido esa noche. El diluvio comenzó a incrementar, dejando que el sonido de las gotas cobraran más fuerza al estrellarse contra los tejados, los adoquines y el agua de los canales. Yua se desató una de las tres largas telas que llevaba ceñidas a la cintura para colocársela por encima de la cabeza y resguardarse de la lluvia; cubrió su cabello con ella y terminó enrollando el resto alrededor de su cuello, dejando así a la vista únicamente sus dos orbes azules.

¡Mira por dónde andas! ¡Vampira, asesina! — bramó una mujer que se encontraba enfrente de Yua. La japonesa alzó la vista repentinamente hacia aquella posición, y continuó su paso observando con detenimiento y agudeza la escena. Una joven de cabellos rubios y bastante menuda, caminaba apresurada y con el pelo empapado a unos metros por detrás de un hombre pelirrojo, con espaldas anchas y una altura bastante considerable. En dirección contraria se le chocaron un niño y dos mujeres de mediana edad, las cuales le dedicaron una mirada de terror al mirarle al rostro. Yua frunció el ceño pensativa, y suavizó el paso.

Una de las mujeres apartó de la chica rubia al niño pequeño que parecía ser su hijo, y este, sin una pizca de inocencia ni miedo le pegó una patada a la vampiresa, la cual se giró súbitamente hacia ellos, sacando los colmillos y emitiendo un sonido agudo y sombrío. Sus pupilas estaban tan menguadas y los colmillos tan afilados que parecía estar a punto de lanzarse encima de la mujer y el niño para devorarlos. No obstante Yua actuó más rápido. En apenas tres segundos, había extraído uno de sus abanicos del obi y se había abalanzado sobre ella como un gato, tan rápida y sigilosa que a la vampiresa, ni a nadie le había dado tiempo ni a reaccionar. En ese momento las varillas de plata del abanico, afiladas como cuchillas, propinaban un corte limpio y poco profundo en el cuello de la vampiresa. La rubia sólo pudo emitir un agudo gritito y llevarse las manos al cuello. Mientras ella se lamentaba, Yua plegó en un golpe seco de nuevo el abanico, dejando que las varillas afiladas de este se quedaran unidas, imitando a la punta de un cuchillo. Antes de poder parpadear, Yua le había hundido el abanico en el pecho...

Vayámonos de aquí — decretó una de las mujeres al ver la escena. Subió en brazos al niño y desapareció con su compañera de la calle, dando gritos de espanto al presenciar el corte en el cuello y la sangre escurriéndose por las clavículas de la joven vampiresa. Los ciudadanos no tardaron en alarmarse por los gritos y avisos de la mujer, y la calle comenzó a vaciarse de inmediato. La voces, alaridos y pasos apresurados dejaron de escucharse, y ahora sólo se podía apreciar el sonido de la lluvia estrellarse contra el suelo adoquinado. El silencio inquebrantable, la oscuridad indispensable, el misterio adyacente... Ahora únicamente quedaban en la calle desierta la vampira, el hombre pelirrojo, Yua, y el destino...


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Re: Destino — Priv con Ashitaka Shun.

Mensaje por Invitado el Miér Mar 25, 2015 1:28 am

Durante el transcurso de aquella fatídica tarde en ningún momento había sido percibido por los demás, pero eso no significaba que no hubiese estado allí.
Lo cierto era que había permanecido presente en todo aquel acontecimiento, escrudiñando las revueltas que habían ocurrido. La tarde lluviosa había dado paso a una noche aun encapotada, donde las nubes arropaban al cielo en aquel espeso manto gélido y húmedo. En unas horas probablemente volvería a llover, y la tormenta acaecería como la próxima invitada de la noche.
Apenas comenzaba a chispear cuando Ludwig y Angelika se abrían paso de entre las grandes masas de gente aglomerada. El vampiro ya había escuchado y presenciado suficiente y era hora de que todos volviesen al hotel. Habían muchas cosas sobre las que notificar y prepararse, pues todo se complicaría sobremanera en Venecia y habrían que tomar medidas estrictas para poder sobrellevar los acontecimientos. Con todo, el pelirrojo caminaba a zancadas tan vigorosas que no se había percatado de que la fémina se demoraba y tropezaba con aquel niño. Tan sumido estaba en sus propias cavilaciones que no escuchó aquel bramido de la mujer, acusando a la vampiresa, pero Fa-Tang sí lo vio.

Se hallaba agazapado sobre una tubería alta, a metros del suelo de una penumbrosa callejuela, inmóvil como un diestro equilibrista y con ambos antebrazos pendiendo de sus rodillas flexionadas. Observaba con ojos inquietantemente atentos todo lo que se estaba llevando a cabo a su alrededor, como un depredador que oculto en la maleza estudia a su presa sin perder detalle . Sus vestimentas orientales eran la clave para moverse de manera tan hábil y sigilosa ; la parte inferior del  hakama se ceñía a la estrecha cintura a la altura del ombligo. Su torso desnudo y esculpido en una musculatura compacta y flexible se hallaba semi descubierto por la capa negra que se encargaba sumir su rostro y su cabeza en penumbras bajo la capucha. La coleta alta y oculta despejaba sus facciones, manifestando tan solo aquellos rasgados y penetrantes ojos carmines, rojos como la sangre recién derramada que refulgían como rubíes tras el velo oriental  que ocultaba su mentón por completo. La visión de su figura a contraluz, perfectamente camuflada era improbable, y eso siempre era la mayor ventaja en su oscuro trabajo.

La larga capa negra oscilaba hacia atrás, flotando oníricamente al compás de una brisa ululante y espectral. Ni la lluvia que tronaba sobre las amplias superficies ni los recovecos estimulados por el sonido del viento restaban su aguda percepción y su enfoque fijo que se centraba ahora en una sola figura : en la de aquella enigmática asiática. Ella había captado su atención de una manera fácil y poderosa; la flor del cerezo siempre era llamativa y distinguible a ojos de un paisano de entre lirios marchitos. Su kimono le había recordado una belleza remota, la femineidad de algo que pertenece a otro mundo, a otra dimensión distinta a las entrañas de Europa. ¿Quizás era aquello lo que le había distraído un poco de su trabajo? muy probablemente, pues era la primera asiática que había pisado Venecia en mucho tiempo, o, al menos, la única que no se había contaminado de las ordinarias costumbres occidentales.

Lo que no se había figurado era que se trataba de una futura enemiga.

El hecho de que era exorcista no le había sorprendido, pero sí había despertado una creciente curiosidad en el japonés. Su natuzaleza adversa no le había privado de estudiarla con atención y le había alejado de la idea de que pudiese resultar perjudicial para su master y la señorita Angelika. Por ello, en el momento que la vio actuar con aquella rapidez inhumana el oriental había quedado perplejo, perplejo e incrédulo. Así fue el asombro de Ludwig a su vez al escuchar el alarido de la joven, y en cuanto se volteó con rapidez para tomar a Angelika rápidamente del brazo y atraerla sus orbes se oscurecieron, tornándose completamente negros, como dos pozos vacíos que reflejan la oscuridad que acarrea la muerte. Sus cejas se fruncieron a la par que su nariz y sus labios a la hora de emitir un rugido feroz que parecía pertenecer al mismísimo demonio colérico y que retumbó en el recinto de tal modo que hasta el suelo se había estremecido. La gente se apartaba, horrorizada, ante la presencia de los vampiros y la exorcista presta a hacerles frente, una profesional y una heroína de cara a los aldeanos. Con todo, los  grotescos colmillos del pelirrojo sobresalían, letales, en sus labios abiertos, su mirada endemoniada no dejaba dudas a lo que verdaderamente era cuando algo lo sacaba de quicio, perdiendo todo resquicio de humanidad : un monstruo.

Muy a punto estuvo de enfrentarse a la asiática, pues así se adivinó al esconder a la rubia tras su capa y por la posición de sus manos, ahora más semejantes a dos garras que parecían dispuestas a destripar sin piedad, pero por suerte o por desgracia las tornas se giraron con la misma rapidez con la que todo había comenzado: El asiático se había puesto en movimiento. Corría a través de la tubería con inhumana rapidez y con el equilibrio del acróbata nato ; dio un salto a través del edificio para descender como la figura de un murciélago gigante, con la capa extendida que daba forma a aquellas alas imaginarias. En cuanto tocó tierra había caído justo detrás de la joven, en el momento exacto en el cual ella iba a apuñalar a la vampiresa rubia. Cayó sobre una pierna, dio una vuelta alzando la pierna derecha para derribarla de un movimiento Dwi Chagi. Si aquella japonesa estaba tan entrenada sería seguro que se apartaría o lo esquivaría sin darle tiempo a apuñalar a la chica.

No tardó en dar un salto hacia atrás y ponerse en posición de defensa. Alzó la diestra despacio para mantenerla inmóvil frente a su ojo derecho. El izquierdo se enfocó en la japonesa con suma atención, penetrando en ella como una cuchilla letal y nociva. De entre la turbulencia de la gente que huía espantada pudo distinguir aquellos focos azules, gélidos y hermosos de su mirada oriental, aquella mirada que reflejaba otra tierra, otra costumbre y valores morales. Se entendían en silencio, y no hacía falta mediar palabra alguna; echó un vistazo a Angelika, ladeando el rostro hacia ella y posteriormente sus pupilas ascendieron hacia Ludwig, el cual ahora cubría el cuello de la fémina con un amplio pañuelo limpio y presionaba para poder cortar un poco la hemorragia. Cuando los ojos dorados de su amo se clavaron en los suyos y asintió despacio ante su petición silenciosa supo que aquella noche la asiática sería su rival. Posicionó su siniestra sobre la empuñadura de la katana, a pesar de que dudó que tuviese que utilizarla al igual que sus habilidades de momento. Deslizó un pie hacia atrás, de costado, en guardia...

...Y la mano diestra frente a su ojo derecho movió los dedos unidos en una invitación hacia él. Indicándole que el enemigo de ahora en adelante era la otra cara de su moneda.
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