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El comienzo y el fin.

Mensaje por Damon Mac Cárthaigh el Sáb Oct 24, 2015 10:11 pm




El comienzo y el fin.
 


FLASHBACK

[…] Llegaron allí y aquello estaba desierto. Sabía que no estaba solo en aquella isla, pero no podía evitar sentirse tal. Damon observó el lugar, con incertidumbre. Se volvió para mirar en la inmensa lejanía la barcaza que hacía unos instantes le había llevado allí alejarse como si tuviese prisa en olvidarle, a él y a todos los demás que se encontraban en la isla. El día era especialmente gris, y Damon le gritó al barquero, y a todo el que pudiese escucharle. Bajó la mirada hacia el suelo, sus zapatos se habían llenado de barro, se sentía sucio y abandonado. Las primeras gotas del día cayeron, Damon tenía la impresión de que sólo llovía sobre él.

No tardó mucho en notificar a algún otro compañero olvidado. Era curioso, todos los que estaban allí, aunque no muchos, habían sido echados de sus casas, de sus laboratorios, de sus calles, los habían expulsado de sus vidas, y los habían arrojado a aquella isla, donde debían permanecer confinados hasta Dios sabía cuando. Aún así, nadie se saludaba al encontrarse, nadie parecía querer reconocer al otro. No se sabía si por vergüenza, por temor, o simplemente porque habían perdido la cabeza y siquiera eran conscientes de lo que a su alrededor pasaba.

Cada uno tenía asignado una casa en aquel lugar. Eran edificios antiguos y colosales para el uso de hogar. Obviamente Damon le daría otros usos. Les habían ofrecido aquellas viviendas que en su día podían haber sido bastante suntuosas por una razón. Era una recompensa por aquella traición. Como era lógico, Damon y otros pocos científicos más, no podían hacer nada contra el gobierno, y menos contra la burocracia que había sido cómplice de muchas atrocidades durante un largo tiempo. Pero no podían dejar que nada saliese a la luz, y los pobres científicos jamás hablarían, era cavarse su propia tumba, aunque de esa manera consiguiesen hundir la reputación de los mandamases.  No habían contado con que, había personas como Damon, que viéndose allí, no tenían nada que perder.


Puede que le hubieran apartado de su anterior vida, pero estaba dispuesto a reunir fuerzas y forjar una nueva, y quién sabía, quizá mejor. De todos modos, era un propósito fácil. Al principio, todos incluido él se habían limitado a permanecer allí. Damon se dedicaba a recrear sus laboratorios, empezar a crear su nueva cueva personal. Aquel edificio sería su nueva casa, su nueva guarida. Poco a poco, fue tomando forma. Afortunadamente, habían dejado que trasladase gran parte de sus cosas y su material desde Venecia hasta Poveglia, con tal de que permaneciese allí el tiempo que fuese necesario. Aquel tiempo que tan lento pasaba, daba igual en qué lo emplease, el final del día parecía no llegar nunca, pues tampoco lograba dormir con normalidad. Se volvió  taciturno en apenas unas pocas semanas. Sus deseos de sentir calor humano se volvían más intensos cada día. Se cansó de sí mismo. Hasta que no aguantó más, necesitaba sentir algún tipo de contacto. El ansia le corrompía los huesos.

Al día siguiente, llegó el distribuidor que les llevaba provisiones y les informaba de la situación en la ciudad. Aquel hombre debía decirles cuando podían volver a casa. Pero adelantando acontecimientos, nunca lo hizo. Al final todos permanecieron allí por su propia voluntad, se habían vuelto tan ermitaños y retraídos. Otros tantos, permanecieron allí obligados, dementes o como fantasmas. Pudiendo encontrarte sus almas vagando en algún que otro paseo nocturno. Todos dejaron allí su presencia, de alguna manera u otra. Damon consiguió hablar con él, había dejado en su casa una abundante colección de manuales que necesitaba para seguir con la investigación desde la sombra. Tras llegar a un acuerdo con él, Damon montó en la barcaza del señor, el cual le hizo remar a cambio de concederle el viaje. Echaba de menos las góndolas. Anochecía y una ingente y espesa niebla cubría la superficie del agua.

- Esto parece el cielo, ¿verdad, señor Mac Cárthaigh?
- Más bien el Hades. –Replicó Damon.
- ¿Cómo dice?
- ¿No se ha dado cuenta de que soy como Caronte, mi señor?

El hombre miró confundido a Damon, en el mismo instante en que éste se abalanzaba sobre él y agarraba con fuerza su cuello lánguido de miedo. Damon se sintió poderoso por una vez desde hacía mucho tiempo. Sintió escalofríos que recorrían su espina dorsal mientras apretaba cada vez más la garganta de aquel hombre ya casi inerte. La poca vida que le quedaba se manifestó en un temblor involuntario de su cuerpo, sus pies golpeaban contra los remos de la barcaza, y traqueteaban un sonido nervioso. Sus ojos observaban los de Damon con acusado desconcierto. Damon se apartó finalmente del cuerpo, cuando este desistió de vivir. Se quedó sentado a su lado. Se colocó el gabán y peinó su pelo, aunque quedó igualmente revuelto.

- Resulta que no ha pagado el peaje.

Al caer al agua el cuerpo salpicó algo a Damon, pero fue un hundimiento silencioso. El joven científico comenzó a remar de nuevo dirigiéndose hacia la ciudad, podía distinguir luces entre la niebla, y por encima de ésta, el Campanario de San Marcos. Una sonrisa se dibujo en su pálido rostro. [...]







Última edición por Damon Mac Cárthaigh el Lun Nov 02, 2015 8:24 pm, editado 1 vez
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Re: El comienzo y el fin.

Mensaje por Damon Mac Cárthaigh el Lun Oct 26, 2015 8:37 pm




El comienzo y el fin.
 


FLASHBACK PARTE 2

[…] Desembarcó en una inmensa oscuridad. Cuando posó sus pies en el suelo sintió una sensación de libertad parecida a la que le invadió el día que abandonó el orfanato. Jamás olvidaría ese día. Respiró profundamente y acto seguido comenzó a deambular por las calles de aquella preciosa ciudad. La niebla difuminaba la realidad, o quizás era él quien estaba confundido ante todo. No era la primera vez que le arrebataba la vida a alguien, pero por alguna razón, esta vez había sido diferente de todas las demás. Lo había disfrutado. Sintió que de algún modo, se había vengado. Una sensación de miedo inundó su cuerpo. Siguió avanzando sin rumbo fijo, con la mirada posada en el suelo.  Habían pasado unos meses desde que lo enviaron a la isla. ¿Habría cambiado algo desde que se había ido? Él tenía una vida en Venecia. ¿Acaso nadie había reparado en su ausencia? Muchas preguntas vinieron a la mente del pobre científico, quien, inquieto, se estremecía debajo de sus ropas, debajo de sus carnes, dentro de sus huesos.

Sus pasos le dirigieron casi inconscientemente a su antigua casa. Esperaba verla abandonada, pero quedó paralizado al comprobar que había luz dentro. Alguien estaba ahí. Sin pensarlo siquiera, subió una pequeña escalinata y comenzó a aporrear la puerta de calle. Tras unos minutos, una mujer en camisón abrió la puerta cautelosamente, llevaba consigo un pequeño candelabro, y se asomaba temerosa, tapando como podía su cuerpo transparentado bajo la fina tela blanca. Damon la observó de pies a cabeza, confuso.

- Disculpe, ¿Puedo ayudarle en algo? No creo que estas sean horas, signore.

La mujer se disponía a cerrar la puerta cuando Damon impidió el gesto y empujó la puerta en sentido contrario, venciendo el peso de ésta y abriéndola en gran medida. La suficiente para ver lo que necesitaba saber. Casi soltó una gran carcajada al observar en lo que se había convertido su añorado hogar. Colgada en la pared, casi a primera vista, se alzaba gloriosa una enorme cruz latina. Junto a ésta, diversos símbolos de la Inquisición. Todos los cuadros, el papel de pared, las alfombras, todo había desaparecido. Aquel lugar estaba tan vacío como Damon. Era un convento.

- ¿¡Qué demonios le habéis hecho a mi casa!? ¿¡Cómo se atreven!?

Damon entró de lleno en la sala, andando decidido hasta la cruz principal. Pues le estaba llamando con impaciencia. La mujer le siguió alterada, gritando cosas inteligibles que Damon oía de forma distante y distorsionada. Alcanzó a tocar la cruz, cuando la mujer le tiró del gabán e interrumpió los pensamientos de Damon. Éste se giró hacia ella, dedicándole una expresión frívola y rabiosa.

- ¡Por el amor de Dios! ¡Esta es una casa sagrada!

El joven científico quedó observándola por unos momentos, a la vez que dos hermanas más jóvenes bajaban por las escaleras, también en camisón, esperando averiguar a qué venía tanto alboroto. Damon respiró mientras miraba una y otra vez a las tres hermanas. Agachó la cabeza y se dirigió hacia la puerta principal, las monjas lo miraban expectantes, sin saber qué hacer. Damon llegó hasta la puerta, se giró hacia ellas una vez más, aún dentro, y cerró la puerta tras de sí.

- No deberían estar ustedes tres solas en un convento tan grande, hermanas. Cualquier cosa podría pasar… -Empezó a hablar mientras avanzaba hacia la más mayor. – Cualquier demente podría entrar aquí, y quién sabe de lo que sería capaz.

La hermana posó sus ojos en los de Damon. No tenía miedo, se podía adivinar cierto recelo en su mirada, se alejaba de él como un imán que se opone, hasta que la pared donde estaba colgada la cruz la paró en seco. Damon podía escuchar los gritos de las otras dos monjas que corrían a esconderse. La monja más mayor había dejado de mirarle, le había dado la espalda para admirar su querida cruz, y rezaba. Rezaba como si eso la fuese a ayudar. Damon la empujó y la mujer chocó contra la cruz, golpeándose en la cara. Se colocó tras de ella, sintiendo su cuerpo casi desnudo contra el de él. Desde luego pudo sentir su calor, su nerviosismo. Pasó sus manos por sus brazos, la monja comenzó a respirar con más fuerza mientras seguía pronunciando sus oraciones en latín.

- Maldita monja… Podría follarle aquí mismo, ¿sabe? No tengo nada que perder. Usted en cambio, tiene algo muy importante que perder, ¿no es cierto? Espero que haya sido una monja decente y así sea. -Se apoyó completamente sobre ella, hablándole al oído.- ¿Sabe que aquellos a los que ofrece su vida y su fe, llevan masacrando a mujeres, hombres y niños desde hace años? Supongo que no.

- Quizá podríamos llegar a algún tipo de acuerdo, signore... -Replicó la monja mientras llevaba la mano de Damon a su pecho.

Damon la apartó bruscamente y tiró la cruz al suelo, en un impulso de rabia. Miró a la monja, que había caído en una esquina, y le miraba, inquieta. Como siempre, esperaba sentir lástima, compasión, algún ápice de empatía que le hiciese sentir humano. Algo. Decepcionado, apartó la mirada y volvió a dirigirse hacia la puerta.

- “Todos han de pagar por sus pecados.” Sois igual de repugnantes que los demás, sois igual que yo. O peor... Ustedes están sometidos.

Cerró la puerta causando un estrepitoso estruendo dentro del convento. La monja, se incorporó, volvió a colocar la cruz en su sitio y se santiguó. […]





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Re: El comienzo y el fin.

Mensaje por Damon Mac Cárthaigh el Jue Oct 29, 2015 9:38 pm




El comienzo y el fin.
 


FLASHBACK PARTE 3

[…] Aquellos ridículos tres escalones se postraban ante él como una pirámide interminable. De repente, el mundo parecía ser demasiado grande. Hacía apenas unos días, creía poder abarcarlo todo. Ahora se sentía abandonado en una oscuridad inmensa de la que parecía imposible salir. Comenzó a bajar los escalones con lentitud. El frío empezaba a calar fuerte en todo su cuerpo. Ando unos cuantos pasos, alejándose prudencialmente del ahora convento, pues aún creía oír las voz de aquella sucia monja rezar a Dios que le castigase. Se detuvo, apoyando su espalda contra una pared, y se deslizó, quedando sentado como un moribundo en plena calle. Escondió la cabeza bajo sus manos, y estaban frías como las manos de un muerto. Apenas podía mover con naturalidad los dedos, pues el frío y la contención de rabia y adrenalina hacían que éstos temblaran irremediablemente. Tenía ganas de matar a aquellas monjas por robarle su hogar, tenía ganas de matar a todo aquel que apareciese en su camino. Sintió entonces sus manos húmedas, una sensación tan gélida que la confundes con un ardiente quemazón. Algo momentáneo, que se posaba sobre su piel y desaparecía, pero dejaba un rastro que hacía que sus pálidas manos se enrojeciesen, y casi petrificasen. Damon abrió los ojos, estaba nevando. Había perdido la cuenta del tiempo que había pasado contenido en la isla, pero se dio cuenta entonces que había pasado más tiempo del que él había imaginado. Era invierno, incluso más. Se levantó y comenzó a andar, no había reparado en ello hasta entonces, las callejuelas de Venecia parecían increíblemente grises, pero la nieve le dio un matiz diferente. Un gondolero que cantaba pasó como de casualidad en un canal paralelo a la calle, Damon corrió hacia él.

El mundo desde una góndola era diferente, más ligero y frágil. La continua nieve y la niebla no dejaban adivinar el camino, era un misterio hacia dónde se dirigían. El agua parecía más agresiva que nunca. Flotando en la superficie, un cuerpo inerte. Lo observó fijamente, espantado de horror. Se trataba ni más ni menos que de aquel distribuidor. Damon reprimió su pavor en un exiguo quejido. El gondolero parecía ignorar la presencia de este en el agua, pues la embarcación pasó por su lado, empujándolo hacia atrás y el cuerpo se perdió en la lejanía. Volvió a sentarse intentando actuar de forma natural, conteniendo un nerviosismo colosal en su interior. Mas su pesar no cesaría tan rápidamente; otro cadáver surgió del fondo del canal justo frente a ellos, junto a éste, otro, y así sucesivamente, todos ellos eran la misma persona, la más reciente víctima de Damon. El número era tan ingente que la góndola estuvo avanzando en un caldo de muerte. El pobre científico palideció, creyó haber perdido el juicio. De su boca se escaparon varios gritos ahogados. No cabía en su mente aquella delatadora sucesión de torturas mentales. El gondolero soltó una sonora carcajada. De pronto, Damon se sintió la víctima esta vez. Miró al gondolero con cierto recelo, éste le devolvió la mirada, unos ojos oscuros, estériles de vida. En su rostro una sonrisa arcaica, imposible de adivinar si realmente sonreía o se burlaba.

- Buenas noches, Damon. Parece que has sido especialmente travieso esta noche.

Damon observó estupefacto a aquel misterioso gondolero, aquella voz le resulto extremadamente familiar. Miró a su alrededor intentando buscar una posible salida por si fuese necesario. Los cadáveres seguían allí, Damon no entendía como podían seguir avanzando, o si estaba todo en su cabeza. Una sensación de malestar se postró ante él. Definitivamente no le agradaba estar en aquel lugar del juego.

- ¿Quién demonios eres? ¿Nos conocemos?
- Resulta curioso, incluso paradójico, que no me reconozcas, Damon, Pues soy una parte de ti. Algo que sólo puedes conocer cuando has abandonado la vida.
- ¿C-cómo?... ¿¡Qué quieres decir!?
- Soy tu maldad, y estás muriéndote, compañero.

Damon se sentía desfallecer ante aquel disparate. Realmente no llegaba a entender cómo podía estar sucediéndole aquello. Había tenido bastante con aquella isla del demonio, desde luego, como para poder soportar todo aquello ahora. Miraba a aquel desconocido y a todas partes a la vez, intentando largarse de allí. El gondolero dio un paso hacia él, y otro más, hasta que se encontró a unos pocos centímetros de Damon. Cuando estuvo a aquella distancia, Damon pudo apreciar el verdadero aspecto del ahora no tan desconocido. Efectivamente, Damon se reconoció a sí mismo en él, una versión carente de alma, sucia y más depravada. ¿Así es como se veía? Hacía meses que no se miraba a un espejo, probablemente ni fuese capaz de afrontarlo.

- No me digas que tienes miedo de ti mismo.

Damon no soportó más aquellos ojos clavándose en los suyos, aquella locura sin sentido. Sin pensarlo, se lanzó a aquel cúmulo de cadáveres. Para su sorpresa, al caer sobre estos se hundió sin problema en el agua, como si se tratase de seres etéreos, fantasmas. Dentro del agua, pudo oír en la lontananza su propia voz, que distorsionada, le dedicaba unas palabras de despedida.

- Nos veremos pronto, querido amigo.

Al oír esto, sintió un espasmo muy doloroso en las yemas de sus dedos, parecido al que sentía al caer la nieve sobre su piel. Esta especie de escalofrío viajaba hasta su pecho, tal como si se adentrase en éste y le pinchara en el corazón. Alzó las manos aún dentro del agua, pudo observar entonces, como éstas empezaban a congelarse a una velocidad antinatural, el hielo cubrió sus manos en apenas unos segundos, y seguía el mismo recorrido, dirigiéndose pues a su pecho. Damon se revolvió dentro del agua, intentando subir a la superficie. Tenía miedo de surgir y flotar como un cadáver él también. Volvió a oír su nombre en la lejanía, pero esta vez era una voz dulce, femenina. Damon cerró los ojos, perdiendo la consciencia, y los abrió, recuperándola de nuevo segundos después. Despertó en la calle, sentado, apoyado en la pared. Para su gran sorpresa, no presentaba ningún indicio de haber estado sumergido bajo el agua, pues sus ropas solo estaban humedecidas por la nieve que se había depositado sobre éstas. De nuevo, aquella voz, sintió una mano en su hombro derecho. Miró a la joven que pronunciaba su nombre con impaciencia.

- ¡Oh, por el amor de Dios! Creía que estabas muriendo de una hipotermia. Signore Mac Cárthaigh, ¿qué hace usted aquí? Hacía años que no le veía.
- ¿Domenica…? –Damon respondía abrumado aún.
- ¡Signore! ¡Qué agradable oír su voz de nuevo, y se acuerda de mi nombre! Hace dos años, siendo yo alumna suya, no imaginaba que volvería a encontrarle para socorrerle. –Soltó una pequeña risilla.

Damon se quedó mirándola. ¿Había dicho dos años? Parecía que éstos no habían pasado para Domenica. Dos años...Aunque mucho más joven que Damon, y aún una estudiante de medicina, había adquirido cierta experiencia que se podía reflejar en su mirada. Mas aún su aspecto seguía siendo el de una jovencita. Damon suspiró, aliviado. Encontrarse con aquella muchacha supuso para él una tenue claridad en aquella tenebrosa oscuridad que amenazaba la ciudad. Y Venecia era hermosa cuando las luces iluminaban la noche. [...]






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Re: El comienzo y el fin.

Mensaje por Damon Mac Cárthaigh el Sáb Feb 20, 2016 1:41 pm

El comienzo y el fin.
FLASHBACK PARTE IV

Eficazmente me siento penetrar por una luz dorada
que me sumergió en la más profunda ceguera.

No tengo miedo.

No quiero irme, pero ya no tengo razón,
ni decisión para intentar quedarme.
El abismo alcanzándome,
haciéndome cosquillas en los pies,
en mis brazos, y en los ojos,
ojos que ya no ven.

¿Osaría yo, adentrarme aquí?

Como un rayo que te alcanza,
me ahogo, hundiéndome más y más
en la tormentosa incertidumbre.
Muevo con resquicios de energía
mi adormecido cuerpo,
que me responde con una burla imponente,

Me pregunto qué fue la vida.

Algo insuficiente, y aún así estoy cansado.
Cada segundo avanzando,
yo me voy con el tiempo.
Y me encuentro más atrapado
en este insípido cadáver,
que ya ni se ve, ni se siente mío.
Mis ojos me dirigen al sueño obligatorio.

Oscuridad y calma.

Las manos cálidas sobre mi gélido cuerpo,
Recorriendo mi piel, las lágrimas,
como una caricia, que se despide.

__________________________________________________________

Damon se incorporó súbitamente, como precipitándose hacia la vida.

Parece incluso que hayas resurgido de entre los muertos.− Bromeó Domenica, que estaba sentada a su lado, a lo pies de la cama. Tenía las mejillas húmedas. − Creía que ya no te ibas a despertar jamás. Como un sueño eterno.

Aún le costó reaccionar con normalidad, todo había sido una pesadilla. ¿Dónde estaba? En casa de Domenica. Quizás no todo había sido un mal sueño. De repente todo aquel día lo visualizaba con espesura, no estaba seguro de nada. Sólo recordaba aquel maldito paseo en góndola, ese hombre que decía ser él, había intentado matarle… ¿No había sido él quién se tiró al agua, y se hundió? Damon se retorció en la cama, soltó un suspiro, que dejaba entrever un atisbo de alivio.

He…tenido un sueño, creo…extraño, perdóname. − Miró a Domenica confuso, como un pez varado en la orilla del mar que aletea con fuerza sin entender qué pasa. −   Creo que… tienes razón, estaba rodeado de muertos.

Domenica le devolvió una mirada preocupada, a Damon le resultó casi compasiva, algo que le revolvió las tripas de rabia.

Damon, te encontré solo. Apenas enterrado entre la nieve, estabas inconsciente. − Hizo una pequeña pausa, luego se inclinó hacia él.− Me reconociste, pero acto seguido volviste a desmayarte.

La contempló durante unos segundos que a Domenica se le hicieron eternos. Damon no entendía por qué no era capaz de recordar algo que había sucedido hacía apenas unas pocas horas. Probablemente se lo había imaginado todo mientras estaba fuera de sí. Era imposible que hubiese llegado a estar muerto, ni siquiera tratándose de unos pocos segundos. Le dolía enormemente la cabeza. No sabía qué le había pasado aquel día. Desde que había llegado a esa isla su mente ya no era la misma, ni siquiera él...

Creo haber matado a un hombre ayer.− Soltó, zafándose de aquel acto que le había perseguido toda la noche anterior.

Domenica cambió su expresión, mirándolo con severidad. Parecía como si pensara algo ingenioso que decir, pero apenas pudo llegar a articular “Tonterías”. Se levantó de la cama y volvió a su escritorio, sentándose tras él. Ya allí no le quito el ojo a Damon durante varios minutos, en silencio. Él pudo adivinar que sus palabras habían asustado a su pobre alumna, le temblaban las manos como la llama de una vela luchando por no extinguirse. Esbozó una amarga sonrisa.

¿Cómo te las arreglaste para traerme aquí?− Dijo de pronto, rompiendo el silencio de la habitación.

Ella, que no había dejado de mirarle, respondió con una sonrisa, intentando relajar el ambiente, que había cambiado repentinamente tras la confesión de Damon. − ¿Es que crees que no pude traerte yo sola, simplemente?

Está claro que no. −Señaló con la mirada sus manos temblorosas, ella las escondió rápidamente bajo la mesa.
Yo no soy débil.
No he dicho que lo seas. −Se levantó, acercándose a la mesa, apoyó sus manos en ella y se inclinó hacia Domenica. − ¿Te vio alguien?
¿P-Por qué? ¿Qué importa eso?
¡Cuéntamelo ya, Domenica! – Bajo un poco la voz después de aquel grito.− Tan sólo dime que no llamaste mucho la atención.
Yo… Un gondolero pasó por allí, era muy tarde y estaba sola, pero no se me ocurrió otra cosa mejor…

Damon se apartó de la mesa. Quedando de pie frente a ella, con los ojos desorbitados, y una expresión del más puro terror plasmada en su rostro. Pudo escuchar su voz cantando tras los cristales de las ventanas, inundando todos los canales de Venecia.
                                                           
   
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Re: El comienzo y el fin.

Mensaje por Damon Mac Cárthaigh el Lun Ago 08, 2016 2:41 pm

El comienzo y el fin.
FLASHBACK PARTE V

La voz de la muchacha sonaba leve, entrecortada, parecía hablar con miedo.

Damon... ¿Te encuentras bien?  ¿He dicho algo malo?

Él se dejó caer de nuevo en la cama, consciente de que jamás podría escapar de aquel gondolero que era él mismo. Le estaba buscando, llamándole con su voz grave y sonora. Su voz sonaba por todos los canales de Venecia. Aquel gondolero era la locura de Damon, apoderándose de él.

¿Dónde están mis cosas?

Domenica no tuvo tiempo de hablar, apenas vio Damon hacia donde dirigía la mirada la chica, él se acercó a aquella cómoda y abrió el primer cajón con fuerza. Empezó a rebuscar hasta que encontró lo que quería. Del cajón sacó una jeringa y un pequeño bote de cristal con un líquido transparente dentro. Llenó la jeringa de ese extraño líquido y sin ningún miramiento, se la inyectó por vía intravenosa. Acto seguido, dejó caer el utensilio al suelo, junto con el bote. Un suspiro se escapó de entre sus labios, parecía más relajado de repente, más dócil. Se apoyó con ambas manos en la cómoda, no se atrevía a mirarse en el espejo, pero lo hizo. La imagen que le devolvió el cristal fue extremadamente decepcionante, realmente tenía un aspecto tétrico.Desde el espejo pudo ver a Domenica, tras él, observándole con gesto sobrecogedor. Damon no entendía por qué se comportaba así con él, cualquier persona con sentido común le habría echado ya de su casa. Unas lágrimas frustradas cayeron por las mejillas de Damon. Se sentía avergonzado de mostrarse así ante ella.

Profesor... Yo... Disculpa la pregunta, pero... ¿Cómo has podido acabar así?
He estado una larga temporada en un lugar horrible. La única manera de soportar mi vida es con esta...mierda.— se dirigió a la cama, donde se sentó, agotado.

Ella se acercó a él, y se sentó a su lado, algo alejada.
Pero ahora ya no estás ahí, Damon, puedes quedarte conmigo... si...si quieres.

Damon observó a la chica, no lo entendía. ¿Qué pretendía aquella jovencilla? Realmente parecía estar buscando soportar aquella carga.
No puedo, he de volver. No podré estar fuera por mucho tiempo. Me encontrarían tarde o temprano. Además, necesito más... — calló, apartando su mirada durante un momento.

Domenica se acercó un poco más a él, con cierto nerviosismo en sus movimientos. Pasó su mano por la espalda de él con suavidad.
Estoy dispuesta a ayudarte en todo lo que pueda.

Damon le devolvió la mirada. Ella tragó saliva, sus ojos brillaban, sus mejillas se habían encendido como el fuego del hogar y le temblaban las piernas y las manos. Damon dejó escapar una sonrisa. Su mano fue a parar a la pierna derecha de la chica, la cual acarició con delicadeza.

Y yo te lo agradezco de verdad. No sé qué habría sido de mí si no hubieras aparecido, Domenica.

Se inclinó hacia ella, la atrajo hacia sí cogiéndola suavemente por el mentón y la besó en los labios. Ella respondió accesible al beso, mansa. Sin oponer ninguna resistencia, le siguió cuando él intensificó el beso, y pasó sus manos por las mejillas de ella, dirigiéndolas luego a su cabello rubio, entre el cual enredó sus dedos. Él dominaba, y ella se dejaba llevar por él con total maleabilidad.

Damon no sabía cómo podía una chica joven y tierna como ella sentirse atraída por alguien como él. Lo que sí sabía es que tenía que volver a aquella isla del demonio, y no estaba dispuesto a volver solo.


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