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Caminante no hay camino, sino estelas en el mar [Priv. Andrea]

Mensaje por Salvatore D'Angelo el Jue Dic 24, 2015 2:30 am

-Ya está todo preparado, mi Capitán.

La voz de Asteria sonó detrás de mí, confirmando lo que esperaba–Gracias, Asteria. –Había hecho un buen trabajo, como siempre. Sabía que tenía que hacerlo, y hoy más que nunca. Hoy era el día clave. Me quedé quieto donde estaba, observando mis naves. Dos pequeños navíos, y luego mi hermosa carabela, esperando pacientemente a su capitán. “¿Qué pasará hoy con vosotras, preciosas?”

No sabía exactamente cómo sentirme al respecto. No estaba nervioso, ni asustado. Inquietud, eso era lo que me removía las entrañas. Había estado en muchas trifulcas, en muchas batallas, para sentirme lo suficientemente calmado.  Bien curtidas estaban estas manos de empuñar la cimitarra contra sus enemigos. Pero bien sabía que esto no sería tan simple como vencer a un simple capitán turco o a un sultán egipcio. Se trataba de cuatro navíos, con unos aproximadamente 70 marineros y 45 cañones en total, y como guinda del pastel, bajo el mando de semejante potencia naval se encontraba, ni más ni menos, que un gobernador de la marina francesa. Aradied se había asegurado de que se nos quedase bien grabado en la cabeza. Eso, y que teníamos que ser extremadamente cuidadosos con El Davidov.

Ese jodido violín, El Davidov.

Suspiré. Hoy podía ser un día de fracaso. Hoy, todas mis embarcaciones podrían ser reducidas a astillas, pedazos de madera flotando en la mar. Hoy, toda mi tripulación podría ser engullida por el océano, arrastrados hasta el más profundo de los olvidos. Hoy podría ser el último día que viese a mi pequeña, a mi razón de vivir. Hoy podría ser el día que el mundo empezara a olvidarme.

 O quizás no. Quizás me alzase victorioso. Quizás fuese el día que un par de locos pusieran en jaque a todo el gobierno de un país. Quizás fuese el día en el que alguien le plantase cara a la Iglesia, a la Academia. Quizás fuese el día en el que empezáramos a ser recordados, no importa si como héroes o como villanos.

Pero ni Dios podría decirnos lo que nos deparará en el momento en el que levemos anclas y zarpemos hacia Argelia. Eso –me temo –está en nuestras manos. Y juro por mi hija que no iba a dejarlo escapar tan fácilmente. Pensaba luchar hasta quedarme que la última gota de sangre se drenase de mi cuerpo, hasta que expirase mi último suspiro, y más.

-¿Papá, por qué no puedo ir contigo?

Noté un tirón en mi pantalón, y miré hacia abajo, saliendo de mi ensimismamiento para encontrarme con mi pequeña Giulietta. –Papá se va muy lejos, mi niña –Dije, mientras la cogía entre los brazos, apartándole un dorado rizo de su cara.

 -¡Pero yo quiero ir donde tu vayas! ¡No me importa lo lejos que esté!

Algún día tú decidirás tu propio rumbo, pequeña. –Dije, y le besé en la frente. –Hasta entonces, te tocará esperar con Asteria.

-Pero… yo quiero ir contigo…-La mirada de Giulietta se entristeció, y algo se rompió dentro de mí. Sonreí.

-No seas así. –Dije, levantándole la barbilla con cuidado. –Asteria se sabe unas historias maravillosas, ¿sabías? Quiero que me las cuentes todas cuando vuelva, ¿vale?

Los pequeños ojos de mi hija se clavaron en mí y, sin esperármelo, me abrazó con sus pequeños bracitos. –Vale. Yo me aprenderé las historias, y tú volverás y te las contaré. Y no te irás nuca más, porque siempre tendré una historia que contarte. ¿Prometido?

Las palabras le salieron entrecortadas por los sollozos. Sonreí, apretándola suavemente contra mí. –Prometido –dije, y la aparté suavemente, dándole un beso en la frente. –Asteria te cuidará muy bien, ya lo verás.

Dejar a mi hija en brazos de Asteria fue una de las cosas más difíciles que había hecho nunca. Quizás nunca volvería a verla. Pero eso no podía detenerme. Mi vida no tendría sentido si me acobardase, si cediera ante el miedo. Además, ella iba a estar a salvo, pasase lo que pasase. Ya le había dado estrictas instrucciones a Asteria sobre lo que tenía que hacer en el peor de los casos.

-Asteria. Cuida bien de ella. –coloqué una mano encima de su hombro, mirándola a los ojos directamente. –Confío en ti.

Me di la vuelta, dándoles la espalda a mi hija y a una de mis mejores tripulantes. Ellas, al menos, estarían bien. Se las arreglarían si yo no estuviera. Pero no iban a librarse de mí fácilmente. Todavía había muchas cartas sobre la mesa, y a mí siempre se me dio bien hacer trampas.

Subí a la carabela. Giulietta se despidió moviendo su mano, Asteria no hizo ningún gesto, pero su cara lo decía todo. Sabía la gravedad del asunto, pero jamás intentó hacerme cambiar de opinión. “Realmente valió la pena”, pensé, mientras las vi perderse por las callejuelas hacia la ciudad.


Ahora tan sólo queda esperarle a él”
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Re: Caminante no hay camino, sino estelas en el mar [Priv. Andrea]

Mensaje por Andrea D'Altrui el Jue Dic 24, 2015 4:55 am



CAMINANTE NO HAY CAMINO, SINO ESTELAS EN EL MAR.
Priv Con Salvatore.

La carabela no tardó en detenerse ante el gran puerto de Venecia. Un barco gigantesco, talludo, con unos colores negruzcos al igual que sus velas, perforadas y rotas, las cuales plegaron antes de volver a tierra firme. El crujido de la madera era musculoso y rudo. Sin duda era un barco lleno de misterio, y siniestro, un barco que era imposible no curiosear. Y en lo alto del palo mayor se ondeaba una bandera roja con el esbozo de un puño alzado. Tras la embarcación, dos navíos de tamaño medio. Podrían parecer pequeña cosa al lado de semejantes buques como los de Salvatore, pero era más rápidos que ninguno otro.

Andrea se encendió un puro italiano mientras la tripulación comenzaba a cargar las pertenencias y terminaban de atar las velas a sus respectivos mástiles entre gritos y órdenes. Entrecerró los ojos por la luz del sol mientras propinaba una larga y fuerte calada. Frunció el ceño, el calor nunca fue su mejor aliado, y mucho menos en alta mar; cuando te abrasaba la piel junto con el reflejo del sol en las aguas turbias. Enganchó el abrigo con su garfio dorado y se desprendió de él con una mueca de desagrado— ¡Antonio! —lanzó el gabán con plumas blancas de nuevo hacia la carabela, donde lo alcanzó uno de los marineros— Necesito hablar con Salvatore antes de zarpar. Repasa los trinquetes, las escalas y la bodega... —advirtió en perfecta lengua francesa tras bajar del barco para poner pie en tierra firme.

Miró a su alrededor, cuatro navíos, cuarenta y cinco cañones y setenta marineros era lo que les esperaba en el mediterraneo. Estaban preparados; ambos sabían que tendrían más de un problema antes de llegar a sus destinos. Pudo ver a Salvatore a lo lejos, estaba abrazando a una niña que apenas llegaría a los diez años, enseguida supuso que se trataba de su hija Giulietta. No quiso acercarse, pues no pretendía interrumpir absolutamente nada, tampoco pensó que fuera buena idea conocer a la chiquilla, pues en el fondo de esa fachada oscura se encontraba un hombre que adoraba a los niños, a la familia; se encariñaba rápido. Otra cosa es que lo mostrara.

¿Esa es la niña de Salvatore? — Andrea se giró repentinamente para darle cara a la voz femenina que le hablaba a sus espaldas. Se trataba de Claudia, una compañera muy querida desde que eran tan solo unos niños. Asestó otra calada a su puro y echó el humo con total parsimonia mientras se acercaba lentamente hacia ella.

Eso parece —le devolvió la sonrisa con dudosa cortesía—. Y no, no pienso conocerla — apartó la mirada hacia el océano conforme terminaba su puro. Los ojos recelosos de Claudia observaban con especial detenimiento al capitán, para luego volverse hacia Andrea.

Sé que te gusta ese hombre, te lo noto en la mirada — Andrea la miró de reojo, respondiendo con un silencio como mínimo molesto. Dejó caer el puro al suelo y lo terminó de apagar con la suela de sus botas, echó un último vistazo a su compañera y le dio la espalda para encaminarse hacia la posición de Salvatore, que ya había terminado de hablar con Asteria y Giulietta.

Angelo —le llamó con ese tono suyo tan impasible— ¿Podemos hablar un momento antes de zarpar? A solas —señaló, entrecerrando los ojos con un toque ligeramente atractivo, incluso malicioso. Apartó la mirada de nuevo al océano, como si aquella petición careciera totalmente de importancia. Se le notaba susceptible, o incluso vacilante respecto a lo que estaban a punto de enfrentarse. ¿Tenía miedo? Sí, y aunque lo ocultaba a la perfección no podía evitarlo; pero, ¿Por qué? Ni él mismo lo sabía, pero si había alguna idea clara entre esa espesura de pensamientos inciertos, era que en aquel viaje las vidas de ambos cambiarían para siempre.
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Re: Caminante no hay camino, sino estelas en el mar [Priv. Andrea]

Mensaje por Salvatore D'Angelo el Jue Dic 24, 2015 7:55 pm

No tuve que esperar mucho tiempo para poder divisar la, al menos, curiosa nave del que hoy sería mi “compañero de batalla”. Negra, misteriosa, con esa singular bandera que parecía desafiar hasta al mismísimo Dios, y escoltada por dos navíos de menor tamaño. A pesar de que pudieran tener cierta apariencia cochambrosa, lo cierto es que la flota del Capitán D’Altrui manaba un aura oscura, de misterio y  peligro. Podría tratarse perfectamente de unos de esos navíos a la deriva infestados de almas con sed de venganza y de monstruos marinos, tal y como relataban cientos de relatos pirata. Obviamente yo no caía en esas estúpidas leyendas que más de una vez había logrado desmentir, pero lo cierto era que los navíos de Andrea imponían cierto respeto, a pesar de no ser tan grandes u ostentosos como podrían serlo los míos, o los de la marina.
 


No tardó el capitán en alcanzar mi posición, justo cuando Asteria y Giulietta se fundían con los callejones de Venecia. Sonreí, confiado. Hacía un buen día: el sol brillaba,  teníamos seis maravillosos navíos a nuestra disposición, y ante mí tenía a uno de los piratas más revolucionarios de todo Occidente. No pude evitar recordar la noche que me colé en su camarote, lo cerca que estuvimos el uno del otro. Francamente, no tenía ningún tipo de resentimiento por lo que pasó allí; sabía que le gustaba, podía verlo en su mirada entrecerrada, en su inquietud. Y sin duda, era un sentimiento de lo más agradable.
 
-Parece ser que el sol no es tu mejor aliado, Andrea –Dije; se veía claramente que era así. No importaba, una vez que embarcáramos, todos estos detalles –el Sol, el trajín de la gente del puerto, el olor a tripas de pescado –dejaría de importar. –Y sí, deberíamos hablar –Hice un gesto a mis tripulantes para que nos dejasen a solas. No sé por qué, pero me encontraba especialmente cómodo junto a Andrea. Supongo que sería mi desvergüenza, aunque de todos modos, eso era algo positivo. Nos iba a tocar un viaje duro, e íbamos a vernos mucho las caras en él. Y yo no tenía el más mínimo inconveniente en ello.
 
-Lo he estado pensando, y creo que lo mejor será que los dos naveguemos en mi carabela. Es el navío más grande, así que será fácil dirigir a todas las demás embarcaciones desde aquí. Y también es la más resistente, si bien no la más rápida. Pero creo que en este caso la primera cualidad es la que prima –Le miré a los ojos, superficialmente, pero aun así no pude evitar deleitarme en ellos por un segundo. –Sugiero –dije, volviendo al tema que nos ocupaba –que dejemos las cosas claras desde ya. Mi plan, Capitán D’Altrui, es atacar directamente con todos nuestros navíos menores para debilitar sus fuerzas y mientras intentar abordar el barco donde se encuentre el Davidov, escoltando mi carabela con tu principal embarcación, Andrea.
 
Sabía que aquello no le iba a gustar. La idea de bajarse de tu propio barco  y montarte en el de otro capitán no era plato de buen gusto entre el gremio pirata. Pero las cosas eran así, habíamos hecho un acuerdo y ahora teníamos que trabajar juntos, para bien y para mal. Y el plan que proponía era perfectamente factible y lógico: mi carabela era más grande y más nueva, así que tenía sentido que fuese en la que los capitanes dirigiesen al resto de navíos.
 
Me quedé mirando a Andrea, esperando una respuesta. Estaba expectante, y esperaba que contestase con el cerebro y no con la cabezonería que tanto nos caracterizaba a los piratas. Podría ser que en los demás aspectos de la vida, yo, el Capitán D’Angelo,  fuera la persona a la que más se la soplase de toda Italia, pero en lo que respectaba a la navegación, y a mi hija, podía llegar a ser verdaderamente meticuloso. Y esperaba que el Capitán D’Altrui supiera apreciar que estaba hablando totalmente en serio. –Vamos, tampoco soy tan mala compañía –dije con sorna, desplegando una burlona sonrisa.
 

Aunque siempre cabía lugar para una pequeña pulla.
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Re: Caminante no hay camino, sino estelas en el mar [Priv. Andrea]

Mensaje por Andrea D'Altrui el Vie Dic 25, 2015 3:21 pm



CAMINANTE NO HAY CAMINO, SINO ESTELAS EN EL MAR.
Priv Con Salvatore.

Sentía que habían pasado años desde la última vez que lo vio. En su interior nacía una extraña sensación de incertidumbre y miedo inevitable. ¿Qué tenía él que tanto le atraía? Y, ¿Por qué? Sus miradas se cruzaron, una tan confiada y la otra tan escéptica. Sabía que estaba recordando lo que pasó la última vez que se vieron en el camarote de Andrea, el brillo de sus ojos le delataba.

El revolucionario subió a la carabela del camarada para hablar con él después de que este ordenara a sus tripulantes que se retiraran para dejarlos a solas. “Parece ser que el sol no es tu mejor aliado, Andrea”. Dibujó una sonrisa modesta conforme dirigía su mirada hacia la mar, algo ausente. Estaba en cierto modo preocupado por lo que podría pasarles en aquel viaje, veía en Salvatore una confianza resplandeciente, como si en su cabeza no existiera la opción de la derrota. Sin embargo Andrea no podía evitar recordar la última vez que se enfrentó al Capitán de la Marina francesa; murieron más de la mitad de sus tripulantes en la batalla, perdieron uno de los navíos y él se quedó con un garfio en la mano después de que el Capitán le mutilara aquella extremidad de la forma más tramposa y despreciable posible. Aunque no quisiera admitirlo, lo que verdaderamente le empujó a participar en esa misión no era especialmente el Davidov, sino la oportunidad de poder cobrarse venganza.

La voz de Salvatore le sacó de sus pensamientos, se giró para echarle un rápido vistazo, escudando sus palabras con total atención. Andrea acarició la madera de la carabela con su mano, como si de esa forma quisiera cerciorarse de que realmente era la embarcación más resistente. Lo era, no cabía duda; su tamaño era mayor que la suya, y los refuerzos más sólidos. Pero era lenta, mucho más lenta.

Salvatore entonces hizo una pausa, Andrea le miró, se miraron. No dijo absolutamente nada hasta que el otro decidió continuar con su planteamiento. Volvió a apartar la mirada en un meticuloso estudio de la embarcación ajena sin dejar de escucharle.

¿Usar tu carabela de tanque y la mía de anzuelo? —habló por fin, alzando una ceja con escepticismo—. Supongo que, ya darás por hecho que esa idea no me hace ninguna gracia en absoluto —dejó a un lado su curiosidad de inspección por la carabela para regresar frente a la figura de Salvatore. Permaneció en silencio durante unos segundos que dedicó a perderse en la mirada del compañero. Finalmente tomó aire y continuó hablado—, aún así, es lo más inteligente. Ese hombre conoce perfectamente mis barcos, y estoy seguro de que está deseando regalarme otro garfio. O quizás, esta vez prefiera cortarme todas y cada una de las extremidades. Quién sabe —se retiró un mechón de pelo rebelde con dicho garfio asimismo volvía la mirada hacia Salvatore.

Como mis barcos son más rápidos y llegarán antes, atacarán primero. Cuando hayan agotado parte de su munición entrarás tú, y aprovechado que ya estarán débiles, abordaremos su embarcación principal y terminaremos con ellos… si la suerte está de nuestro lado —Andrea aceptó el planteamiento de Salvatore, y esperaba que él hiciera lo propio con sus ideas; pues ahora deberían trabajar en equipo. Estaba seguro de que el Capitán de la Marina francesa al ver únicamente sus embarcaciones, pensaría que les atacaba por cuestiones de venganza; ni siquiera se plantearía que pretendían robar el Davidov. Si embargo, si atacaban ambos al mismo tiempo, los franceses dividiría sus fuerzas; y aquello aunque de primeras suene muy prometedor, tenía muchas posibilidades de suponer un fracaso para los italianos. No había que olvidar que ese hombre trabajaba para la monarquía, y ello suponía que sus barcos eran mucho más fuertes y con armamentos de mejor calidad.  

¡Andgea! ¡Estamos listos para zagpag! ¡Espegamos vuestga ogden!—uno de los tripulantes gritó desde la embarcación principal del Capitán. Andrea se giró de inmediato, e hizo una seña para que se pusieran en marcha sin él. En tan solo unos minutos tanto la carabela como las otras dos embarcaciones levaron anclas y zarparon por fin a alta mar. Una sonrisa satisfactoria se dibujó en los labios de Andrea al ver la rapidez con la que sus embarcaciones de adentraban en mar abierto. Se dirigió nuevamente hacia Salvatore y suspiró, ojeando a su alrededor con un brillo en sus ojos un tanto irónico.

Supongo que ya no me queda otra opción más que quedarme contigo y tu mala compañía—le observó de reojo, comiéndoselo con la mirada —. ¿Cuándo zarpamos, Capitán?
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Re: Caminante no hay camino, sino estelas en el mar [Priv. Andrea]

Mensaje por Salvatore D'Angelo el Sáb Ene 02, 2016 4:00 am

Escuché a Andrea con atención. Aquello que proponía era mejor estrategia, sí. Pero era exponencialmente perjudicial para él. Que sus barcos atacasen primero supondría que estos sufrirían un mayor daño: toda la artillería se centraría en ellos, toda la ira de aquel maldito gabacho iría a parar a los navíos de D’Altrui y a sus hombres. Aunque eso supusiera una enorme ventaja, también suponía una enorme pérdida para el capitán. Y podía entender  aquella pérdida mejor que nadie.
 
 Le miré; Andrea mostraba la misma impasibilidad con la que solía actuar, pese a ser consciente de lo que acababa de decir. No se iba a retractar. Sonreí, sin querer, con un deje de amargura, y cerré los ojos por un segundo. Seguramente, esto tendría un motivo más que el de conseguir aquel violín. Por las informaciones que conocía, y que fueron corroboradas por el anterior comentario del capitán, el marine francés y Andrea habían tenido “sus más y sus menos” en el pasado; para él, esto no se trataba solo de conseguir el Davidov, ni tan si quiera de hacerse de notar: la venganza, ese era el objetivo. Se le notaba en la frialdad de sus ojos, en lo comedido de sus palabras; quería tenerlo todo bajo control, no dar lugar al error. Podía sentirlo. Andrea no había visto mejor oportunidad de cobrarse venganza, y por lo visto iba aprovecharlo de la mejor manera posible.
 
Sin duda, aquello era algo ventajoso para mí. Que el capitán estuviese tan dispuesto a dar sus embarcaciones y sus hombres para derrotar a los marines facilitaba mucho las cosas. Y a pesar de que quería aferrarme a eso, no podía dejar de preocuparme por él. Le miré el garfio, sustituto de una mano ya perdida hace tiempo. Podría parecer infantil, pero Dios sabía que no quería que le ocurriese ningún infortunio al capitán. “Sabe cuidarse de él mismo”, me auto-recordé. No le estaba subestimando, ni mucho menos. Tan solo quería que todo saliese bien.
 
-Andrea… -empecé, sin saber muy bien que decir, pero una voz lejana me interrumpió. Uno de los marineros de Andrea anunciando que estaban listos para zarpar. Francés, por la fuerza de su acento. Miré a mi alrededor, buscando a Violet. –Estamos listos para zarpar, mi Capitán –oí su lívida voz detrás de mí, cosa que no me sorprendió. Ya sabéis como son los vampiros. –Perfecto –dije, y di la orden para que empezaran a mover el navío, cuando las embarcaciones de Andrea habían salido ya a la mar, devorando las olas con una rapidez digna de admiración.
 
Volví la atención a Andrea cuando escuché su voz, y le dediqué una amplia sonrisa. –Siempre podrás tirarte por la borda en el caso que no me soportes –Dije, con una sonrisa burlona, y dejé que el ruido de las anclas al ser levantadas contestasen a su última pregunta. De pronto, y para mi grata sorpresa, Sasha, mi leona albina, apareció ante nosotros. –Parece que alguien quiere presentarse –dije, haciéndole un gesto al animal para que se acercara. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, le acaricié la cabeza, adornada con joyas y pendientes. –Sasha, saluda a nuestro invitado –La tigresa, relajada, hizo una ligera reverencia, y continuó mirando al moreno con su mirada felina. A pesar de que pudiera parecer hostil, Sasha ya se había dado cuenta de que aquella persona era “de las no comestibles”. –Tranquilo, no morderá… por ahora –No pude evitar sonreír macabramente cuando recordé la carnicería que Sasha solía hacer con sus víctimas. Desde luego, ella iba a ser una valiosa ayuda, pues estaba perfectamente entrenada para la batalla.
 
-Bueno –dije, mirando esta vez a Andrea – El viaje no va a ser precisamente corto. ¿Por qué no tomamos algo, Capitán D’Altrui? ¿Qué es de su gusto, vino, ron? ¿O prefiere reservarse para cuando consigamos el Davidov? Tú conseguirás tu venganza, yo mi fama, y además los dos saldremos bañados en puro y bendito oro eclesiástico. Suena bien, ¿no? - Mi sonrisa se engrandeció. En ese preciso momento, sentí que lo lograríamos.
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Re: Caminante no hay camino, sino estelas en el mar [Priv. Andrea]

Mensaje por Andrea D'Altrui el Jue Ene 07, 2016 11:56 pm



CAMINANTE NO HAY CAMINO, SINO ESTELAS EN EL MAR.
Priv Con Salvatore.


Necesito del mar porque me enseña:
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.

Pablo Neruda.


La mirada de Andrea quedó perdida entre las olas y su sonido, entre el horizonte azul marino sin fin ni principio; acompañado en pensamientos que hacían séquito con el viento golpeando las gigantes velas. No había nada que le hiciera más feliz que aquello, la tranquilidad momentánea del navegar, el concederse un solo momento para permitir que el aroma salado de las aguas invadieran sus pulmones. No había aire más puro que ese. Ni sensación más acrisolada.

"Siempre podrás tirarte por la borda en el caso que no me soportes"

Sonrió grácil ante el comentario de Salvatore, sin molestarse siquiera en girarse, pues estaba perdido en el océano. El problema es que te soporto. Pensó, exhalando aire en un suspiro exánime, entrecerrando los ojos ante la duda, o el miedo a que las suposiciones fueran ciertas. Apoyó sus brazos en la madera de la embarcación, dándole el uso de un balcón o mirador aislado. Volteó su rostro al escuchar ese rugido felino tras sus espaldas, curioso quizás, interesado.

¿Una leona?—preguntó al aire, sin esperar respuesta. Se inclinó de cuclillas para colocarse en frente de semejante animal. Sonrió sin quererlo—. Es preciosa —afirmó sin más, posando su única mano sobre el lomo del animal para acariciarlo con fuerza; aquellos animales le fascinaban en cierto modo. Alzó la mirada sin cesar con sus caricias para echar un rápido vistazo a la figura de Salvatore. Mantuvo la sonrisa—. Bien, porque no me gustaría quedarme sin la otra mano—respondió mordaz, bajando de nuevo la mirada al felino.

Le seducía, de una forma u otra, las curiosidades y gustos singulares de aquel hombre. Era una persona contradictoria, única y extraña, que cada día te sorprendía con algo nuevo. Alguien impredecible, que no sabes por dónde te va a salir o qué será lo próximo que hará, lo que dirá. En sólo dos días aquel hombre había conseguido captar la atención de Andrea de una forma prodigiosa, algo digno de admirar, pues Andrea era un hombre difícil de deslumbrar. Un hombre que siempre se había sentido por ideas, pensamientos, filosofías, proyectos o intenciones; no por personas. ¿Salvatore sería así? Tan lleno de sorpresas, tan novedoso... ¿O simplemente aquella originalidad terminaría convirtiéndose en algo rutinario al cabo del tiempo?

Vino, ron... lo que sea—contestó poniéndose de nuevo en pie tras concederle una última caricia a la leona. Se peinó el cabello hacia atrás con la mano, en un gesto descuidado— Suena bien—reiteró, vacilante—; y esperemos que todo salga tan bien como suena—rió despreocupado, emprendiendo el paso hacia el interior del galeón, dispuesto a tomarse esa copa —y las que sean— en compañía del Capitán D' Angelo.

En el camino hacia la estancia, Andrea pudo apreciar la magnificencia de aquel barco. La madera se sentía tersa y musculosa al tacto, los ornamentos y decoraciones le daban a todo un tono elegante y dorado que hacía de ese barco una joya digna para su capitán; pues saltaba a la vista lo mucho que le gustaban a ese hombre las sortijas, lujos, y el oro. Bajó las escaleras hacia la parte baja del galeón, logrando que la madera crujiera al hacer trabajo contra su peso.

Dime, Salvatore... ¿Qué edad tiene tu niña?—preguntó despreocupado, sin parar el paso. Quizás aquella pregunta le molestaba, o no. Pero quisiera o no reconocerlo, sentía curiosidad por aquella niña, o más bien por Salvatore como padre, y no pirata. Él siempre había querido tener hijos, sin embargo su atracción nula hacia las mujeres, se lo hacía imposible, o más bien improbable. De todos modos le ilusionaba la idea de poder criarlos, educarlos y concienciarlos de la maldad del mundo; poder darles la oportunidad de ser libres, de soñar, de pensar como seres independientes, y de proclamar así su libertad.

Se detuvo en segundo, pues en ese mismo instante pudo recordar la primera vez que conoció a Salvatore. Sí, aquella vez en el auditorio, con Aradied. Recordó que hablaron de su hija. Y recordó lo que le dijo: "Enseña a tu hija a soñar, pues los sueños oxigenan la inteligencia e infunden placer y sentido a la vida".

Sonrió, sin querer y queriendo.
De repente parecía recordarlo todo por fin.
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Re: Caminante no hay camino, sino estelas en el mar [Priv. Andrea]

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