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Una rosa para una rosa [Pirv. Anaïs]

Mensaje por Carlisle Angelini el Mar Ene 05, 2016 10:06 pm



Una rosa para una rosa

Con Anaïs Larousse



Carlisle Angelini, distinguido caballero entre los suyos estaba en edad de casamiento; de hecho se estaba dejando ir demasiado a la Condesa Angelini no parecía hacerle mucha gracia. Carlisle había rechazo absolutamente a todas las jovencitas que esta le había presentado. Los motivos estaban claros, tenían que ver con aquella española suya pero la clase social y el deber en su casa mandaban siempre por encima del corazón. Carlisle como heredero de los Angelini debía casarse con una jovencita de familia adinerada y de buen nombre, no podía dejarse llevar por lo que su corazón le dictase. De ahí, que aquel soleado día de invierno se encontrase en la zona comercial de La Plaza de San Marcos, esperando a su acompañante de aquel día ¿Que por qué aquel lugar? Sabía de sobra que a las jovencitas le encantaban las joyas y los vestidos, no estaría de más tener un agradable paseo mientras echaban un vistazo por las tiendas. Además, las intenciones de Carlisle eran las de regalarle algo bonito a la jovencita de aquella tarde. Eso segura que le hacía feliz. Le encantaba ver sonreír a las mujeres, era por y para lo que vivía.

  El día en Venecia era soleado, de eso no cabía duda pues el sol se mostraba regio y elegante cuan brillante era en lo alto del firmamento. La gente bullía por las calles, felices, ultimando preparativos o sencillamente disfrutando del día. Iban todos abrigados, pues pese al sol el frío no daba tregua alguna. Por ello, para aquel paseo había decidido vestir con uno de sus[url= trajes] trajes [/url]favoritos de invierno; había peinado elegantemente su melena como siempre, intentando ocultar levemente su ojos de pupila amarillenta. Estaba apuesto y arrebatador como siempre. El deseo de toda princesita. Además, para la dama de aquella tarde, Anaïs, había elegido una preciosa Rosa rosa de los jardines de su residencia. La más bonita que había visto aquella mañana. Había oído que la joven con la que se reuniría aquella tarde no era como el resto, era hermosa como no, pero tan fuera de lo común que pocos hombres se atrevían a tener nada de con ella. A la condesa le había sorprendido que Carlisle hubiese aceptado la cita sin objetar nada, y era que el conocer a una mujer fuera de lo común por Venecia, que no fuera todo vanidad y conversaciones vacías, era todo un milagro; algo digno de conocer. De ahí su curiosidad por aquella señorita.

 ¿Si estaba nervioso? No, no solía ponerse nervioso ante la presencia de casi ninguna señorita; solo existía una excepción y no era momento de pensar en ella, de lo contrario huiría inmediatamente sin mirar atrás, a pesar de lo descortés que sería para Anaïs. Estaba ansioso, hacía tiempo que no mantenía una conversación divertida de verdad con una mujer, las últimas con las que había cenado o paseado habían resultado ser tan solo mujeres jarrones y ya que debía casarse con alguien de clase alta, y no con su española, sería él quien decidiera que sería la mujer que le ayudase a regentar el negocio... y aquella no podría ser una cualquiera.

 Así pues allí estaba, engalanado con sus mejores ropas, bien peinado y oliendo a una de las mejores fragancias que poseía en su arsenal y con una rosa en la mano, tomándola con suavidad -tal cual hacía con todas las mujeres-. Era evidente que un joven como aquel, apodado “El Ángel” en Venecia, no podía pasar desapercibido. Era bastante conocido y era inevitable el que todas las mujeres, fueran de la edad o condición que fueran posasen sus miradas traviesas en él o soltasen alguna que otra risita estúpida al pasar cerca de él. Aquel tipo de comportamientos eran los que lograban degradar a las mujeres delante de aquel injusto patriarcado, sin tan solo pusiesen un poco más de su parte para demostrar que eran algo más que un cuerpo para llevar bonitos vestidos y dar a luz a niños quizás la sociedad machista de Venecia lograría avanzar, aunque fuera lentamente, un poco más para conseguir igualdad para la mujer. Aun así, el se mostró educado y dedicó sonrisas dulces y encantadoras a todas aquellas mujeres que le mirasen deseando verla; no podía negarselo, era la educación que había recibido y respetaría a aquellas mujeres, estúpidas o no, por encima de toda ley.

   Por ello, como caballero que era se había cerciorado de salir al menos media hora antes de casa. Así, si la jovencita se adelantaba a la hora acordada en la carta de la cita, el estaría allí esperándola y ella no tendría que esperar por él. Era sumamente indecoroso hacer esperar a una mujer. Una mujer podía hacerse esperar, pero jamás debería estar sola al llegar al punto de encuentro; o al menos eso era lo que a Carlisle su tío le había enseñado. Se encontraba a la sombra, evitando que el sol quemase su pálida y bien cuidada dermis, sería poco atractivo que a lo largo de la cita su nariz comenzase a ponerse roja como un cangrejo. Apoyó su espalda contra la pared de piedra de una de las tiendas de vestidos de la calle y esperó pacientemente, mientras contemplaba a la gente ir y venir con su ajetreo. Desde luego tenía un buen presentimiento para aquel día, se lo pasarían bien.... el pobre no sabía la que se le venía encima.



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Última edición por Carlisle Angelini el Vie Abr 08, 2016 2:01 am, editado 3 veces
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Re: Una rosa para una rosa [Pirv. Anaïs]

Mensaje por Anaïs Larousse el Sáb Ene 09, 2016 1:40 pm

En cuanto salí por la puerta de mi casa, me quité el abrigo, tirándolo al suelo. Hacía frío, sí, un frío de mil carajos, pero había algo que me apremiaba más. ¿Qué narices se le había pasado a mi madre por la cabeza apretándome tanto el corsé? ¿A caso había venido desde París sólo para matarme? “Tienes que ponerte guapa, ¡vas a tener una cita con “El Ángel” de Venecia! ¡No sabes la suerte que tienes!” ¿Suerte? Pfff, pamplinas. La única razón por la que había accedido a esta estúpida cita era porque si no lo hacía, mi padre me arrancaría la cabeza y me enviaría de vuelta a Francia montada en burro. Bueno, quizás exagerase con eso de la decapitación y tal, pero tenía razón en todo lo demás, y desde luego, no quería volverme a París después de lo que me había costado llegar a Venecia.
 
Algún día tendrás que casarte, jovencita, y darme muchos nietos” ¿Casarme? ¿Con un imbécil italiano? ¿Y tener hijos? ¡Por encima de mi cadáver! La única razón por la que había venido aquí, a esta maldita ciudad encharcada, era por Amadeus, no tenía interés en ningún otro hombre que no fuera él. Pero claro, me tenían bien agarrada. Hacerle chantaje a tu propia hija, ¡habrase visto! –Román… afloja un poco más, s’il vous plaîte…- Dije, ya pudiendo respirar. Mi madre me había apretado aquel maldito corsé con la intención de que se me “realzase” el pecho. ¡El pecho! ¡Pero si era más plana que una pila de fregar! –Uf… vamos –Dije, poniéndome de nuevo el pesado y oscuro abrigo de piel, y cogí a Román entre mis brazos.
 
Hacía frío, a pesar del sol. Eso, unido al gentío, el ruido, tener una cita con alguien que no fuese Amadeus… me deprimía. La gente pasaba de un lado para otro, absorta en sus mundanos quehaceres. ¿Entendería alguno de ellos mi amor frustrado? Francamente lo dudaba. Bueno, mientras aquel zángano no me tocase demasiado, todo saldría bien. Y esperaba que no fuese un pervertido. O un imbécil. O un atontado. Quizás hasta fuese bizco o le faltase un diente. Sea como fuera, no podría compararse a la belleza de mi General. Nadie podía compararse a la belleza de Amadeus. NADIE.
 
Suspiré, derrotada, mirando la nota donde mi madre había descrito a mi “pretendiente” con su estúpida letra pomposa. Cualquiera se fiaba de la loca de mi madre...  
 
-Anaïs… debes olvidarte de ese general tuyo. Tan sólo es un borracho y un putero… ¡Tú te mereces alguien decente! – Espera… ¿qué? Miré a Román, con los ojos muy abiertos y una sonrisa torcida. ¿En serio había dicho lo que acababa de oír? – Eres una chica dulce, joven e inocente, y él es tan sólo un salvaje ruso que vendería a su abuela por una botella de vino. ¡Tienes que olvidarte de él, por tu bien!
 
Me paré en seco, y dejé a Román en el suelo, con cuidado. -¿Anaïs…? –Levanté mi pierna grácilmente y le propine el mayor puntapié con la mayor uerza que mis músculos me permitieron, mandado al puto peluche a tomar por culo. -¡¡¡NO VUELVAS  A INSULTAG A MI GENEGAL, MALDITO PELUCHE DE MIEGDA!!! -¿PERO CÓMO SE ATREVIA AQUEL ÍNFIMO SER A INSULTAR A MI MAESTRO, A MI ÍDOLO, A MI AMOR PLATÓNICO? Aquella patada había sido una caricia en comparación con lo que se merecía por semejante blasfemia. ¡Valiente sinvergüenza! ¡Mal rayo le partiese!
 
Seguí la trayectoria que hizo aquel endiablado oso de peluche, orgullosa de aquel puntapié. Pasó por encima de una señora gorda, un panadero, y fue bajando poco a poco en parábola hasta la cara de un hombre que estaba apoyado en un escaparate. Un hombre que se parecía mucho al que había descrito mi madre, desgraciadamente. –NOOOOOOOOON…!!!! –Grité corriendo hacia él. ¡No podía ser verdad! Salté para agarrar al maldito peluche y evitar el impacto contra mi supuesto pretendiente. Una cosa era no querer casarme con él, y otra cosa agredirlo. ¡Mis padres me matarían!
 

 Como era de esperar, aquello no salió bien. Arroyé con todo mi cuerpo al joven –al menos, eso es lo que pude ver en los dos segundos que tuve para fijarme – dándome la hostia de mi vida contra él. Gordo, lo que se dice, no estaba, y en estos momentos no sabía si eso era un consuelo o no. “Bueno, al menos no le ha dado Román…”
-Enchantée, monsieur...
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Re: Una rosa para una rosa [Pirv. Anaïs]

Mensaje por Carlisle Angelini el Sáb Ene 09, 2016 2:29 pm



Una rosa para una rosa

Con Anaïs Larousse



  Menuda entrada había hecho la joven Anaïs Larousse. Aquello si que era hacer una gran entrada. Con el liviano cuerpo de la francesa sobre su cuerpo, pues básicamente le había arrollado en un intento de evitar que aquel peluche ¿Un peluche?... el caso que el peluche le golpease. Daba gracias a haber caído el primero y la joven sobre él, si se hubiese hecho daño no se lo habría permitido. Sonríe encatandoramente a la de pelo rosa. La verdad que era una jovencita encantadora, con aquella extraña melena rosa y su vestidito de princesa; era incluso mejor que como se la había imaginado.  Le ofrece la Rosa rosa que había cogido para ella y cuando esta la tiene ya entre sus manos, casi sin problema alguno, se pone en pie con la joven entre sus brazos.

  Le parecía que ya habían llamado demasiado la atención aquel día, al menos por el momento, y lo mejor sería dejar cuanto antes a Anïs en el suelo. Una vez deja su liviana carga con suma suavidad en el suelo, le dedica una dulce mirada en la que sus ojos, uno amarillo y otro azul, lanzan un pequeño destello de efusividad. Toma su delicada mano, en la que no sostiene la rosa, con la misma suavidad con la que había cuidado de la rosa hasta que su dueña arribó. Posa sus labios, fríos por la temperatura exterior y le regala un suave beso en el dorso de la mano; sin alargarlo más de lo debido.

 - Un placer conocerla señorita Larousse, veo que su entrada no ha dejado indiferente a nadie; si que sabe usted como atraer las miradas. Disculpe mi torpeza por no haber sido capaz de detener su caido a tiempo, por lo menos no se ha golpeado ¿No? - Había recogido el oso que la joven había tirado del suelo y se lo ofrecía sin ningún tipo de burla en el rostro. Le parecía adorable.- Me presentaré formalmente, mi nombre es Carlisle Angelini pero si así lo desea puede llamarme solo Carlisle. Espero que hoy podamos disfrutar de una agradable cita ¿Me acompañará?

    Se coloca de cara a la calle que deberán recorrer, quería regalarle algo bonito; ahora lo tenía mucho más claro que antes. Aquella jovencita, podía verlo en su rostro, había sido obligada a acudir a aquella cita con él y como tal, por lo menos, aunque él no fuera de su gusto intentaría sacarle una sonrisa. Quería que guardase un bonito recuerdo de aquel día. Su rostro se gira hacia ella, aún con aquella angelical sonrisa cariñosa en la cara. Le tiene su brazo para que esta se agarre de él y pueda ir guiando la marcha, apartando a la gente del camino para que esta no tuviera que ser empujada o pisada por algúno de los transehuntes en su frenético ir y venir. Peina hacia atrás su melena albina, mientras espera a una respuesta. Solía ir impecable, tanto en cuanto a su vestuario como a su peinado; siempre cuidaba hasta el mínimo detalle pero con la caída su cabello se había descolocado y veía que aquel era el momento indicado para que volviese a su lugar original. Aquella postura, vista desde el exterior, podía llegar a ser inocentemente atractiva pero Carlisle, al menos esta vez, no lo estaba haciendo adrede. Le había salido completamente natural. Aún así, esperaba poder conquitar el resquebrajado corazón de Anaïs, sabía que de allí no saldría algo serio pero quizás podían llegar a ser muy buenos amigos. Además, a qué mujer no le gustaba ser tratada como la princisa que era.

  - Tengo la intención de hacerle un regalo, si no me acompaña no podré saber qué le gusta y me temo que sin su consentimiento no podré hacerle un regalo como agradecimiento por haber acudido a la cita.

  El ir y venir de la gente, el calor del sol, el frescor de aquel día espléndido de invierno ¿Era aquel el lugar indicado para que una amistad floreciera? Nadie podría estar seguro. Anaïs no estaba contenta con el hecho de tener que acudir a una cita con él; el tampoco lo estaba, era completamente normal. Nadie quería tener que concertar un matrimonio de aquella manera, pero así era como funcionaban los entresijos de la sociedad del siglo XIV en Italia y no había forma de cambiarla. Carlisle, aún así, pretendía comportarse con ella como buen caballero que era, le haría darse cuenta de que realmente en Italia aún quedaban príncipes para princesas como ella, y que quizás, algún día encontraría al indicado... podía verlo en su mirada, podía verlo incluso quilómetros atrás. Deseaba amor, deseaba ser correspondida. No era de extrañar pues era algo que todos los seres de aquel planeta anhelaban, pero el amor, al igual que la guerra no es  fácil y uno puede salir irremediablemente herido. Su misión, aquel día era borrar aquella tenue luz de decepción en sus ojos; hacerle olvidar lo que fuera que le preocupaba y conseguir sacarle una sonrisa.


 
“ Acompáñeme Princesa, le mostraré un maravillo mundo que después no querrá abandonar”.




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Re: Una rosa para una rosa [Pirv. Anaïs]

Mensaje por Anaïs Larousse el Sáb Ene 09, 2016 7:35 pm

Me quedé mirándole como una boba, sin saber qué hacer. Entonces, me ofrece una rosa, aun estando en el suelo. La gente tendría que estar alucinando, yo mismo lo estaba… Pero al menos la flor era bonita, si señor. Todo un detalle. Él me da una flor, y yo le tiro al suelo. “Genial, Anaïs”. Sin apartar la mirada de él, sentí como me elevaba del suelo. Allí no había ojos bizcos, ni dientes faltos, ni ninguna otra desgracia física. A decir verdad, aquel joven era bastante apuesto, a pesar de esos cabellos blancos que parecían un tanto abueliles. “¿Por qué me siento así…? ¡Tampoco es para tanto!” Quizás me quede mirándole demasiado minuciosamente, pues tardé otros tantos segundos en darme cuenta de que me había cogido en brazos y me estaba levantando del suelo. En cuanto fui consciente, me ruboricé. ¡Parecía una niña pequeña, por Dios! ¿Cómo podía ser tan lerda?
 
Me dejó en el suelo, con suavidad. Aquello había sido un detalle, la verdad, después del recibimiento que le había dado al pobre. Quise sacudirme un poco el vestido y colocarme el sombrero, pero rápidamente, el “Ángel de Venecia” me besó la mano. Protocolar y correcto, excelente. Aunque bueno, no era la mejor persona para hablar sobre lo correcto… Pero bueno, un caballero sabe perdonar a una dama, así que esperaba que fuese así.
 
Me di cuenta entonces de la peculiaridad de sus ojos. ¡Tenía uno de cada color, qué curioso! Sonreí, casi sin darme cuenta, mirándole a los ojos. –Eh… encantada, Monsieur Angelini. –Dije, cogiendo a Román rápidamente y poniéndolo debajo del brazo. Esperaba que es estúpido peluche no abriera la boca en toda la cita, no quería espantarle. ¿Qué se supone que debía hacer ahora, presentarme? ¡Pero si ya sabía mi nombre! Claro, las cosas de las citas concertadas… -Ah, no se prgeocupe, estoy acostumbgrada a las caídas… -¿Pero es que era tonta? ¡Le acababa de decir que era una torpe! Genial, Anaïs… – Oh, sí, pog supuesto… ¡Y muchas grasias pog la gosa, es muy… - ¡AY, QUE ME QUEDO EN BLANCO! – ¡bonita!
 
Viva la elocuencia. En fin. Más valía que me callase, sonriese y empezase a andar. Le agarré del brazo, tal y como hacían las parejas normales, y comenzamos a andar. La verdad, es que se sentía bien que se preocupasen por ti, aunque todo fuese, en cierto modo, un poco artificial. Dentro de lo malo, me había tocado un muchacho apuesto, atento, y no uno de esos italianos pervertidos que van de muchacha en muchacha como los zánganos de flor en flor en verano. Me sentía bastante cómoda con aquel chico, la verdad. Alguna mujer nos miraba, y yo les respondía con una sonrisa de superioridad. ¡JA! ¡QUE SE MURIESEN DE ENVIDIA!
 
Espera, ¿qué acababa de oír? ¿Un regalo? ¡AY QUE ILUSIÓN! ¿Qué quería? ¿Chocolates, un perfume…? ¡Ay no… tenía que contenerme, una señorita tenía que comportarse! –Oh, no es nesesagio Monsieur Angelini… Peggo si insiste, no tendgé más gemedio que aceptaglo, haha… - Esperaba que ese último comentario no me hubiese delatado.
Continuamos caminando por las atestadas calles llenas de preciosas tiendecitas. Había de todo: ropa, complementos, una tienda esotérica… Pero entonces, un intenso aroma a pastelería y azúcar invadió mi pequeña y fina nariz, y no pude evitar cerrar los ojos. –Hmmm… -Enseguida localicé el pequeño establecimiento de donde provenía el olor. Una maravillosa pastelería de cuyo escaparate mis ojos pronto se adueñaron. Oh là là…
 

¡Grrlll!” Aquel sonido me dejó paralizada. ¡No podía ser! ¡Mi maldito estómago de gorda sebosa me había delatado! ¡QUE PENSARÍA AHORA DE MÍ! QUE ERA UNA GORDA QUE SÓLO PENSABA EN PASTELES. OH LÀ LÀ, NO PODÍA SER PEOR. Me estaba empezando a poner nerviosa. ¡ANAÏS, PIENSA, DISIMULA, HAZ ALGO! – Bueno… -carraspeé para aclararme la voz – ¿Ha vivido usted siempge en Venecia, Monsieur Angelini? –Dije, intentando disimular el maldito rugido de mi estómago delator. Por favor, ¡que colase!
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Re: Una rosa para una rosa [Pirv. Anaïs]

Mensaje por Carlisle Angelini el Dom Ene 10, 2016 12:52 am



Una rosa para una rosa

Con Anaïs Larousse



-No me de las gracias por la rosa, es solo un detalle. -Sonríe angelicalmente, cerrando por un momento los ojos.- No tengo nada en contra de su torpeza,  pero debe tener cuidado, algún día podría hacerse daño y una señorita no puede permitirse eso. Al menos, no si no tiene a alguien en quien apoyarse para evitar la caída.

  La marcha es lenta y sinuosa. Se percata de la felicidad en el rostro de la joven Anaïs al ver que era la envidia de las demás jovenes y mujeres de la calle, al verla tomada del brazo de Carlisle. La energía y la alegría de la francesa le encantaban. Sin duda alguna, una chica tan puculiar lograba despertar su curiosidad y no podría irse de la cita sin complacer a la señorita como esta desease. No pierde detalle de todo cuanto dice o hace, de sus expresiones y la dirección de su mirada; quizás se le daba bien la gente, y las mujeres en particular, gracias a lo atento que era hasta para el mínimo detalle. Era muy observador. Lleva a la joven bien pegada hacia él, ya que había dicho que era torpe no pensaba dejar que se callera, así evitaría que volviera a sentirse avergonzada. Con Anaïs tan cerca era capaz de aspirar profundamente su dulce aroma. Le encantaba el aroma de las mujeres, siempre tan dispar pero tan prometedor y revelador, el perfume de una mujer siempre dice más de ella que las ropas que viste. Eso lo sabía él bien.

 - Sí, soy Italiano de pura cepa y como tal sé que esa pastelería es la mejor de toda Venecia ¿Le apetecería un dulce para acompañar el paseo? -Hace la pregunta sin malicia alguna. Había escuchado sus tripas rugir de hamnre, pero no pensaba dejar que ella supiera que él se había dado cuenta. Era indecoroso hacer sentirse avergonzada a una señorita, de ahí que prefiriese que la invitación saliera de su parte, casi inocentemente. La toma de la mano delicadamente y la guía hasta el interior del lugar.-  Buenas tardes, Berta.

 Su tio les había llevado tantas veces por allí, tanto a él como a su hermana que ya eran conocidos para los dueños. Hacían los mejores pasteleces de Venecia a ojos de Carlisle que guardaba bonitos recuerdos de aquel lugar.  El local estaba vacio, no había nadie y Carisle aprovecho la ocasión para poder mirar directamente a Anaïs. Sabía que aquella pastelería le haría feliz, no había más que recordar como había reaccionado al olor dulce de los pasteles. Realmente le encantaban, igual que a él ¿A quién no le gustaba algo dulce?  Y aque dulce que tenía frente a él era el más dulce que podría haber llegado a conocer. Podría ser aún un poco joven, una niña un tanto caprichosa e incluso un tanto extravagente, pero no por ello eso hacía perder a Anaïs Larrousse su encanto natural. Su dulcura y su energía. Era tal la cosa que daban hasta ganas de mordele una mejilla.

 - Sé que vos no sois de por aquí ¿Francia cierto? El acento francés es uno de mis favoritos, creo que suena armonioso y bastante atractivo, sobre todo en una mujer bonita. -Tan halagador que incluso a veces llegaba a doler, pero era cierto, le encantaba el francés. Aunque tan solo había podido ir en una ocasión a Paris y apenas sabía cuatro palabras en dicho idioma. Su sonrisa no desaparecía en ningún momento de su rostor y es que pese a todas sus fallidas citas anteriores; esta parecía ir bastante bien. Se lo iban a pasar muy bien.- Elige el dulce que quieras, tras esto seguiremos con nuestra aventura, en busca de su regalo ¿Le parece? Puede pedirme cualquier cosa, tanto para usted como para su amigo.

  Se había percatado de aquella peculiaridad. Una de las que más habían llamado su atención, pero se lo había tomado como algo completamente normal por si acaso le ofendía que dijese algo a cerca de él. Sencillamente le pareció algo completamente adorable y que no le molestaba lo más mínimo. Cada uno tenía sus manías. Aquella era de Anaïs y como señorita que era, estaba en todo su derecho, pero descubriría el motivo. Realmente quería conocer a aquella francesita, el amor no surgiría siempre que su Diosa española existiera -era ya casi obsesivo- pero algo bonito podría surgir de allí. Una intima amistad quizás y estaba seguro de que aquella princesita necesitaba a alguien como él, alguien que le hiciera olvidar sus penas y reír sin preocupación alguna. Él sería ese principe Azul que necesitaba hasta que encontrara a su héroe de brillante armadura. Él la cuidaría.


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Re: Una rosa para una rosa [Pirv. Anaïs]

Mensaje por Anaïs Larousse el Sáb Mar 12, 2016 5:44 pm

Cuando señaló a la pastelería que emanaba el olor angelical a azúcar y chocolate, me dio un escalofrío de placer. ¡Gracias Dios, por enviarme al ángel que me lleve al cielo! Tuve que contener mi alegría para no ponerme a dar saltitos, pero ya notaba las mariposas en mi estómago. ¡Iba a probar los mejores dulces de toda Venecia!

Fue entrar a la tienda, y mi mirada se iluminó. ¡Allí había de todo! ¡DE TO-DO! Brioche, croissants, hojaldres, tartas de todos los tipos, pasteles de crema, de chocolate, merengues, leche frita, torrijas, bombones, fruta confitada, caramelos, berlinesas, napolitanas… ¡hasta macaron de todos los colores! Me puse nerviosa. Lo quería todo pero… ¡No podía dejar que Carlisle pensara que era una glotona! Y tampoco podía arruinarle… Aunque, a decir verdad, algo me decía que sería difícil arruinar a aquel muchacho.

Seguía yo en mi lucha interna por decidirme cuando la voz de Carlisle interrumpió mi indecisión pastelil. ¡Con tanto dulce casi me había olvidado de él! – Oh, muchas grasias… -me sonrojé un poco por el cumplido, no estaba acostumbrada a que me llamase bonita otra persona que no fuera mi padre. –La mayogía de las pegsonas que he conocido odian mi asento… -dije, sonriendo, y la imagen de cierta persona apareció en mi cabeza. –Espesialmente los rusos…

Suspiré. No quería cabrearme ni ponerme triste por el tarugo de mi amado Amadeus, así que volví la vista a los pasteles. Cerré los ojos. Iba a elegir la primera cosa que viese, así se acabaría mi indecisión. Abrí los ojos, que se fijaron en… ¿un panettone con pasas? ¡Oh non! Giré un poco la vista hacia la izquierda, y entonces lo vi. ¡Mi dulce ideal! Un hojaldre con nata y fresas… MAIS OUI! – Deseagía ese hojaldge, peg favoge

Inmersa en mi felicidad, tardé un poco en analizar las palabras de Carlisle. ¿Se estaba dirigiendo a Román? Oh merde! ¿Por qué narices lo había traído a la cita? Llevar a Román junto a mí era tan natural que ya ni me daba cuenta de que lo hacía. Gorda, torpe, y ahora además infantil. ¿Pero qué imagen estaba dando de mi misma? –Eh… non, non, Román no nesesita comeg… -dije, mientras notaba como las mejillas me ardían por la vergüenza – Es mi agma de exogsista, así que jeje…

Un momento… ¿Le acababa de decir que YO era una EXORCISTA? GENIAL. Ahora pensará que soy una friki con súper poderes o algo de eso. ¡Seguro que lo había espantado! Y normal, Román era la cosa más rara y fea que podías encontrarte en kilómetros a la redonda… Me quedé un poco pillada, sonriendo y roja como un tomate. ¿Qué demonios se supone que debería decir ahora?

-Su dulce, señorita. –Aquella voz hizo que reaccionase. – ¡Oh, el hojaldge! Merci, merci! –Pagué rápidamente aquello, dejando un puñado de ducados que, esperaba, fuese suficiente, y cogí a Carlisle del brazo, saliendo de allí por patas para que intentara olvidar aquello lo antes posible. –Sigamos con nuestgo paseo –dije, ya en la calle –hace un día magavilloso, ¡no debemos perder ni un minuto! Y no se prgeocupe, Monsieur Angelini, es típico en Francia que las chicas paguen en la prgimega cita haha –Dije nerviosa. Sólo rezaba porque no hubiese salido antes con muchas chicas francesas...

Aquella cita hubiese sido una cita perfecta si en vez de yo hubiese sido cualquier otra mujer la que estuviese cogida de Carlisle. De todas formas, no me iba a rendir tan pronto. Tenía que sorprenderle con alguna de mis cualidades de dama, y dejar de espantarlo con mis tonterías. No quería que se aburriese de mí y se fijase en otra mujer, ¡y para el colmo italiana! Que no es que me gustase Carlisle–ya sabía bien a quien pertenecía mi corazón – ¡pero esto era cuestión de orgullo! –Usted, Monsieur Angelini… ¿sabe tocag algún instrgumento? –Pregunté, intentando parecer más tranquila de lo que realmente estaba.
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Re: Una rosa para una rosa [Pirv. Anaïs]

Mensaje por Carlisle Angelini el Miér Mar 23, 2016 6:26 pm



Una rosa para una rosa

Con Anaïs Larousee



-No me refería a comprarle algo de comida a Roman, sino lo que a usted le apetezca. Para mi no es problema alguna... me resulta encantador, en cambio.- Comentó con respecto al peluche que la joven portaba consigo como si de un tesoro se tratara.- Pero si no necesita nada en ese caso solo le haré un regalo a usted, ya lo sabe. Se lo he prometido.... Y en cuanto a su acento, ignore a quien no le guste. Es lo mejor que puede hacer, no debe dejar que palabras necias perturben ese precioso rostro suyo.

 No dejaba de sonreír en ningún momento, no podía evitar al ver aquel joven rostro de felicidad. No podía ir mejor aquella cita, no tenía claro como acabaría todo aquello. Estaba claro que había algo que nublaba la mirada de Anaïs, y ese algo era un amor, un amor que le hacía sufrir. Esperaba conocer a cerca del tema un poco más adelante, Si no podía conquistarla al menos trataría de ayudarla con su problema.

 Antes de salir de pastelería se cercioró de hacer creer a la joven que había sido ella quien había pagado por su pastelito. Conocía de sobra a la dueña y sabía de su manía por complacer a todas y cada una de las mujeres que le acompañaban. Era implacable y en la gran mayoría de los casos imperdonable, era tan impulsivo que incluso había quien podía sentirse intimidado por dicha actitud. Quizás aquello era lo que le había pasado a la joven francesita. Se había dado cuenta y no pensaba dejar que se sintiera agoviada por nada, aquel día era su invitada y como tal cuidaría de que estuviera complacida de la mejor manera posible.

  Se despidió de la repostera con un elegante gesto con la cabeza, salió tras Anaïs que parecía estar disfrutando del día, de su pastelito y de su compañía. Se daba por satisfecho por el momento. Le ofreció su brazo colocándose a su lado y en cuanto tuvo a su preciosa compañera junto a él, ya no podría escaparse de él, reanudó el paseo por la zona comercial de Venecia. Notaba las miradas envidiosas de otras mujeres a Anaïs, pero siendo completamente sincero no cambiaría su compañía aquel día por ninguna otra. La joven francesa comenzaba a soltarse y hablaba con él como si realmente quisiese disfrutar. Era completamente consciente de que muchas de aquellas mujeres o jovencitas con las que su tía le obligaba a tener citas, eran obligadas a atender a aburridos y tediosos encuentros con los mejores hombres de toda Venecia; por tanto, todo cuanto él quería hacer, era que al menos, aunque aquello no funcionase, que tuviese un buen recuerdo de su cita.

  Escuchaba todas y cada una de sus palabras con una admiración que parecía casi exagerada, pero no era así. No dejaba de maravillarse y sorprenderse con cada cosa que descubría de la señorita Larousse. Era todo un espectáculo, era incluso mejor de como se la habían descrito y no se arrepentía de la cita. Había evadido el tema de los exorcistas, que parecía habersele escapado en la pastelería a la joven; se había quedado en silencio porque fue capaz de ver su cara de “ups, eso no debería haberlo dicho”. Así pues, lo dejó por el momento, pero no estaba de más saberlo. Era excelente poder contar con un exorcista como aliado, aunque a su tía, siendo inmortal, no le haría la más mínima gracia.

 - Si considera usted que manejar bien la hoja de afeitar es un instrumento, pues sí. Toco solo uno. Pero me temo que lo que usted quiere decir es si toco algún instrumento musical ¿No es así? Si ese es el caso pues no, no toco ningún instrumento.- Hizo una leve pausa para mirar a la pelirosa. La verdad es que mirando a aquellas enormes piedras preciosas podía olvidarlo todo. Si algún día se veía obligado a casarse por necesidad, por su apellido, creo que acababa de elegir a la que quizás podría acabar siendo su mujer si la ocasión se presentaba.- ¿Toca usted algún instrumento Anaïs?

 Quería hacerlo bien, también lo sentía en ella. El nerviosismo se palpaba en el ambiente pese a que se sentía muy a gusto con ella. Quería dejar un poco las formalidades de lado, de ahí que se hibiese dirigido a ella por su nombre y que permitiera que la cercanía entre ellos fuese mayor ¿Le saldría bien?  Dirigía sus pasos hacia las tiendas que más conocía, aquellas en las que siempre podía encontrar preciosos vestidos, joyas únicas y zapatos que parecían casi de mentira. Sabía que aquella zona le encantaría a la francesa, sabía que tenía buen gusto y que conseguiría encontrar algo de su gusto. Un detalle que hiciera que su nueva amiga, no se olvidase de él y de aquel día. El tiempo acompañaba, la situación era idónea y habían empezado con muy buen pie ¿Qué podría salir mal?

  - Digame Anaïs, no tiene que responderme si la pregunta le incomoda o le resulta de mala educación.. es solo que la curiosidad me puede. - Aquella última pregunta, sería el comienzo o el fin del todo.- ¿ Quién es el hombre que nubla su entendimiento y que tiene atrapado su corazón en una prisión tan dolorosa?




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Última edición por Carlisle Angelini el Dom Abr 10, 2016 6:42 pm, editado 1 vez
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Re: Una rosa para una rosa [Pirv. Anaïs]

Mensaje por Anaïs Larousse el Dom Abr 10, 2016 5:39 pm

Esuché sus palabras cuidadosamente, mirándole de reojo. –Oh, bueno…, nunca es tagde paga aprgendeg… -Dije. Así que barbero, ¿eh? “Qué raro… ¿un chico de su clase trabajando?” pensé.  Sin duda era algo peculiar el peliblanco este… Entonces, Carlisle clavó sus ojos en los míos, y me puse nerviosa. Y me ruboricé. Dios mío, desde luego no estaba nada acostumbrada a salir con chicos. Y menos italianos. Me tenía bien estudiado a los niños franceses: primero te decían palabras melosas, te invitaban a una copa de vino, te miraban a los ojos con una media sonrisa, y entonces intentaban meterte la lengua hasta la tráquea. Pero esa mirada… ¿por qué era distinta? –Ejem… oui, me gusta tocag el piano, aunque no es que sea nada del otro mundo jeje…

Tragué saliva. “Tranquilizate, por Dios, Anaïs.” –Me gusta componeg pequeñas canciones… -dije, intentando continuar la conversación. Miré un segundo a mis pies, no entendía por qué me daba tanta vergüenza estar con él. ¿Le importaría algo de lo que le estuviese diciendo, o era simple y llana cortesía? A veces la gente tan perfectamente correcta me ponía un poco nerviosa…
Cuando levanté la vista segundos después y miré al frente, no pude evitar sonreír. Preciosas joyas, vestidos, zapatos, todo tipo de complementos eran exhibidos en las cristaleras de lujosas y exclusivas tiendas. Por un momento, recordé estar en París, eligiendo vestidos con mi madre para vete tú a saber que fiesta. Mi vista se fijó entonces en un maravilloso vestido rojo. ¡Pero qué preciosidad! Tenía que recordar el nombre de la tienda y volver más tarde… ¡Seguro que con ese vestido Amadeus por fin me prestaría algo de atención!
Entonces, la voz de Carlisle me sacó de mis ensoñaciones. Le miré directamente con los ojos muy abiertos, expectante por la pregunta. Noté como la sangre subía rápidamente a mis mejillas en cuanto acabó de formular la pregunta, igual que la lava de un volcán en erupción. Mi corazón empezó a latir rapidísimo, tanto que pensé que en algún momento me iba a salir por la boca, y las manos se me quedaron súbitamente frías. ¿C-como se había dado cuenta de eso? ¿Acaso le había nombrado en algún momento de nuestra conversación? Oh mon Dieu, oh mon Dieu… ¡Tenía que hacer algo!
-¿H-h-hombrge? ¿Q-q-que hombrge? – Intenté sonreír, pero mis labios acabaron torciéndose en una extraña mueca. –N-no hay ningún hombrge, jaja… -Reí nerviosa. Ay dios mío. Quería desaparecer de allí. Que me tragase la tierra, que me partiera un rayo, ¡lo que fuese! Tenía ganas de salir corriendo, pero, gracias al cielo, me lo pensé dos veces antes de hacer el mayor ridículo de mi vida. –E-estoy pegfectamente bien, Carlisle –reí de nuevo con aquella falsa carcajada bobalicona que me salía cuando estaba al borde del colapso. -¿P-porg qué pregunta una cosa así? ¿Acaso le diviegte sacagle los colores a señoritas como yo? ¡Vous êtes très mechant, mon cheri! –Volví a reír, cogiéndole del brazo -¿Pog qué no vamos a esa tienda de allí? ¡Acabo de veg un vestido magavilloso!

Eché a andar, evitando por todos los medios de este planeta volver a mirarle a la cara. ¿Cómo podía haberse dado cuenta? ¿Acaso era algo tan obvio? Oh, demonios. ¡¿Por qué me había puesto tan nerviosa?!
El famoso vestido:
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Re: Una rosa para una rosa [Pirv. Anaïs]

Mensaje por Carlisle Angelini el Dom Abr 10, 2016 7:23 pm



Una rosa para una rosa

Con Anaïs Larousse



¿Tal era el dolor de un corazón roto? Había conseguido perturbar a la joven y en ningún momento había pretendido que fuese así. Había herido sus sentimientos y eso le convertía en un hombre vulgar, sin ningún tipo de decoro o educación. Suspiró apenado al ver su reacción, si al menos no se hubiese alterado de aquella manera podría haber pasado el tema por encima, como si nada hubiese pasado, pero ella no se encontraba a gusto con el tema, había sido descortés de su parte preguntar aquello de sopetón por lo que ahora le tocaría arreglarlo.

 - Anaïs... no tienes porqué fingir nada, pero si no quieres hablar de ello esperaré a que sea el momento indicado. No se aflija, no hay nada que temer en mi, puede confiar en que no me reiré y no la subestimaré por ser joven o por aspirar a algo imposible.- Susurro a su oído tras tirar de su brazo, pegando a la joven francesa contra su torso. Colocó una mano en su cabello con suavidad y la otra en su cintura, para mantenerla pegada a él. Acercó sus labios a su oído para que solo ella pudiese escuchar aquellas palabras que le dedicaba.- Pero de momento, puesto que no he sido todo lo caballero que debería ser, le prometo que se lo compensaré de la mejor manera que sé.

 Lo podía adivinar por su mirada anhelante, por su titubeo cuando la descubrió pero sobretodo por la manera en la que se dirigía hacia él. Había sido cercana pero guardando las distancias, como si temiera que alguien los descubriese y se pensase algo que no era; además, cuando descubrió aquel precioso vestido rojo, no pensó en lo bien que le quedaría sino en si le gustaría a alguien más, era fácil leer a la joven, era como un libro abierto, era como un río de aguas cristalinas. Estaba locamente enamorada y eso se podía adivinar con tan solo leer un poco más allá de su mirada infantil. Aprovechando la cercanía, tomó su rostro por el mentón con suavidad como si de una delicada rosa se tratase, con la mano que segundos antes había estado sobre su cabello. Acarició lentamente una de sus mejillas sonrojadas. No sabía si aceptaría lo que estaba a punto de hacer como una disculpa, pero al menos sería la envidia de muchas, y eso le gustaba a todas las mujeres. Acercó su rostro lentamente hacia el suyo, entrecerró los ojos y ladeando el rostro besó fugazmente los labios de Anaïs. El beso apenas duró unos segundos, pero no necesitó más para saborear su dulzura y su textura esponjosa, como de nube de algodón. El beso fue fugaz, pero atrajo alguna que otra mirada. Sus objetivo había sido cumplido, además, había podido saborear aquellos labios tan exquisitos. Quería demostrarle que no es un juego, que realmente estaba interesado y que si seguía allí era porque ella le atraía de alguna y otra manera, quería conocerla.

 - Vayamos a probarle ese vestido, estoy seguro de que le sentará como un guante.

 Besó su frente, antes de tomarla de la mano y arrastrarla tras de si hacia la tienda. No quería darle tiempo a reaccionar, pues o bien decidía abofetearle o huir de él o quien sabe... prefería distraerla con otras cosas cuanto antes. Le había regalado aquel beso como muestra de cortesía y acercamiento, para demostrarle que la veía con potencial de pretendienta, es decir, que le interesaba como mujer y que no la veía como una simple niña, que no quería hacerle daño y que podía confiar en él. Al entrar en la puerta, un leve tintineo de campanas anunció su llegada. En seguida una mujer vestida con muy poco gusto, parecía un repollo, y con algo de sobrepeso, acompañada por una joven muchachita que seguramente hacía las de costurera, fueron a su encuentro. Carlisle les regaló una de sus mejores sonrisas y aún, con la mano de Anaïs engarzada con la suya, habló en su nombre. Incluso hizo girar a la joven sobre si misma para que admirasen su bonita figura.

[color=#3399ff]- Señoras, como podrán admirar aquí mi acompañante tiene un tipo envidiable y no hemos podido evitar reparar en ese precioso vestido rojo que tiene en el escaparate. -Señaló seguidamente el maniquí, para aclarar que era lo que quería. Ellas le escuchaban casi embobadas, sabían que era un comprador potencial y que debían atenderle lo mejor que podían.- Deseo hacerle un regalo a esta preciosa señorita y creo que ese vestido, sería el indicado para ella. Será la envidia de las demás señoritas de la corte...¿No creen? Así pues, ¿Podrían ayudarnos?

 Corrieron como locas a por el vestido, harían lo que fuera necesario por vender -o al menos eso parecía-. Carlisle, galantemente, guió a Anaïs hasta el frente. Ahora le tocaba a ella hacer de las suyas, estaba seguro de que dejaría sin palabras a aquellas dos mujeres, de lo más comunes. Borregos de la sociedad que solo iban tras una cosa, dinero y fama. Lo que allí tenían, frente a ellas, era dinero y harían lo que hiciera falta por conseguirlo. Carlisle en cambio solo quería hacer feliz a la francesa y por ello, pese a que se la entregó a las dos mujeres, las siguió muy de cerca, con los brazos cruzados sobre el pecho, atento a que su señorita fuese tratada como era debido y que en ningún momento se sentía a disgusto. Esperaba de aquella manera, borrar o al menos enmendar el error que había cometido. Una mujer como Anaïs no se merecía sufrir de aquella manera por un amor no correspondido, pero si pese al dolor era canto le había feliz lo respetaría y sería paciencia, a que ella se abriese a él y le confesase quién era aquel hombre que la tenía tan atada. Mientras tanto la trataría como la princesa que era y no dejaría que nada volviese a perturbar su felicidad... al menos, mientras él estuviese presente.



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Re: Una rosa para una rosa [Pirv. Anaïs]

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