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Something in his eyes [+18]

Mensaje por Aphrodite J. Pierce el Miér Ene 06, 2016 11:31 pm


Something in his Eyes
     Aquella noche la gran mansión se encontraba inquieta, hasta podías percibir en el aire ése aroma a dinero despilfarrador, esencia única en seres derrochadores y egoístas, condensando las paredes a un punto en que daba nauseas para los que no acostumbran a gastar en placeres mundanos. En la oscuridad de la noche las manos recorrían ciertos traseros voluminosos, risillas descaradas que abren paso a una oferta tentadora; miradas golosas que van de la mano de insinuaciones peligrosas, esto invita a los lujuriosos, a los reyes del velo nocturno. "Los secretos entre amantes resultan perversos", dicen las viejas del vecindario, mientras cuchichean y ven caer el crepúsculo, sabiendo que los caballeros sin cohibición entran por la puerta principal sin esperar ser criticados. ¿Qué más da? Son de alta cuna, tienen el poder de cerrar bocas con una bolsa inmensa de ducados.

    El movimiento alerta, y, poco a poco entre copas y charlas libidinosas, se descubre el libertinaje más corrompido, almas y pesadumbre que pesa en los tuétanos contaminados de un hambre insaciable… Mientras que tú, mujer de mechones rosados y orbes brillantes, azules cómo océanos inquietos y audaces, anhelas en secreto aquél que al menos te haga sonreír una vez; que en tu pecho florezca el sentimiento ávido y latente de un canto inspirador. La señora te había dejado a cargo, estabas entre sus musas de confianza, y eso, es algo que respetas a priori. No refutas, eres sumisa a las órdenes aunque, de cuando en cuando, te apetezca salirte de unas normas establecidas para nutrir la imaginación más oscura.

    Tapices excelsos decoran el interior, alfombras tribales y pinturas eróticas para el opulento gusto de los adinerados. Un espacio más bien oscuro pero plagado de colores sensuales y velas adornando en los techos, para magnificar las siluetas pomposas, imponiendo belleza e inteligencia en su más raro esplendor. Ellos sujetan a las cortesanas y cotillean con ellas cómo si fueran las mejores confidentes que puedan existir. Lo son. Saben demasiados secretos de la ciudad, y por ello, era muy inteligente sonsacar información de estos con un par de tragos.  

   Alzas la vista, tus compañeras conversaban a un volumen moderado, y casi todas, envidiaban ésa naturalidad con la que tenias para soportar cualquier especie que se te presentará. Aún cuando el rostro ajeno fuera el bicho más inmundo y pusilánime de la faz de la tierra, pero eso no importaba cuando la mente activa, brillará y se mostrará en un despliegue insano de perspicacia pura. Así pues, se daba el caso de aquél hombre que todas miraban desde el rabillo, tenían miedo, veían en él algo tenebroso que les impedía acercársele por tener una imagen desnutrida y pálida hasta llegar a la comparación irracional de un color nieve.

    “¿Y sí está enfermo? El invierno desparrama mucho más rápido las enfermedades”, murmuran temblorosas, “no queremos ser contagiadas de su peste” y seguían su camino, yendo a por otras presas sin ser precisamente: Aquél estrafalario hombre de ojos míticos. Pero tú lo miras con suma fascinación, atraída por un fenómeno extraño y vagamente científico, porque sabes perfectamente que tiene un brillo putrefacto en el aura. Cuasi como un dorado y un rojo bordo en discordia, impurificado y demente.

    Revuelves tus dedos en un estado intranquilo, deseabas tener su completa atención, que te mire con ésa sombría mirada… y te desnude. Tú no te espantabas, sólo hallabas una voracidad inmensa, un flujo adictivo de quererte adentrar a mundos tan diversos cómo tu mente pudiera permitirte. Sentir los placeres más terroríficos, los más apasionantes… Caminaste hacía el individuo, atrás oías las voces quedas de unas féminas comentar agresivamente: ¡Estás loca! Te viras, únicamente para admirarles en una faceta apacible. En tus ojos se leía: “Es nuestro trabajo”

    Cuando lo enfrentas cara a cara, sonríes y haces una reverencia:
   —Disculpad a mis compañeras, sus corazones están hinchados de miedo e histeria —dices—, juzgan vuestra apariencia. Y yo siento mucho de que no podáis conseguir compañía en su plácida estancia. ¿Me os da permiso, entonces, de ser yo quién os divierta por ésta noche, milord? —sonreíste, reteniendo una risilla en la boca para escudriñar mejor al caballero en cuestión. Se le veía mucho más austero y agraciado de un atractivo abstracto, y piensas, ¿por qué vosotras os espantáis de alguien que puede enseñaros tanto?

    —Entenderé si no os he despertado curiosidad, pero, sólo os quise dar la oportunidad de no convertirse en un irrespetado ermitaño…  




Última edición por Aphrodite J. Pierce el Mar Ago 09, 2016 12:53 am, editado 1 vez

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Re: Something in his eyes [+18]

Mensaje por Damon Mac Cárthaigh el Jue Ene 07, 2016 8:16 pm

Something in her eyes.
PRIVADO CON APRHODITE J.PIERCE
     En la eterna soledad, el hombre se pudre. Pues acompañado ya, nació él de otra persona, y ésa, de otra persona más. Y así hasta el infinito, y sin explicación alguna, llegamos a un principio único. Pues hay un objetivo primitivo concreto para el hombre que todos conocemos. Sin embargo, tiene todos los fines posibles a su disposición. Todo depende de la elección que se efectúe. El hombre, eso sí, está condenado a elegir, por su propia naturaleza, y sin elección a hacerlo o no, irónicamente.

Damon, como hombre, seguía esta norma de vida también. Aunque acostumbraba al regazo solitario que siempre le había mantenido oculto durante décadas. Oculto a mucho; personas, emociones, vivencias.

La normalidad…

Alzó la vista, la noche era oscura, pesada. Tenía la extraña sensación de que le observaban. Sentía un aliento gélido que soplaba en su nuca. Quizá era la culpabilidad, o el añorado recuerdo que ansiaba rememorar. Mantenía un rumbo fijo, sus pisadas eran firmes, sabía dónde se dirigía. Por fin alcanzó su destino, era difícil confundirlo en la penumbra, apenas disimulada con un par de luces a lo largo de la calle. Era aquel lugar lo que iluminaba la figura de Damon, que se erguía frente a aquella mansión. Tomó aire fervientemente, aún desde fuera, podía llegar a él aquel olor inconfundible. Después de pasar semejante cantidad ingente de tiempo entre laboratorios infames, estancias esterilizadas que no olían nada más que a austeridad. Evocar aquellas esencias tan persuasivas, sugerentes, consiguieron sacarle a Damon una sincera sonrisa.

Entró en el lugar, tal como esperaba, se sintió al principio algo abrumado. No recordaba haber entrado en un sitio como aquel desde hacía mucho tiempo. Y no era hasta hacía poco cuando había comenzado a extrañarlo, pues apenas había tenido momentos para pensar sobre ello. Siquiera lo aludía en mente ya.

Tomó asiento en un canapé, optó por un lugar resguardado. La estancia estaba iluminada por luces con colores que llamaban la atención de Damon, centelleaban lo justo para alumbrar los cuerpos de las meretrices. Deseaba estudiar la anatomía de alguien vivo de nuevo con ansia. Estaba cansado de los cuerpos inertes.

Se deshizo de su abrigo, lo dejó apartado a su lado, y se acomodó. Podía notar las miradas puestas en él, el recién llegado. Un hombre uniformado se le acercó como de la nada, dejando frente a Damon una copa de bebida cargada casi hasta arriba. “Para los nuevos clientes, signore.” Damon la aceptó con un movimiento de cabeza, propinándole un trago después. Seguía sintiendo ojos clavados en él, las mujeres le observaban con descarado disimulo, susurraban cosas entre ellas. No esperaba menos. Se atusó el pelo, echándolo hacia atrás con desdén, apartando la mirada de todas y cada una de ellas.

Todas excepto una.

Reparó en una mujer, de gran belleza, parecía ligeramente más joven que las demás. Su figura se alzaba en la sala por encima de las demás. Resultaba irresistible entre aquella marabunta de gente. Desprendía cierta frescura que la diferenciaba del resto, era más natural, más verdadera. Su pelo de color rosado le daba un aspecto infantil que a Damon le resultó de lo más entrañable. Cualquiera podría extrañarse de ver una mujer como ella en aquel lugar. Pero sus ojos la delataban. Su mirada curiosa, rebosaba sugestión, parecía llena de experiencia.

Cuando Damon quiso darse cuenta, aquellos ojos de azul intenso se habían posado en él. Le miraban fijamente. Él respondió también, no apartó la mirada mientras ella se acercaba. Saltaba a la vista el interés de la joven, le miraba deseosa de experimentar, pues era obvia la extravagancia del científico frente a aquellos ricachones viejos, algunos sebosos, que frecuentaban el lugar. Ella se atrevió, y solo por eso Damon la deseó más que a ninguna otra en aquel momento. Esperó impaciente hasta que ésta alcanzó su posición, sumergiéndose junto a él en las penumbras de la esquina donde estaba sentado él. Su voz era melódica, dulce, aunque Damon pudo distinguir en ella cierta morbosidad implacable. Supuso que era la voz que había aprendido a usar para atraer la atención de los hombres. Era respetuosa, sin embargo, muchas no lo eran, al menos no así. Se molestaba en mantener el encanto, le cortejaba, iba más allá del simple “pago y hecho”.

Damon la contempló con encanto.

Compréndalas, señorita. Mi aspecto no es de lo más deseable, soy consciente de ello. — Le dio otro trago, esta vez más breve a la bebida, se aclaró la garganta, pues quemaba como mil demonios. — Me alegra que se haya decantado por acercarse a hablar conmigo...llevo mirándola casi desde que he entrado...Es usted preciosa. — Lo dijo mientras la contemplaba a toda ella. — Mi nombre es Damon Mac Cárthaigh, ¿Puedo saber con quién hablo? Me gustaría recordar su nombre siempre que pueda tras salir de nuevo por esa puerta.

Damon alcanzó su mano delicadamente, y la atrajo hacía sí, besándola con cortesía. No le importaba hacer toda aquella parafernalia con aquella mujer, fuese lo que fuese ella, al joven científico le resultaba encantadora, en todos los sentidos. Damon entonces, le estiró sin apenas forzarlo de la mano, para que se sentase a su lado en el canapé. Teniéndola así de cerca, se manifestaba mucho más bonita si cabe.

Acepto su petición, mas… acepte usted la mía; a mí también me gustaría divertirla esta noche.

La miró con un deseo lleno de precaución, pues aunque luchaba por evitarlo, aquella mujer le ponía especialmente nervioso. Una sensación desesperante a la vez que gratificadora. Se sentía como un niño intimidado al ser observado por esos ojos.

¿Qué está dispuesta a hacer por complacerme? No voy a mentirle, tengo unos gustos algo peculiares…  — Confesó a media voz. Tras una pausa, se repuso, intentando relajarse a su lado. — Y a decir verdad, espero no ser el único. Nada me complacería más que satisfacerla.
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Re: Something in his eyes [+18]

Mensaje por Aphrodite J. Pierce el Lun Ene 11, 2016 2:02 am


Something in his Eyes
     En la permisa de una incansable búsqueda de miradas, descubriste un bocado de lascivia muy oculta, de ésas cuando el hombre se siente exaltado y no puede esconder con esfuerzo, los deseos hacia una mujer atractiva de características dulces pero pecaminosas. Sonríes, diminuta y sofisticada, llevándote los dedos a la boca, no era burla, ni limitaciones a ser cruel para con él cuando ya has dejado claro tus pretensiones. Y la noche aún no había siquiera empezado…

     —Lo importante no es vuestro atractivo, ¿sabéis? Sino el fuego que irrumpe su dormitar y le provoca insomnios, necesitando de un cuerpo para depositar toda ése tumulto de emociones reprimidas. Como si hicieras arte, o eso creo yo —inquieres pausada, aún parada frente a él con una parsimonia de diosa que ante el mortal, ejerce un poderío sensual y aplastante. Cómo si la belleza que emanará de vos, fuera lo suficientemente potente para atraer, dulce miel que involucra pensamientos corrosivos para el cuerpo. Desata una furia de excitación, y eso es lo que ahora mismo sentías cuando te mira, perturbada por ése agrio sabor y la brillante audacia para hablar sin timidez. Claro, fuerte y agraciado.

     ¿Cómo será ser acariciada por sus excéntricas manos? ¿Se apiadará de mi o gozará en un delirio agresivo?

     Te muerdes el labio, las ideas galopaban muy despacio, empujándote a la cruda y vanidosa lujuria.

    —Agradezco vuestros cumplidos, es usted un caballero —les das tus respetos, conforme lograbas distinguir ése insólito olor a alcohol, ávido y embriagante—. Ante vos seré Aphrodite, milord, diosa de los deseos más flameantes —brilla tu mirada, acompañada de ése halo taciturno, honorable, casi como un espejismo irreal. Pero entonces aquél ser intrigante, besa tu mano de una manera tangible. Suspiras. El tacto era frío y letal, recorriéndote un escalofrío que humedece tu entrepierna. Con cuidado, acabas muy cerca de éste, apreciando sus gestos cuidados y entrañables.

    Sueltas una risilla, no de sarna ni vileza, sino de goce.
    —Aceptaré entonces vuestra petición, Damon —pronuncias su nombre en un tono muy bajo, sugerente y apetecible a los oídos, es un canto atrayente.

    Una pregunta importante fue pronunciada ante ti, una propuesta que en ella esconde quizás, una advertencia que asumiste en realidad como una oferta irresistible. Te hundes en el plácido asiento, mirándole encendida—: Estoy dispuesta a seguir toda orden suya, si así satisface su hambre. Quiero adentrarme con vos al placer que usted éste dispuesto a llegar… A sentirme guiada por su férreo sentido de la experimentación y al más inaudito éxtasis —dejas decir de tus rosáceos labios—, comprenderá usted, que soy una mujer muy entregada a las emociones más infames… Así que no tema. Castígueme, hágame suya por una noche, o todas las que vos queráis —acercas tu rostro al ajeno, acariciando su mano libre con tersura, cómo si quisieras despertar a la bestia que está dormitando.

    Eres perturbadoramente erótica, tal así que, lentamente guías tus labios a sus frías mejillas. Depositando un casto beso en ambas, lentamente dejas tu asiento, y tomas nuevamente su mano para guiarlo a un aposento mucho más íntimo para que la privacidad fuera prioridad. En ésos momentos nadie debería descubrir los juegos malsanos y atrevidos que reproducirían, o siquiera los gemidos que pueden estallar de tus labios—: Deseó enseñarle una habitación especial, porque creo entender vuestros originales y descarados gustos, milord. Espero no equivocarme —caminas hasta el final del pasillo, al fondo y apartada.

    Cuando sacas la pequeña llave de tu busto, descubres un interior oscurecido pero cuando tomas una de las velas del pasillo, en el cuarto se descubre paredes bordo, con elementos pornográficos y hasta artilugios un poco más sádicos que en otros no hay, incluso era levemente más grande que los demás. Habiendo una cama inmensa, más allá candelabros en los que descansas velas apagadas, pinturas eróticas, una estantería repleta de libros, sillas y escritorios. En el suelo hay una gran alfombra posicionada en el centro, puesto a propósito.
    —¿Algo así buscabais?


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Re: Something in his eyes [+18]

Mensaje por Damon Mac Cárthaigh el Lun Ene 11, 2016 7:27 pm

Something in her eyes.
PRIVADO CON APRHODITE J.PIERCE

 Cavilaba en su mente Damon centenares de cosas que deseaba que pasaran aquella noche, de la que, tenía la sensación, no se olvidaría en algún tiempo. Ya desde que había contemplado a aquella, ahora sí, por qué no decirlo, diosa del mundo sensible, y apetecible, sin duda.

Se perdía en imágenes obscenas, y en cierto punto caóticas al mirar aquellos ojos que le invitaban a mecerse en un mar de placeres ocultos.  Le encantaba escucharla hablar, y a ella jugar con las palabras, que escondían tras éstas mensajes que incitaban y que hacían que Damon clamara su cuerpo por dentro, dejándose llevar por la tentación.

Aphrodite… — Repitió su nombre como si lo saborease en su boca al pronunciarlo en voz alta. — Terriblemente apropiado.

Le agradó que ella también llamase por su nombre, aportando cierto grado de complicidad entre ambos, como si fuesen antiguos conocidos. Escuchar como salían de su boca las palabras exactas que él quería escuchar, le daba la certeza de que ella sabía qué decir. Pero… ¿Sabría qué hacer? Pronto lo descubriría.

Ella se inclinó con sutileza, Damon permaneció inmóvil, tan sólo dirigió la mirada hacia la mano de ella, ahora en contacto con la suya propia, profiriendo un gesto placentero; apenas perceptible, pero mordió su labio inferior con determinada discreción. Quedando así, Aphrodite le regaló dos besos, tan puros que a Damon le resultaron como vaporosos, apenas una sensación engañosa que se acabó antes de lo que le hubiera gustado. Pero dejó consigo su aroma, de una excitante esencia que embriagaba y te hacía querer más. Damon alcanzó su abrigo a duras penas justo antes de levantarse con ella, para seguirla allá donde le condujese. A su paso seguía percibiendo el olor de su acompañante, y el tacto de su mano le resultaba agradable, tan sólo imaginaba cómo sería el tacto de su cuerpo.

Llámeme Damon, por favor. Me temo que no soy ningún Lord, siquiera para usted. Lo cierto es que soy científico, querida Aphrodite. — Precisó mientras ambos caminaban de la mano, en un  descansado paso que a Damon se le hizo eterno.

Al final del pasillo, medio escondida, se encontraron con una puerta cerrada, que ella no tardó en abrir, invitándole a pasar. Aunque apenas iluminada por una vela que Aphrodite portaba, Damon pudo averiguar una estancia de lo más rica, íntima a la vez que  imponía una lánguida sensación de total exposición hacia la otra persona. Una cama amplia se alzaba en la habitación casi por encima de lo demás. Damon observó las paredes, repletas de elementos que pronto pronunciaron incluso más la tentación de él. Soltó la mano de Aphrodite y se hizo con el candelabro, encendiendo con éste los candelabros del fondo, que iluminaron la habitación, en una justa medida, dándole un aspecto más erótico aún. Dejando el objeto junto con los demás, se paseó por la habitación, dando pie a su ya encendida lujuría, hasta que llegó a ella.

La habitación no está mal. —Dijo, en un tono más serio, aunque se notaba cierta diversión en sus palabras. — Aunque lo que realmente buscaba, también lo he encontrado…

Le dedicó una grácil sonrisa, llena de intenciones, clavando sus ojos en los de ella. Terminó por acercarse hasta rozar el límite de espacio que puede darse entre dos personas. Posó sus manos en los hombros desnudos de ella, su piel era fina y tierna. Éstas se deslizaron entonces por sus brazos con increíble suavidad, llevándose con ellas la parte superior del vestido de ella. Quedaron a la vista sus bellísimos senos, y su firme torso.

Le devolvió dos besos en las mejillas. El tercero fue en su cuello, no había pasado desapercibido para Damon el significado de aquello. Llevó su mano derecha a la mejilla de ella, obsequiándole con una caricia que bajaría hasta su escote, una caricia que él realizaba dentro de su admiración por el cuerpo de aquella mujer, y que sólo él, como conocedor de la anatomía, supo apreciar en su totalidad. Subió las manos desde sus pechos hasta que llegaron a su espalda, allí, cayeron hasta posicionarse en la menuda cintura de ella. La rodeó como si se tratase de una sensible muñeca, y unió sus labios con los de ella, fundiéndose en un beso que representó toda la tensión hasta entonces acumulada por el joven científico. Sus manos, sin poder mantenerlas quietas, volvieron a dirigirse hacia los pechos de ella, acogiéndolos con firmeza.

Damon separó sus labios, extasiado. Tomándola por la mano nuevamente, la condujo sin miramientos hasta la cama, donde la sentó, y seguidamente la empujó progresivamente, hasta que quedó tumbada, y sobre ella, él. A estas alturas, y en aquella postura, podría Aphrodite sentir la rígida excitación de Damon sobre su cuerpo. Sin poder evitarlo, volvió a besarla, aumentando cada vez con mayor intensidad sus ganas de experimentar con ella, y de hacerla suya. Manteniendo la paciencia, consiguió deshacerse de su aparatoso vestido, quedando Aphrodite en ropa interior. Su cuerpo parecía creado con el mayor esmero, buscando la más grande de las perfecciones.    
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Re: Something in his eyes [+18]

Mensaje por Aphrodite J. Pierce el Vie Abr 08, 2016 3:48 am


Something in his Eyes
                          —Aunque lo que realmente buscaba, también lo he encontrado…

    Lo que viste escrito en sus ojos es una pasión delatora, seguramente para otra mujer los hallaría aberrantes y miserables, pero, ante la desesperada búsqueda de lo novedoso y del ser auténtico, consideras lo decadente algo atractivo y sensual. Delicioso. Prohibido. Humedeces los labios, abriéndolos levemente en un toque femenino e ingenuo, en contestación a aquella sonrisa elocuente. Aceptarías sumisamente ésa misma noche a entregarte a él en alma y cuerpo, a conectar los espíritus en un sexo mítico porque él es erótico. Quizás no piense así sobre él mismo, sin embargo, pese al excentricismo puro, conserva un buen estado de conversación perspicaz... cosa diferente es su persona, a simple vista demuestra ser alguien explícitamente reservado. Huraño en sus intimidades pasadas y deliciosamente varonil.

    Su cálido aliento y fría esencia, te hipnotizó. Embriagada en inquietos y nerviosos dedos, oliste más de cerca su fragancia, acercando la boca hacia su mandíbula pronunciada, en ésta depositas un beso fugaz, mientras él, se deshace de tu liviana indumentaria. Los pechos son redondos, figurando dos preciosos y no muy grandes melones, con dos ciruelas rosadas apuntándole tímidamente. Endurecen al mero roce del aire, más aún por la inevitable excitación del momento.

    El cuerpo se estremece de deseo y se colorea de un inadvertido carmín, los labios del otro, estaban calientes, remojados cuando te besa. Entrecierras los párpados, exhalando un hálito de suspiros que reprimes en la garganta, y que, sonaban a un ronroneo complaciente. Te gusta. Quieres más. Y cada tacto que te ofrece, lo correspondes, acariciándole el pecho tersamente, dibujando un sutil círculo sobre su desaliñada solapa; una de tus manos se alza a la altura de su nuca, enredando los dedos entre las hebras de su castaño ceniza. No hay palabras, existiendo una telepatía sexual excepcional, tú al menos comprendes el lenguaje de cada uno de sus movimientos, acoplándote y fluyendo como las corrientes de un río. Es refrescante.  

    Guiada a la cama, y después de recostarte con la misma delicadeza que un jarrón de porcelana china, los besos regresaron, se antojaban de nuevo sabrosos, volviéndote impaciente y golosa. ¿Estaría mal disfrutar de ésos maldita carne labial descaradamente?  ¡Por supuesto que no!

    En tanto él, en su paciencia parsimoniosa te da a entender que desea de disfrutar bocado a bocado—: Conozco de otros impacientes que devoran, que tienen un hambre voraz. Vos no, Damon. Sois de ésos que tienen un paladar exquisito, tomáis el tiempo necesario para degustar el platillo —murmuras sobre sus labios, repasando consistente la líneas de su cara, y descendiendo a las clavículas que sobresalen. Bajas, desabotonando en lentitud su camisa y arrebatándole unos inocentes besos verticales desde la mejilla hasta el cuello. Al arquear la espalda, notas mucho más el acentuado miembro, chocando inevitable contra tu zona pélvica. Un diminuto gemido se escapa, era similar a una carga eléctrica, por ende, tus ojos se enfatizan flameantes e inquietos. Cuando la camisa es desprendida en su totalidad, la echas al suelo, fijando la mirada a su abdomen plano y su pecho apenas fortalecido. Es un hombre de ciencias y estudio, seguramente no tiene tiempo a cuidar su apariencia. Y no importa. Ése es su atractivo.

     —¿Ya os han dicho que vuestros labios saben a sandía? Son jugosos, tiernos… Una probada sacia la garganta —te muerdes, alterándote las hormonas—: Ah… Mejor no hablo. ¿O queréis que hable? Yo no sé si os gustan las conversaciones en la intimidad o el silencio —comienzas a sentirte nerviosa de repente, a raíz de ello ríes tontamente. A veces es mejor preguntar que quedarse con la duda y dicen que el cliente tiene la razón, aunque no sabes exactamente que tipo de cliente es él, sólo estás segura que—: Quiero complacerlo, Damon. Si tropiezo comprenderé que será enteramente mi culpa… y espero ser perdonada por vuestro genio —acaricias su pálida tez, mientras que otra de tus manos la llevas directamente a su pantalón, hallando la solución a quitarle las prendas inferiores. Peleas con el cinturón, no obstante, tus fríos dedos al final consiguen la victoria. Deslizas el cuero tirándolo a un lado, los pantalones resbalan solos, pero, tiras de ellos para dejar asomar a un despierto sexo que advierte estar en un rigor ardiente. Se tambalea, y tú lo admiras extasiada.  


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Re: Something in his eyes [+18]

Mensaje por Damon Mac Cárthaigh el Jue Jun 16, 2016 5:17 pm

Something in her eyes.
PRIVADO CON APRHODITE J.PIERCE
Sus palabras se colaban por la boca de Damon y llegaban a sus oídos. El aliento de la mujer sobre su rostro eran como caricias de aire fresco, que entraban en contraste con el calor que desprendían sus labios. Sus dedos se deslizaron por el rostro de él delicados, y él respondía manso con los ojos ahora cerrados, siguiendo con la cabeza el gesto de ella, queriendo sentir la caricia con más fuerza. Inspiró fuertemente cuando su mano bajaba melosa hacia su cuello y sus clavículas, y seguía su camino como un río con breve caudal: suave y lentamente, Aphrodite desabrochó la camisa de Damon, acompañándose de unos besos regalados que correteaban desde la mejilla hasta el cuello. Al hacerlo, chocó en su inclinación con el cuerpo de él, ardiente en deseos, aquel roce provocó en Damon intensa excitación, que se dibujó en su rostro, mordiendo con suavidad su labio inferior, y agitando su respiración, que iba en crescendo.

Créame, Aphrodite, no es tarea fácil controlar lo que el cuerpo me pide… Pero deseo alargar este momento con vos lo máximo posible. —Confesó entre suspiros, a la vez que le devolvía un par de besos por su cuello y sus hombros.

Aphrodite liberó a Damon de su camisa, dejando su torso al descubierto. Él le dedicó una grácil sonrisa cuando ella comenzó a hablar de nuevo. El sonido de su voz penetraba en él tambaleándose, rebotando en su cabeza con dulzura. Sin duda era una de las voces más bellas que había escuchado, y escucharla así, dedicándole sus palabras y su cuerpo… Volvió a contemplarla, ésta vez ella dejó caer su mano en su pantalón , deshaciéndose de éste, que acabó cayendo al suelo de la habitación. Damon dirigió su mirada hacia su propio cuerpo desnudo. Al devolverle la mirada a Aphrodite, pudo comprobar que ella hacía lo mismo, y posaba su atención en el sexo expuesto de Damon. Él suspiró, sin saber cómo podría un simple hombre como él contenerse, y por un momento sintió que se desvanecería sobre ella, hechizado.

Por favor, me encanta escucharla así, tan cerca… —Pronunciaba las palabras mientras se pegaba más a ella, llegando a rozar ambos sexos por unos momentos.

Deseaba sentir las manos de ella deslizándose hacia su entrepierna, no podía esperar a sentir cómo éstas se acogían a su miembro, provocándole aquel estremecimiento característico. Sin embargo, fue la mano de él la que se movió. Damon quedó apoyado en su mano izquierda, mientras que con la otra, comenzó a explorar el bello cuerpo de la vampiresa. Su pelo rosado estaba hecho de seda, al igual que su piel. La mano quirúrgica se paseaba por el paisaje como si saborease cada paso que daba. Bajo la mirada poética y fantástica de Damon, aquella mujer era una perfecta creación. Dirigía su mano deteniéndose primero en el pecho de ella, el cual acarició haciendo círculos, soltando alguna sonrisilla al ver cómo éste se excitaba al tacto. Desde allí, viajó en una lenta carrera, haciéndose de rogar, hacia la pierna izquierda de Aphrodite, la cual empujó con suavidad, separándola de la otra, y abriendo así una pequeña brecha hacia el paraíso, por la que coló su mano.

Al principio, el tacto de sus dedos se sentiría frío en contraste con la calidez del sexo femenino. Acarició aquel regalo divino con suma dedicación, con las yemas de sus dedos examinaba mentalmente su forma y su aspecto. Aquel tacto era carnalmente sedoso, y en apenas unos segundos, empezó a humedecerse. Damon clavó sus ojos color miel en Aphrodite al mismo tiempo que introducía dos de sus dedos en su sexo, esperando ver su reacción, deseando ver reflejado en su rostro el placer de los primeros tanteos. Que son sin duda de los más sabrosos.

En la cara de él podía verse el deseo contenido, el placer de satisfacerla a ella. Damon prosiguió durante un rato, lentamente, con cuidado, sin ser demasiado brusco, pero aumentando poco a poco la intensidad de sus movimientos; disfrutando del tacto, de su cuerpo, y ansioso por escuchar sus gemidos. En su cabeza, no podía dejar de pensar en tomarla y sentirse empapado dentro de ella. Dejándose llevar por un impulso, Damon apartó su mano de la entrepierna de Aphrodite y volvió a colocarse sobre ella, rozando de nuevo ambos miembros. Con los ojos inyectados en vehemencia, colocó la mano sobre su cuello, ejerciendo una presión vaporosa que fue aumentando por momentos.

¿Alguna vez habéis matado a alguien, Aphrodite? —Se acercó a ella, y la besó en los labios, quedándose a unos milímetros de su rostro. —Una vez conocí a una mujer que tenía sus mismos ojos… Y un día me dedicó la más dulce de las miradas, tan íntima y sincera que olvidé cualquier otra belleza que no fuese ella. Yo sonreía mientras vi cómo sus ojos se vaciaban de vida y moría con un manto de confusión sobre su rostro. —Damon guardó silencio durante unos segundos.—Pero vos sois diferente, Aphrodite. Al igual que yo, ya estáis muerta en vida. —La soltó, quedando ahora las marcas de sus manos sobre su delicado cuello.


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Frase Tell me would you kill to save a life? Tell me would you kill to prove you're right?

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Re: Something in his eyes [+18]

Mensaje por Aphrodite J. Pierce el Sáb Ago 06, 2016 7:01 am


Something in his Eyes
                       Eres fuego e incandescencia. Una llama de lujuria y vicio que los hombres llegan a considerar un manjar infrenable. La primera vez que lo prueban, no querrán dejarlo. Querrán más. Mucho más. Desde la punta del dedo gordo del pie, hasta aquella risita pícara que te sale cuando te dedican versos cargados de erotismo puro. ¿Y Damon? Pese a su mirada de chiflado, supo cautivarte, supo arrastrarte a su negrura y ciego paraje de conocimientos inhumanos. Porque él te recuerda a una criatura de mito, de aquellas que los humanos no creen al nunca haberlas visto ni una vez.
      Pero ahí está, es real… y te encanta.

      Sus manos maniáticas atacan hasta lo más hondo de tu alma, si es que te queda, crees que sí. ¿De qué otro modo entonces amas a los hombres vivamente? Te hacen sentir deseada, importante, y tal vez digan que es vanidad sin embargo, es cuestión de filosofía, una emoción que te recuerda lo que significaba estar viva.  Apenas descubría la superficie de tu sedosa fisonomía, suave y blanda. Pálida, por supuesto, sólo que se mezclaba con encantador rosa pastel. Y sinceramente, un pintor te diría que eres el rosa en estado puro. El rosa del amor, de la amabilidad y feminidad. Positivismo. Sentimientos estables, duraderos y profundos. Sí, eres profunda, y delicada como una verdadera rosa…
     ¿Quién podría odiarte si llegasen a pincharse por error con tus pequeñas espinas? Sangrarían, pero ahí estarías para lamer ése dedo y arropar la soledad. Cómo vas a arropar a aquél hombre de taciturna y oscura admiración.

     Se enteraría entonces, cuando reposará sobre tu tesoro, que su calidez es por él. Por su causa y manera de contemplarte. Única y maravillosa. No querías olvidarlo, ni deseas que esto quedase en ésa noche. No. Querrías más, y estarías esperando impacientemente su regreso.

    ¿Volverás?

    La duda crecía dentro del pecho. Despiertas entre el mar de pensamientos cuando te regresa a la realidad, ¿o a la fantasía? ¿Cómo saberlo? Te sonrosaste excelsamente, el furor del atrevimiento, la energía sexual y la flama de la aventura, no se esfuman, permanecen anclados en ambos cuerpos. Tiemblas ligeramente, abriendo un poco más las piernas en busca de aquel tacto. Tu cadera se levanta unos centímetros, contrayéndose al instante cuando sus dedos rodearon tu intimidad. Electrificó cada músculo como un estruendoso rayo impactar contra la tierra, y la respiración se agitó.

    —¿Alguna vez habéis matado a alguien, Aphrodite?

     La respuesta es sí, “una vez”. Pero no has tenido las agallas de responder, ya que, resultó ser un asesinato accidental. Cómo también su boca besar la tuya es un sorbo a la perdición e invitación a la falta de raciocinio. Presiona, y en éste adviertes un brillo desquiciado, reprimido.

     —No sé si estáis tan muerto como decís —tu pequeña boca replica, contradice pero, venía algo mejor, una noticia que destornillaría al más sensato—: Vuestros ojos me matan; me llenan. Logran arrebatarme un suspiro y lo convierten en… —exhala un gemido en forma de susurro, acariciando su garganta— placer. Ardes, Damon, ardes como una llama que hierve mis más floreciente órgano. Ella te desea, y no miente, incluso podéis sentir su palpitación y humedad. ¿Y sabe? Grita cada vez más fuerte.

     Atrapas la cadera ajena, enroscándote contra la suya en un arrebato distendido. Lo sometes a tu juego, a tu impulsividad sorpresiva y los sexos se fusionan al fin; estaban ya hartos de esperar y desearse en silencio. No obstante, eres suave, yendo en una carrera lenta con movimientos circulatorios cuando te sientas sobre él y te aferraste a su nuca. Eres delicada. Con un afán de dirigir el vaivén de caderas sin ninguna prisa.
     Empiezas a besar sus expuestas mejillas, y prosigues finalmente hacia su ambiciosa boca. Desvías los labios, gimiendo contra su oído en complicidad. Para él y sólo para él. Aferrándote más a su estrechos hombros.

     ¿La metafísica y la ciencia se funden siendo aún muy desiguales? Ahí estaban, en dos seres completamente opuestos y hundidos en un imprudente éxtasis.

    —¿Cómo se siente estar dentro de mí? —Preguntas desinhibida—. Descríbamelo, por favor o inténtelo. Porque su palabra llena en excitación, sonaría a arte alquímico. —Lo miras a los ojos, fijamente.


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