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La piedra favorita del dragón [+18]— Aprhodite.

Mensaje por Tristan R. Gaitan el Lun Ene 11, 2016 5:59 am



Detalles que no escapaban a mi visión. No importaba a ese punto el decorado, lo cuan llamativo que se volvía el ser observado por cientos de ojos; mientras te mueves con bastante sigilo y siguiendo a una manada de hombres que solo buscan saciarse de la forma fácil. Lo bueno es que todo quedaría allí. Ningún alma saldría lastimada en el proceso, porque uno no se ilusiona en lugares como esos y menos a manos de aquellas mujeres. ¿Alguna aun reconocería la palabra vergüenza? ¿Alguna desearía salir de ese turbio mundo? Ninguna parecía demostrarlo, de casualidad miré hacia arriba y sin advertir que por primera vez estaría prendado en un solo rostro. Un embrujamiento de miradas que resulto tan pasajero, debido a que regresé a ver por donde íbamos.

Se trataba de un grupo intermedio de hombres, en su mayoría todos con matrimonios fructíferos y alguna que otra consentida extramatrimonial. En ese estilo de encuentros puede ser motivo de admiración un nombre, recomendado luego de probar y después se zanjaba como si se tratara de un muerto en la fosa de un cementerio. Cada quien a con su gusto extravagante, pero se respetaba el deseo del otro. El cabecilla de la velada fue el primero en ocupar asiento dentro de la habitación, agarrando de la cintura a la florecilla que tenia por favorita y la mandaba a sentarse sobre la falda.

Señores—les llamó la atención a más de uno—, no falta agregar porque estamos reunidos en esta noche tan maravillosa.

La risilla de la amante entre sus brazos no falto para alegrar el ambiente y mientras también nos repartía a cada uno la mejor de las sonrisas traviesas. Sin duda todo un encanto, pero no fue tan gratificante como la primera copa de esa noche bañando dentro de mi garganta. Alrededor, la festividad continuaba a viento en pompa; cada quien en lo suyo y en cuanto al festejado había ocupado el mejor sitio cerca de la chimenea. El invierno era un veneno corrosivo al cuerpo, por lo que necesitaba del calor y alivianarme de paso el alma sobre aquellos nuevos dilemas que se volvieron parte de unos días sucesivos. Las llamas alumbraban un semblante ido, perdido, a la vez extraño. Hasta no me sentía parte de aquella pintura lasciva que de a poco empezaba a formarse.

Entonces, una caricia ligera me ascendió por el brazo y logró que encarara a la causante de forma brusca. Con la expresión de: ¿Y ahora qué? Para mi fortuna, me gané por completo su asombro. Tal vez nadie se imaginaria a Tristan Raiquen Gaitan en un lugar así. Pero, allí estaba. Dispuesto a escuchar lo que saliera de esa boquita de color carmín. Se tomó el tiempo, antes de comenzar a soltar plenamente el mensaje:  

Disculpe. ¿Podría usted acompañarme?

No—le contesté cortante, antes de que acabase de un trago largo lo que había dentro del vaso y curvaba apenas los labios en una sonrisa, para intentar apaciguar a la reciente tensión—; porque es una picardia dejar algo por la mitad—expliqué aquello sin importancia, examinando a lo ultimo el contenido vació y poniéndolo sobre un estante que había por encima de la chimenea. ¿Quién se estaba tomando tantas molestias? O más bien, ¿cuánto es lo que llevan gastado en toda esa tontería? Sin darle demasiadas vueltas al asunto, emprendimos la marcha y dejamos atrás a las infidelidades a puertas cerradas.
                                                     

***


Póngase cómodo, enseguida lo vendrán a atender—.Mencionó risueña a espaldas la mujer que fue mi supuesta instructora durante esa trayectoria, entre la otra habitación y subir unos cuantos escalones de arriba. Obviamente nadie emitió palabra, aunque no faltaba la curiosidad en mi acompañante y comerse la intención de preguntar sobre la infinidad de secretos que guardarían las brutales cicatrices de mi rostro.

Una vez a solas, trate de ponerme un poco cómodo. Desajusté los botones de los puños de la camisa, deambule como león enjaulado por la habitación y examiné ese nuevo ambiente con otra cara distinta. El misterio se hacia delicioso de digerir, pero letal con el correr de cada segundo, en que no se oía nada. Exhalé brevemente. Al debido instante en que el chirrido de la puerta se abrió lentamente, giraba a observar detenidamente y juntaba los labios en una línea dura frente a tal belleza de criatura. Lo primero que hice fue avanzar hacia ella.

Tu…

No me salía nada. La cabeza se me volvió una nebulosa y conforme levantaba la diestra, capturaba alguno de los mechones de cuarzo entre mis dedos. ¿Por qué me resultabas vagamente familiar? Un leve flash me iluminó a la mente, me le apartaba y le hacia un hueco a que pasara finalmente a dentro.


Última edición por Tristan R. Gaitan el Dom Jul 31, 2016 5:27 am, editado 1 vez
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Re: La piedra favorita del dragón [+18]— Aprhodite.

Mensaje por Aphrodite J. Pierce el Lun Feb 01, 2016 4:37 am


La piedra favorita del dragón
     Posiblemente, muchos desconozcan el origen y la historia de la despedida de soltero, muchos ni imaginarían que surge en la Edad Media pero, no es preocupación a veces conocer ciertos datos curiosos, sobre eventos que repercutan en temas como lo es el matrimonio, ¿verdad?

     Para ti. no es más que un contrato de conveniencia, un trato que entre las familias de ciertos estatus provoca que los cónyuges consigan seguir ciertas costumbres, dónde ambos pares desearán transmitir el patrimonio del árbol genealógico y así, las semillas futuras seguirán las tradiciones. Una idea de legar los bienes, es decir, tener herederos si la idea es formar una familia. Aunque, ésta es frecuentemente forzada entre reyes y nobles, excepto por la clase media y baja, ellos si se casan ciegamente por amor. ¡Un amor demente y apasionado!

    Sin embargo, no estabas exenta de los problemas matrimoniales de la época, en cómo los hombres más importantes desean librarse de sus responsabilidades de casado y deleitarse en brazos de otra mujer, por no poder llenar un vacío, un sentimiento de atadura que en verdad los vuelve infelices. Por ello, la aventura es fatalmente atractiva cuando es prohibida, se vuelve excitante; otros, quieren ser solamente escuchados, se desnudan y en realidad se descubre que por dentro, son unos pobres niños asustados del mundo que les rodea. Sofocados por el clamor de una sociedad cuasi sucia y enloquecida, mientras ellos pretenden seguir ésa corriente de manera impecable, cómo si no les afectase en absoluto.

    Algunas de tus compañeras te han ayudado con ése corsé que ahora mismo llevas puesto, te lo ajustaron y ahora apretuja tu menuda figura. Soltabas pequeños suspiros sin queja, envuelta en un halo de dulzura inconfundible, paseándote para encontrar la habitación indicada. Reposas tus orbes intensos sobre la inmensa puerta, casi nerviosa porque no conoces al cliente que en la noche, aparentemente se convertirá tu dueño y señor de tus placeres.

    Arreglas un pequeño mechón delicada, y casi impaciente, abres sin cuidar el sonido que provocas al abrir.

    No llevas ningún calzado, resaltando tu figura femenina con unas medias finas, ceñidas al muslo. El cabello está suelto, completamente en cascada, no lo llevas corto por está vez sino que cae en abundancia hasta la cintura. Crece rápidamente de la noche a la mañana.

    La generosidad fluye, la seducción se germina en mudez. Te deslizas por el interior, topándote desprevenida con aquél hombre de facciones extrañamente magnéticas. Abres los ojos cómo si te sorprendiera su masculinidad, su aroma a madera y pólvora.
    —¿Señor? —preguntas, con la mirada perdida en sus ojos—, comprenderé si no deseáis de mis servicios. Tengo entendido que habéis venido casi forzado y que vuestras amistades, han deseado festejar sus últimos días de soltero.

    Te pones delante de él, acariciándole levemente los botones de su camisa, podría tener sus propios motivos si no buscaba encamarse contigo, lo entenderías perfectamente, incluso habría manera de desviar el tema con mucha dignidad en caso que estuviera más interesado en su prometida… Pero no puedes prometer nada—: No os equivoquéis, me encantaría acompañarle en ésta velada —haces una sonrisa en los labios, sin querer, le provocas a que los pruebe. Levemente te apartas, analizando los elementos de tu entorno. El suelo tambalea al sostenerte, se embriaga de tus pequeños pies, y la habitación acepta tenerte gustosamente, acentuando tu presencia risueña y divina.


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Re: La piedra favorita del dragón [+18]— Aprhodite.

Mensaje por Tristan R. Gaitan el Lun Abr 11, 2016 6:53 am



Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del Sol y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y blanda con el manejo. Al verlo, Pigmalión se llena de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos.

*-*

No vi cuando se me acerco. Estaba prendido de lo dicho anteriormente, lo cierto y llamativo con que lo expuso sin miedo al igual que sus deseos. ¿Qué mujer osa decirle tan abiertamente esas cosas a un hombre? Sin que le embargara el pudor, cerrara su alma por el temor a un crudo invierno y morir de paso por tantas emociones juntas. Nada de eso me lo esperaba.

Tampoco me mostré reticente a la entrega, también me encuentro absorto y solo parezco despertar con la aproximación acechadora de esa mujer. Que continua fiel a las intenciones con las que fue encomendada a acudir a mi temporal lecho. No pierdo el contacto visual de esos orbes azules, de esa belleza salida de una obsesiva pintura y esa forma de habla suave que peca de amortiguar a la bestia. Hace que te sientas bastante cómodo con ella.

Sea ganado toda mi admiración, jovencita. Pocas son las que tienen el valor de decirlo y sin pensar en las consecuencias.—Alegó, compartiendo un elogio, mirándola de reojo al pasar al otro lado de la habitación y donde se halla sobre una mesa, una bandeja con bebidas.—¿Es su primera vez en está habitación?—Preguntó intrigado, por qué percibo la fijeza con que apreciaba cada cosa del entorno y de espaldas me mando la parte de abrir una botella gorda de vidrio; que justo reposa sobre una bandeja de plata y por encima de una mesa-, vierto rápidamente el contenido en uno de los vasos y me detengo antes de servir el otro vaso.—¿Desea compartir una copa conmigo?

No tengo intención de emborracharme, sino que es inevitable no tener una bebida en la mano y cuando se esta en una compañía tan gustosa. Pese a que te muestre una expresión hermética, estoy interesado en ti y los misterios que encierran tu persona. Tanto como la facilidad con la que hiciste que me corriese un escalofrió por la columna, te animas a acercarte a alguien que tiene una reputación de ser una fiera en el campo de batalla y bastante tosco cuando se trataba con las mujeres.

Me acercó de nuevo, quedando frente a frente y bailoteaba entre mis dedos largos una copa recién servida buscando dar con el punto espectacular para degustarlo. Capaz te estoy haciendo sentir demasiado incomoda con tanto silencio, es que me mido al dirigirme a ti y trato de no comportarme como ese hombre aventajado del que siempre te toca atender. E incluso no te molesta acatar cualquier lascivo capricho. Bebo un trago.

En este momento...—Susurró hasta inclinarme a uno de tus oídos, de aquella forma que se haría en confidencia ante tantas personas y fuese un secreto de lo más intimo.—Lo que deseo es complacerte en cada cosa a ti.—Pero a la larga sé que aquel sentimiento se volverá cada vez más mutuo e imposible de detener.    
Te respiro contra el oído, descubriendo con que calidad tu piel se ilumina al recibir el brillo lunar que traspasaba una ventana y lo espectral que te vuelves a cada segundo. Entrecierro los ojos, embriagado. ¿Por qué tu imagen me es tan familiar? Al punto que me torna tan nocivo. Doy rienda suelta a besar esa piel que tienes de tu pequeño hombro, de paso que viajo a tu espalda y te abrazaba con un brazo alrededor del busto, de modo imprevisto.

Comienzo a desatarte habilidoso  los cordones enlazados de tu corsé; me encuentro tus omóplatos subiendo y bajando, y consigo más de esa carne sin cicatrices. Te lo empiezo a devorar entre besos, mordidas y pausas en los que necesitaba recoger aire a los pulmones. ¿Y los vasos? ¿La propuesta de una bebida? Se halla de modo simbólico en el piso alfombrado, aguardando que regresáramos a nuestros cabales y dejemos las tonterías de amantes inexpertos que prueban lo erótico por primera vez.  

Eventualmente, giró tu cuerpo demasiado brusco y te obligo a que me veas. Que aprecies un rostro tocado por las lenguas del infierno, me ayudes a recuperar lo que es noción de tiempo/espacio  y esa capacidad de construir con poco una oración. La saliva se extingue de mi paladar, comienzo a sentir de nuevo una terrible sed y que todo se mueve a un ritmo tan acelerado.

Apoyó mi frente contra la tuya:
Ya te recuerdo.—El calor sigue invadiéndome, llega a despertar la hombría dormida y por consiguiente, me restriego despacio contra ti. ¿Y de dónde exactamente?—Habías, sin mal no recuerdo, perdido uno de tus zapatos.

Descarto enseguida el hecho que no se encontraba sola en lo que fue esa velada, querer apartar de ese hombre tan pintoresco y que al igual que ella, llamaba de igual forma la atención de más de uno. Cómo si ambos hubiesen sido creados para eso; para ser adorados por las grandes masas del mundo europeo. Lentamente me voy apartando, peinándome  con los dedos el pelo hacia atrás y dispongo de usar la parte de los pies de una cama de dosel en una especie de trono.                    

Quiero que me bailes lo que te inspire el momento.—Quiero comulgar una extraña forma de previa antes de que hagamos algo más. Apaciguar las pulsaciones de un corazón, que pocas veces se agita y parece tan dormido a las emociones de lo que sucede cotidianamente.—Prometo que no me reiré de ti, Galatea.
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Re: La piedra favorita del dragón [+18]— Aprhodite.

Mensaje por Aphrodite J. Pierce el Sáb Jun 18, 2016 3:08 am


La piedra favorita del dragón
         ¿Cómo eres capaz de hallar en cualquier caballero, un atractivo inmensurable sin importar su apariencia física? Es verdad que tienes un sentido de la belleza un poco diferente, extraordinario, con un exquisito ojo de coleccionista para aquellas piezas de característica única en su tipo. Como artista y escritora, ves el reflejo de las almas, por ende, las admiras con un fuego calcinante en el pecho, descubriendo en la decadencia más pura y realista, el verdadero significado de la vida. La fealdad es también hermosura. La verdadera forma de la existencia humana porque a veces, cuánto más superficial es, cae en el desprecio común. Por eso a ti te complace cuando un hombre, por más repugnante en figura que sea, éste en realidad, es el más noble de pensamientos. Tímido, incluso. Sus esposas eran crueles, no se animaban a intimar con éstas pobres criaturas, ¡y no se imaginarán lo que se pierden! A cambio, se espantan y rechazan un amor puro, sin artificios y artimañas… Así que era entendible porque los más prestigiosos se emborrachan, se escapan de la infelicidad y buscan consuelo en otra mujer.

     El hombre ante ti es fascinante. Te elogia encantadoramente, busca las palabras que determinen cortesía y sin embargo, te resulta extrañísimo que no deje atrás la rigidez de una sociedad retrógrada. Usa la piel de un caballero, pero se nota que en su interior esconde al animal salvaje. No te podía engañar por más educación y modismos ejerciese.  ¿Por qué no se permiten ser ellos mismos? Él es indomable, ávido, semental como los hermosos caballos que alguna vez tuviste el gusto de ver correr por anchas praderas. El corazón de un caballo galopa siempre. ¿El suyo latirá del mismo modo? Viéndote de aquellas silenciosas maneras, puedes comprobar que en efecto, desea algo más que una conversación. Los humanos resultan de lo más peculiares en decisiones, él de aquél extraño no es excepción, ya que las cicatrices hablan, te contaban la verdad en tus narices y eso, resulta algo insultante.

    Antes de que te dedicase otra escueta palabra, interrumpes en un sereno hablar:
    —¿Y qué espera a hacerlo, señor?

    Robas un momento su copa, remojándote los labios únicamente con la intención de provocar. En la carnosidad de tus labios rosados, se vislumbra una sonrisa de picardía, confesándole en la mirada, que debería dejar de lado la abstinencia. Pero él, en su absorbente movimiento, logra robarte un muerto aliento. Se eriza cada vello de tu cuerpo, empequeñeciéndote bajo su colosal anatomía. Logra vibrarte los sentidos, dejándote seducir ante la humedad de su boca y la fuerza de sus brazos tomándote con determinación. Era la mano de un hombre que no titubea, ésta es de acero y se aventurarse al cuerpo de una dama sin miedo alguno. Tu rostro enrojecido, se esconde en las solapas de su camisa a medio prender, lo hueles con deseo y un entusiasmo hirviente. Preferiste resistir, y obedecer a sus demandas confusas. Con la ingenuidad de una pequeña le miras, procurando no ser advertida por cómo anhelas morder aquella boca, pues en ella fluye un tono que esconde lo que el alma le apetecía hacer.  

     —Quiero que me bailes lo que te inspire el momento.
 
     ¿Existirá derecho a replica? ¡Eres una negada en la danza! Apartas la mirada, con un sonrojo furioso en ambas mejillas. Retrocedes nerviosa y casi, habrías resbalado en la alfombra si no fuera que el cuerpo permanecía en una perfecta pose recta. Las manos posan finalmente en el vientre, inhibida por cosas que no eres capaz de dar… No fue hasta que el nombre “Galatea”, hizo que fruncieras la nariz con una actitud algo caprichosa.
   
     Es poco usual que buscasen apodos para ti, así que con prudencia y modestia, aclaras:
    —Llámeme Aphrodite, por favor. —Juntas las palmas de las manos, resultando una graciosa y pequeña suplica para después, apartar un mechón de tu cara—. Y discúlpeme, pero darle un pequeño espectáculo improvisado, en mis condiciones, me sentiría muy abochornada aún si me promete no reírse. —Tienes los movimientos de un elegante cisne, ¿cuál es el problema?—: Lo siento… Yo no…Puedo, ibas a decir. Eres incapaz de decir ésa palabra maldita. Comienzas a marearte—. De verdad que lo siento, señor… —Tus ojos lagrimean, resultaba una orden imposible para ti y no cumplirla, es realmente frustrante. El problema venía a raíz de un pequeño trauma de la niñez, porque, cuando tu tía más querida bailaba en los salones de la casa, le cayó encima un candelabro araña del techo. Desde entonces, aprender a bailar no entró en tus planes.

     —Si quiere… —te acercas tímida—, puedo cantarle. ¿Le gustaría?

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Re: La piedra favorita del dragón [+18]— Aprhodite.

Mensaje por Tristan R. Gaitan el Dom Jul 31, 2016 5:24 am

Me hago el desentendido, disfrutando de lo que dices y de este intento nuestro por mantener una charla amistosa. Tus ojos lagrimean inesperadamente. Capaz que he removido la tierra de alguno de tus recuerdos olvidados. Vacilas, a lo que accedo a agarrarte firme de la muñeca y para que luego no te caigas. Aquello se torna por un segundo incómodo, no soy partidario de las lágrimas y tampoco me compadecen en absoluto.

Tengo otra clase de planes—Susurró contra uno de los tímpanos contrarios—; y los quiero usar contigo.

  Cortó la idea, sin despegarme de tus ojos y sin desaprovechar la buena voluntad de tu cercanía. Mi carne te llama; y también a la tuya. Es inútil ya camuflar el propósito que nos reparan las horas siguientes. Reculo unos centímetros sin salirme de los límites de la cama, elevando la diestra hacia la zona de tus senos, dentro de ese entallado corsé; que no te iba a durar por mucho. Los libero, enredando un dedo con uno de los cordones del moño y tiró de el sin problema.

 Cabeceó a un lado seductivo, levantando los ojos hacia ti con un brillo penetrante y  encendido. No me diferencio al final de los otros de afuera. Ahora, solo me importa disfrutarte y aceptarte como aquel glorioso regalo, que verdaderamente eres. Alo de ti, invitando a que me montes y en la carrera, frotes tu piel contra la mía.

Cierro los ojos, suspirando, muerdo la periferia de la yugular y a lo último, le propinó un beso hambriento. Trato de dar con algún rastro de calor, me confundo por tanta frialdad y voy desligándome del estorbo sobre mis hombros.

La camisa cae como si fuera cientos de balas al suelo, a hacerle compañía a una despedazada prenda tuya.

 A continuación, abrazó tu diminuta cintura y te volteo para que quedases boca arriba entre unas enmarañadas sabanas, me recolocó mejor entre tus muslos. Te agarró sin piedad de la mandíbula, repaso con la yema del pulgar la comisura de tus labios semi abiertos y lo introduzco dentro de tu boca. La sangre tiñe mi cara, contengo el aire, al verte desde una posición privilegiada: Enteramente desnuda, moviendo el vientre entre cada exhalación impedida y con los cabellos desparramados por encima de la cama.

En la tenuidad del ambiente, se me da por acariciar uno de los lados laterales de tu cadera.

 —Puedes tocarte de mientras; en lo que voy a buscar una cosa—Reí jovial entre dientes, apartándome al darte un beso casto y  me dirijo a otra parte de la amplia habitación.

   Tomándome toda la paciencia del mundo, agarró un tazón que había vislumbrado unos minutos antes de que ella llegase y que contenía distintas frutas. Lo cargo debajo el brazo. Para regresar a donde estaba ella y sentándome a uno de sus lados, lo deposito sobre un mueble cercano. Luego arrancó de un racimo fresco una de las uvas, lo sostengo entre los dientes; y acto seguido, vuelvo a posicionarme entre medio de sus piernas. Me inclino a aproximar el rostro hacia un sexo palpitante, empujó la rica fruta empleando la lengua contra tu clítoris y lo exprimo de tal manera que sacara jugo.

  Ahí fue que decidí darte el mayor de los placeres… Al comerme tu precioso coño.
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Re: La piedra favorita del dragón [+18]— Aprhodite.

Mensaje por Aphrodite J. Pierce el Jue Mar 22, 2018 2:16 am


La piedra favorita del dragón
         Su voz te aruñó en los sentidos. Era áspera, profunda, varonil. Estremeciéndote las paredes del alma de un modo que pocas veces ocurría, aquél tono demoníaco era empleado para un mal, para corromper tu razón y llenarte de lujuria. Tus ojos se posaron sobre él, de una manera que ocultaste el deseo, sencillamente porque podías y querías tener control también. El corset es liberado, la presión que ejercía sobre tus pechos comienza a desinflarse, el perfume que estaba retenido, desprende una suave fragancia.

    La fragancia de la primavera, amenazando con engullir.

   Las pieles se rozan, un gemido impercetible se te escapa en forma de suspiro. Tus manos se aferraron a sus hombros anchos, observándole detenidamente a los ojos, estos se esmeraron en presentarse hambrientos. Llenos y vivaces. Eran tan brillantes que te cegaban. Ardía, tanto que te estaba palpitando con vehemencia el corazón. Te hallabas destapada y dimunita frente a su agresivo antojo. Y el tacto era sublime, chispeante. Dejas tus piernas sobre sus costados, dejando que tu respiración danzara a su ritmo agitado. La tela de su camisa que interfería entre él y tú, se desvanece en un desliz. El calor que emana su cuerpo escultural, guerrero y destrozado en cicatrices de batalla, te enmudecen, te enloquecen al punto que te fascina que su detallado pecho, friccione contra tus pezones endurecidos.  

     Tus dedos masajean marcialmente sus cabellos, hundes las yemas en la sedosidad de estos, inhalando en profundidad su masculinidad. Oyendo su latir fusionándose con el tuyo. Hasta que quedas a su merced, mirándole desde tu posición recostada, abriste un poco tus muslos, porque sentías tu sexo caliente y húmedo, empapándote. Lames el dedo que pasea sobre tu boca, lo mordisqueas flojo, soltándolo cuando se aparta de ti, entre caricias fugaces. Su broma te dejó absorta, pero, no ibas a tocarte, no cuando querías sus manos sobre ti, pegadas en tu ser, escalando enteramente tus extremidades como un experto cartólogo.

     Apoyas uno de tus codos, quedándote un poco elevada para descubrir cuál sería sus intenciones. Esperas en silencio. La incertidumbre te nubla, junto a un hilo de ideas revoltosas e impacientes. Una nube invisible de olores te impregnan en el olfato, era unas perlas de sudor, provenientes de él, y las tuyas propias, que se mezclaron con tu perfume caro. Eso era lo que provocaba la adrenalina, el querer saber, la intimidación y el anhelo de tenerle entre tus piernas... Ser suya, esa noche.


     —Señor… —murmuras, sorprendida. Su acercamiento te produjo un remolino, el centro de tu universo se concentró en tus piernas. La uva estalla, presiona, el clitoris crece, apagando tu cordura. Su aliento frenético también acaricia la zona de tus muslos interiores, apartas las piernas, las abres en su máxima extension dejando que tu limpio sexo, se convierta en una caracola de mar; con los labios remojados y florecidos. La carne te arde, muerde tus huesos la excitación, y eso te ha hecho temblar bajo su yugo. La energía asciende, es una ola de sensaciones, tu mano estruja la sábana.

     —Si —susurraste—. ¡Ah!... Mátame una y otra vez; derrite y exprime cada parte de mí. —El gemido es arrancado de tus labios, tus cuerdas vocales comenzarían quemarse por los bufidos y alaridos de placer.

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Re: La piedra favorita del dragón [+18]— Aprhodite.

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