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Bosquejos de un revolucionario [TRAMA GLOBAL]

Mensaje por Victor Sauveterre el Mar Ene 12, 2016 1:26 am

LA RIVOLUZIONE
CAPÍTULO I
BOSQUEJOS DE UN REVOLUCIONARIO

1785
París, Francia.

     Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes.

Marqués de la Fayette.


  Sentía cómo el corazón se me salía del pecho; siquiera era capaz de controlar la respiración. Las gotas de sudor recorrían mi sien impacientes, precipitándose contra el suelo en un estallido de amargura. Sin embargo seguía corriendo, sin mirar atrás. Escuchaba los gritos demandantes de la guardia, exigiéndome que me detuviera, que parase, que mi puesto como General pendía de un hilo si seguía corriendo. Pero no podía detenerme, no entonces. ¿Cómo conocería la verdad si lo hacía? ¿Cómo conseguiría averiguar todo aquello si miraba atrás? No, no.

Me negué.

Mis piernas entonces comenzaron a dibujar zancadas en el aire, aumentando la velocidad de huida. Conseguí impulsarme en unos barriles para aferrarme a los hierros de una ventana; escalé, aún con las manos temblorosas. Me adentré en el interior del edificio abandonado, pude sentir la tranquilidad. Recuperé el aliento perdido conforme buscada un lugar donde ocultarme entre habitaciones decrépitas. Escuché ruidos en el piso de abajo, y me escondí inmediatamente bajo una mesa de escritorio raída. Callé, haciendo el terrible esfuerzo de contener mi respiración fatigada. Escuché cómo unos pasos se adentraban en la habitación, y al pasar por mi lado, reconocí de inmediato aquellos pies descalzos.
 
  — Elizabeth, ¿Qué haces aquí? Tienes que irte ahora mismo —la agarré del tobillo para atraerla hacia mí. Una vez estábamos ambos bajo la mesa del escritorio, me observó aterrada.
  — Tenía que traerte esto... ¡Tenía que hacerlo, Víctor! —rompió a llorar, sacando de una bolsa raída un centenar de cartas firmadas a nombre de "Cornelia Di Medici". La miré, estupefacto.
  — ¿De dónde las has sacado? —pregunté, rompiendo el sello de una de las cartas con la daga. Volví la mirada hacia Elizabeth, que temblaba como un flan. Me detuve— Estás sangrando —corroboré, dejando la carta en el suelo sin terminar de abrirla. Le levanté la falda del vestido para estudiar la herida, pero me apartó el brazo de inmediato.
   — No es nada, no te preocupes —se secó las lágrimas con el reverso de la mano, observándome con esa mirada que sólo indica miedo, temor, y secretismo. La observé entre el silencio, y ella lo hizo conmigo. Bajo su vestido se estaba formando un charco de sangre, e insistí, volviendo a agarrar la falda para levantarla. Esta vez me empujó, con fuerza, con rabia dolorida; comenzando a arañarme y golpearme sin fuerzas, ya sin aire, y sin vida.

Entonces lo comprendí.

   — Ya basta, para ya, para ya Elizabeth —le agarré de las muñecas para detenerle, y ella se retorció entre sollozos amargos hasta agotarse. En esos momentos sentí un nudo en la garganta que intentaba reprimirme para no romper a llorar. Temblé al hablar—. Te dije que no robaras esas cartas, te dije que no...
  — Eran para ti, eran tus cartas. Ellos las robaron —su voz sonó desfallecida, y en sus ojos pude advertir ese brillo cercano a la muerte.

La estreché entre mis brazos, olfateando ese aroma a lluvia suyo que seguramente no volvería a distinguir nunca más. Mi garganta se comprimía entre espasmos, quería gritar, hablarle, decirle que la quería, que todo estaba bien. Darle las gracias. Pero lo único que nació de mi fue el impulso de besarla... besarla antes de que la última pérdida de sangre le arrebatara el aliento y firmara así una última vez.


Ella se fue...
... y todo comenzó.


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Re: Bosquejos de un revolucionario [TRAMA GLOBAL]

Mensaje por Victor Sauveterre el Miér Ene 13, 2016 4:17 am

LA RIVOLUZIONE
CAPÍTULO II
BOSQUEJOS DE UN REVOLUCIONARIO

1787
Marseille, Francia.

     La revolución no la hemos ido a buscar; nos la han traído los sucesos, y nos la han traído porque era necesaria.

Francisco Pi y Margall.

[...]
 
  — Parece que a alguien le dieron por muerto ayer —era una voz femenina, que decidió terminar de despertarme con un buen cubo de agua en la cara—. Ni siquiera se molestaron en tirarte al mar; que desperdicio.
Notaba en ella cierto acento italiano, remoloneé en el suelo hasta encontrarme. El sol, el olor del mar, el sonido de los pasos, aquellas voces hablando en italiano... Me quedé sentado en el suelo, frotándome la cara y quitándome la capucha empapada. Me sentía perdido, confuso. ¿Dónde diablos estaba?
  — ¿Y tú eres el famoso Victor Sauveterre? —la mujer comenzó a reír, descaradamente—. Menudo chasco; yo esperaba encontrarme un hombre respetable y mírate... pareces un saco de mierda.

Alcé la mirada para observarla, sentía cómo el sol me derretía los ojos, y aquel dolor intenso por todo mi cuerpo no me ayudaba a enfocar bien. Sólo pude distinguir a una señorita alta, delgada, con un sombrero oscuro y una máscara veneciana ocultando parte de su rostro. Me tendió la mano envuelta en guantes de cuero, la tomé, dudoso; me levantó del suelo con un terrible tirón. Dios Santo, pero que fuerza tenía esa mujer.

  — Daniela Macciavelli, a su servicio —se presentó, con esa sonrisa torcida y tramposa.
Quise hablar, presentarme, decir algo, lo que sea; pero en aquel estado de confusión mi cabeza sólo daba vueltas, formulándome preguntas inciertas que ni yo mismo comprendía. No recordaba nada, ni a nadie, el por qué había despertado ahí y ese intenso dolor en todo mi cuerpo eran cuestiones que, quizás algún día, lograría descifrar. Pero aquel no era el día.

Roté sobre mis talones, una vez en pie. Me encontraba en el puerto de la ciudad de Marseille, sería cómo las tres de la tarde, porque el sol pegaba fuerte. Observé el percal, inquieto; Daniela ahora subía a bordo de un galeón que ondeaba la bandera de la República Veneciana en lo más alto del mástil. Tragué saliva, nervioso. ¿Podría ser cierto? ¿Realmente me habían venido a buscar desde Venecia? Crují mi espalda, mis manos, y todos los huesos. Pensé que así podría animarme de una vez, aunque lo más efectivo que podían hacerme era cruzarme la cara de un guantazo; la pesadez del agotamiento era descomunal.
  — ¡Oye, espera! —fui tras ella, subiendo al galeón en tan solo dos zancadas. La madera crujió. Me posicioné frente a ella—. ¿Has venido a por mí por...?
  — Sí, por eso —me interrumpió, dedicándome otra sonrisa y comenzando a caminar hacia la proa. La seguí.
  — ¿De verdad estás haciendo todo esto...?
  — Sí, por él —dejó de caminar para detenerse frente a mí, me repasó con la mirada, esta vez manteniendo una postura mucho más serena. Chasqueó la lengua—. ¿Vas a venir con nosotros, o no? —posó ambas manos sobre sus caderas y torció el rostro hacia un lado, impaciente. Dudé, dudé porque todo estaba pasando demasiado deprisa para mí, y en aquel estado decadente todo era más complicado. Miré a los lados, como si de esa forma pretendiera que alguien diera la respuesta por mi. Suspiré.
  — Sí, iré.

[...]

  Y ahí, en alta mar, pude sentir cómo en balanceo de las olas mecía mi cuerpo con calma, haciéndome sentir tranquilo por una vez después de tantos años. Por fin estaba completamente despejado, sonriente y con una buena jarra de cerveza en la mano. Los marineros parecían felices, dichosos, notaba en ellos ese sentimiento de seguridad, de esperanza. Uno de ellos se alzó con jarra en mano, agarrándose a la cuerda de la vela para no caerse al mar. Comenzó a cantar:

"Sotto le maschera, é la verità"

Los marineros enseguida se unieron a él, alzando sus espadas y manos como si quisieran alcanzar el mismísimo cielo.

"Adesso i miei occhi sono aperti, e posso vedere, lo sento. Sento la libertà"

Sentí cómo un escalofrío recorría mi piel, era una sensación estremecedora. Aquella canción... juraría que la había escuchado antes. ¿Podía ser? Cuando terminaron los cánticos, la voz de Daniela resaltó entre tantos aullidos masculinos.
  — ¡Per il Maestro! —clamó, alzando el puño al aire, y con una sonrisa en sus labios llena de fuerza. Todos marineros la siguieron, jubilosos:
  — ¡¡Per il Maestro!!




Traducción de la canción:
Bajo la máscara, está la verdad.
Ahora mis ojos están abiertos, y puedo ver, lo siento.
Siento la libertad.

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