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Las pieles del chico extraño -- Priv. Marie --

Mensaje por Tyr Landvik el Miér Mar 16, 2016 2:30 pm

Con cada paso que daba, las pesadas botas de cuero del hombre parecían arrastrar a modo de estela nubes de polvo tras su paso lento. Cubierto con la capucha de su abrigo cómo siempre, el joven nórdico llevaba encima de su hombro una montaña de pieles de animales que había cazado anteriormente. No podía decirse que era el mejor de todos los cazadores y curtidores de pieles, pero se había dedicado a eso toda su vida. Desde su más tierna infancia sólo había hecho eso, hasta podría decirse que era lo único que sabía hacer ese hombre, así que bastante bien se le debería dar, y más en un entorno diez, no veinte -pues él no tenía ni idea de cuántas veces, apenas sabía contar y menos para calcular algo tan subjetivo- veces más frío que aquella zona de Italia.

Bajó resoplando un poco las estrechas calles que llevaban al puerto de Venecia, cambiando el hombro dónde llevaba las pieles pues uno empezaba a notarlo pesado. Trataba de darse prisa, pues no sabía cuándo estarían allí los comerciantes, aunque no tenía ninguna manera de saber la hora que era. No poseía ningún reloj o cómo se llamaran esas cosas, era un día bastante oscuro, con nubes tan grises y espesas cómo su abrigo, que parecían el tejado de la ciudad.

Una vez se hubo librado de las estrechas y agobiantes calles que daban lugar a su destino, allí lo vio. Era realmente grande, el más grande -y único- que había visto en su vida, sin olvidar aquella inmensa extensión de agua, ahora tomando un color grisáceo a causa del cielo encapotado, sobre la cuál yacían las embarcaciones. Su bosque estaba en el interior del país, y sin moverse de allí más que a las ciudades cercanas para vender las pieles, cómo estaba haciendo ahora mismo. Se quedó totalmente inmóvil tratando de adivinar cuál sería el barco al cuál debía acceder, y más importante, quién era la persona que se encargaría de darle cuatro miserables monedas por las pieles, para poder comprar algo de tabaco para masticar, o para gastar en una buena jarra de cualquier asquerosidad que fabricasen allí con un alcohol similar a veinte barriles de cerveza. Si le sobraba algo, ya se ocuparía de comer.

__ analizó todos los barcos, sabía qué eran, faltaría más, pero le parecían todos iguales, y las miles de voces en italiano que sobrevolaban el puerto no le ayudaban a entender nada de nada, y menos si gritaban todas a la vez. Grandes, pequeños, claros, oscuros... pero en esencia todos iguales. Todos cómo estúpidas tablas flotando en el agua. De pronto, fijó su mirada en uno bastante grande en el cuál, bastantes hombres cargaban cajas y cajas de color pardo de algo desconocido para él. Mientras, delante de ellos, más alejados del mar, -que tuvo que reconocer quedarse observando cómo un idiota perderse en el horizonte, tratando de averiguar adónde llegaría- una mujer de unos... ¿Veinte, treinta? Hablando con el propietario de las cajas, mientras le daba un buen saco de monedas. El joven no había visto muchas en su vida, por lo que se le hizo difícil establecer una edad para la mujer, que por cierto, era muy guapa. Demasiado guapa para él, inaccesible.

Tosió unas cuantas veces, y luego bastante más, cómo si se hubiese atragantado con algo, casi se le cayó de la boca el último pedazo de tabaco de mascar que le quedaba y tuvo que colocar bien de nuevo la estaca y la ballesta que llevaba ocultas por debajo del abrigo, discretamente. Mientras, se encaminaba hacia la mujer, ahora sola, pues el hombre, tras besar su mano educadamente, con la mano prácticamente soldada al saco de dinero, se marchó, sin saber si mirarla a ella o a la bolsa cargada de monedas.

Con la mano libre, una vez colocadas las armas -los vampiros aprovecharían para salir en un día cómo aquél, en el que ningún rayo de sol tocaba la tierra, y tal cómo su padre le indicó antes de irse, debía estar siempre preparado- se sacó el tabaco, ya sin sabor, de la boca y lo arrojó sin el más mínimo cuidado al suelo, pisándolo luego. Recorrió su boca con la lengua, escupiendo la saliva que quedaba en su boca en el suelo otra vez, y siguió caminando. No debía mascar tabaco con su enfermedad de respirar. No sabía cuál era, pero había tenido que irse allí abajo para recuperarse.

Dicho eso, se paró como una estatua delante de la mujer, clavando sus ojos azules cómo el hielo en los de la mujer, tratando de parecer lo más amable posible. Era un chico muy grande y bastante fuerte, pues era imposible que la mujer que no lo viese, y si no le respondía, es que no quería. Pero era algo bueno para ambos, relaciones de comercio. Había pocas pieles curtidas de ésta manera, pocos animales cazados de modo que su piel no saliese dañada y tan buenas según su parecer... pues las había hecho él.

— Eh... —Empezó, sin saber muy bien qué decir.— Yo... Vender piel. Animal piel. —Pese a esforzarse en decirlo lo mejor que pudo, no estaba seguro de que la mujer le hubiese entendido, así que se limitó a dejarle delante suya, encima de una caja de contenido desconocido, las pieles que tenía para vender. Pese a ser un día oscuro y haberlas cargado manualmente, tenían un aspecto fantástico.

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Re: Las pieles del chico extraño -- Priv. Marie --

Mensaje por Marie Labov el Miér Mar 23, 2016 7:19 pm



Las pieles del chico extraño

Con Tyr Landvik



  El día para Marie, al menos aquel día, era como otro cualquiera. Con tedioso y aburrido trabajo en el puerto, rodeada de babosos mercaderes que tan solo les interesaba intentar timar a una mujer, con el pensamiento machista de que no saben manejar el dinero o los negocios. Lo que no sabían era que a Marie no le tomaba el pelo nadie y quien lo intentase tendría que atenerse a las consecuencias.

  Había tenido suerte, pues el día había amanecido encapotado y no tenía que esconderse en la bodega de su barco para negociar. Era mucho más cómodo y los mercaderes se fiaban más si se encontraban con un inmortal para hacer negocios rodeados del vaivén de la gente. Se había pasado toda la mañana conversando y regateando con hombres de dudosa reputación, borrachos a primera hora de la mañana y muy poco colaborativos. Pretendían hacerle pagar el doble por sus materiales y provisiones cuando los habituales de Marie tenían mejores productos y a mejor precio; por lo que, por lo general, su trabajo era el de rechazar las “ofertas” de aquellos que se acercaban al barco con la idea de estafar o mofarse de una mujer pirata. Quizás creían que podían sacar ventaja de su supuesta inexperiencia, pero la francesa al ser una inmortal contaba con mucha más experiencia y sabiduría de lo que la mayoría de aquellos asquerosos vendedores de pacotilla se podrían imaginar.

 La mañana pasaba a paso de tortura, menos mal que había decido vestir con ropa cómoda y no su habitual vestidito corto que lo único que atraía era miradas obscenas y algún que otro baboso con ganas de trabajarse a la contramaestre. Lo único que conseguía con su vestimenta favorita era cabrease y montar un espectáculo, por lo que había aprendido a ser mucho más discreta en aquel tipo de ocasiones, pero claro, sin olvidar su estilo propio. Al fin y al cabo a Marie Labov se la conocía por algo.

 Siendo contramaestre y teniendo en cuenta que su capitana llevaba semanas, casi meses, desaparecida, le tocaba hacer todo el trabajo sucio. Aquello implicaba que tenía que tomar tanto el papel de capitana como el de contramaestre y se tiraba los días enteros entre papeleo, negocios, el barco... no tenía tiempo para ella misma, no podía si quiera divertirse un rato ¿Marie Labov siendo tan responsable y tranquila? ¿ Desde cuando? Algo debía cambiar, o de lo contrario acabaría volviéndose loca.

 Ya cavaba su jornada de trabajo de aquella mañana, había conseguido llenar la bodega al mejor precio como siempre, cuando de repente un joven de extraña apariencia dejó caer frente a ella una caja con pieles curtidas a mano. Su mirada violácea se clavó en la del extranjero,que parecía buscar algún signo de aprobación en ella. No comprendía que quería o que necesitaba, no parecía entender bien el idioma y encima eso de socializar no parecía ser su punto fuerte. Le analizó detenidamente. Rostro hermoso pero frío, fuerte, cabellos rubios y ojos claros, cuerpo ancho y esbelto, casi atlético y en general muy salvaje... estaba claro que era del norte. No había estado mucho por aquella frías tierras pero creía haber comprendido cual era la mejor manera de tratar a aquellos hombres.  Se agachó  junto a las pieles, tomándolas con sumo cuidado entre las manos. La calidad era excelente y estaba claro que estaban curtidas a mano, el trabajo que conllevaba aquel negocio era increíble y Marie lo sabía. Tomó varias de aquellas telas sin rechistar, era nuevo, acababa de llegar y había ido hasta allí con su mejor intención para hacer un buen negocio... ella estuvo en sus zapatos hacía mucho, cuando se mudó a Venecia con su capitana y no podía evitar sentir empatia con el joven.


- Toma, te doy diez ducados por estas tres ¿Te parece bien?
- No tenía claro si le entendería, su acento francés no ayudaba mucho. Intentaría hacer todo cuanto estuviese en su mano por ayudarle. Aunque aquello retrasase su trabajo, creía que aquel hombre hermoso era la mejor distracción que podría haber conseguido. Si era tan ingenuo como parecía seguro que conseguiría la manera de pasar un buen rato con él en alguna otra parte.-
¿Me entiendes? Mi nombre es Marie Labov.


  Dio un paso al frente, posando sobre su fornido brazo su fría mano. Sus ojos seguían en contacto con los ajenos, con la esperanza de que aquella cercanía ayudase al extranjero a entender la situación. Si todo aquello salia bien, ganaría un nuevo amigo y un comerciante más con el que contar. Ahora le tocaba mostrar su cara más amable, aquel hombre no le había hecho nada y hasta le parecía adorable... así que hasta que se demostrase lo contrario, se portaría como debía con él. Al fin y al cabo, ella también fue una extranjera y aún había gente que la consideraba como tal... quizás hacerse amiga del rubio le ayudaba a sentir que encajaba en alguna parte, aunque fuese solo de vez en cuando. Tener contactos era siempre un punto a favor para subir de estatus y que la considerasen una de las mejores en su trabajo; y para ello, tan solo tenía que mostrar su mejor cara. Poco a poco iba aprendiendo y esperaba algún día poder comandar su propia tripulación. Aquel era el primer paso.
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Re: Las pieles del chico extraño -- Priv. Marie --

Mensaje por Tyr Landvik el Vie Abr 08, 2016 3:03 pm

Cuando la mujer tomó las pieles que llevaba encima, no despegó la mirada de todos sus movimientos. Tenía que estar alerta, no conocía demasiado bien a los italianos, pero los pocos que le habían intentado timar por allí se habían llevado un buen gruñido hasta que colocasen sobre su mano la cantidad correcta de dinero. Podía no entenderles, pero él no era idiota, ni mucho menos. Su padre no le había enseñado a ser cazador para ser timado por cuatro bichos que se creían más inteligentes que el nórdico por saber leer rápido.

La mujer pasaba sus finas manos por encima de las pieles, en busca de alguna imperfección y comprobando la calidad de éstas. Sabía de sobras que no encontraría ninguna, pues él mismo las revisaba varias veces antes de ponerlas en venta. La expresión de la mujer denotaba tranquilidad y un deje de sorpresa, que lo hizo sentir orgulloso y dibujar una muy leve sonrisa en sus labios, hasta que ella empezó a hablarle.

Le mostró tres pieles, de las mejores y más hermosas que llevaba, que separó del resto. Por cómo las colocaba, el noruego interpretó que esas eran las que quería, y recogió las demás, volviéndolas a dejar sobre su hombro, sin decir nada de nada. Apretó los labios repasando una por una las palabras que la mujer había dicho hasta llegar a “diez ducados”. Eso le pareció correcto por esas tres y decidió que lo mejor sería cerrar el trato. Asintió y abrió la boca, buscando algo que decir.

— Ja... Eh, sí. —Aún de vez en cuando dejaba escapar alguna palabra en su idioma, por lo que movió la cabeza, y repitió sus palabras con su acento horrible.— Diez... Ducados. Sí, godt, bien.

La mujer, después de eso, al comprobar que ni era de allí ni llevaba mucho tiempo, y mucho menos tenía control sobre el italiano, se apiadó de él y volvió a hablarle, cosa que lo puso en alerta y apretó el borde de la chaqueta en el interior de su mano. La mujer era muy guapa y trataba de mantener conversación con él. No iba a meter la para ahora, no.

— Entender... Pequeño, Marie. —Intentó decirle que no entendía mucho lo que le estaba diciendo, que le costaba comprender el idioma, pero que sí sabía cuál era su nombre.

Cuando volvió a tratar de formular algo más coherente o intentarlo, empezó a toser, colocando el puño del abrigo delante de su boca, agarrándolo con fuerza. Su tos sonaba cómo un perro moribundo tratando de atacar a otro perro, pero se quedó otros segundos en silencio una vez hubo terminado. Ya no tosía sangre y era mucho menos frecuente que antes. El clima le hacía bien, todo y estar falto de medicinas. Sintió su mano agarrando su brazo y observó esa extraña, en él, reacción que tenía la muchacha. Pocas veces las chicas se le acercaban tanto cómo para tocarle, pues su aspecto, todo y ser bastante agradable a la vista era algo tosco y el no saber apenas ni hablar en su propio idioma lo hacía así. El hombre tampoco conocía los gustos ni actitudes de las mujeres, para no tener, no había tenido ni madre.

— Yo... no aquí. Yo lejos. —Se pasó una mano por el desaliñado cabello rubio que caía delante de su cara y lo apartó hacia atrás. Recogió los diez ducados que le dejó encima de la caja y los metió en la bolsa que llevaba. Tenía para una buena ronda de alcohol del malo y un buen puñado de hojas masticables de tabaco, incluso hasta para comer algo que no fuese carne. Había hecho un gran negocio, pero si conseguía que la conversación con la mujer, desconocía su procedencia cómo ella desconocía la de él, llegase a buen puerto, él se daba por satisfecho.

Marie, pues había entendido que ese era su nombre pero se le pasó por completo decir el suyo pues no lo creía relevante, parecía querer dejar el puesto para irse con él o al menos, conversar un poco antes de volver al trabajo. Se bajó la capucha que cubría su cabeza y pasó una mano encima de estos tratando de controlarlos, de peinarlos y tener un aspecto mínimamente presentable.

Si le había llamado la atención a pesar de ser tan desaliñado, nada podía arreglar ya, ahora sólo podía dejar ver su cara al completo, y cada matiz de ella a la mujer. Sus grandes ojos claros, a su vez, examinaban todos los del rostro de la mujer. Por alguna razón le atraía, pero no sólo por su belleza. Algo distinto, más poderoso, algo animal y salvaje, le atraía en ella... No era cómo las demás chicas a las que se había acercado, a pesar de ser escasas, había algo que lo impulsaba a acercársele, algo atrayente e irremediable.

Del mismo modo que a los hombres les atrae el peligro.

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Re: Las pieles del chico extraño -- Priv. Marie --

Mensaje por Marie Labov el Sáb Abr 09, 2016 4:21 am



Las pieles del chico extraño

Con Tyr Landvik



 ¿Cómo podía ocultarse tanta belleza debajo de mugre y anonimato? Era inconcebible que un rostro como aquel tuviese que vivir bajo el manto de las sombras. Aquel joven poseía una mirada de un tono tan azul que casi robaba el aliento, era tal el efecto que aquella mirada podría llegar a tener sobre cualquier ser vivo, que incluso Marie, un ser que iba a contra natura manteniéndose viva estando a su vez muerta, sintió que le faltaba el aire. Sus violáceos ojos analizaron con detenimiento a aquel ángel que había sido enviado desde el norte ¿Qué hacía aquel muchacho escondido vendiendo telas? Con aquel rostro podría estar haciendo cualquier cosa que se propusiera. Era hipnótico aún sin si quiera intentarlo.

 - Cielo, creo que te vendría bien una mano amiga.- Le susurró, hablando despacio para que pudiese entender perfectamente sus intenciones. Acompañaba sus palabras por gestos y una afable sonrisa. Si deseaba dejar de ser tratado como el extranjero o alguien a quien todos podían intentar estafar, debía dejarse ayudar. No estaba segura de si aceptaría, pero apostaba lo que fuera a que hasta el momento, había sido la única alma caritativa que se había ofrecido a tratarle como a uno más.- Ven conmigo por favor.

 Le ofreció su fría mano, en la que no llevaba sus preciosas telas, y casi sin esperar a una respuesta afirmativa le arrastró tras de sí. Lo primero que ordenó nada más subir abordo fue que preparasen su bañera con agua tibia, para poder ofrecerle a aquel hombre un buen baño energético. Por algo debían empezar y quizás, lo más indicado sería un buen baño para eliminar toda la suciedad que manchaba su mayor arma, su rostro y probablemente su cuerpo... podría decir aquello con certeza cuando pudiese verlo de primera mano. Esperaba que no fuese dentro de mucho... quizás estaba siendo demasiado atrevida, pero había algo en aquel hombre, a parte de su inocencia, que le atraían irremediablemente hacia él. No podía evitarlo y ya que lo tenía para ella misma, lo aprovecharía. Haría de él una de sus mejores creaciones, tenía los medios, el tiempo y el dinero; así encontraría algo divertido que hacer pues últimamente no parecía tener mucho trabajo, al menos no del que a ella le gustaba.

 En cuanto la señorita Labov entró en el barco, toda su tripulación se puso a trabajar. Se llevaron las pieles para dejarlas a buen recaudo y enseguida prepararon el camarote de la futura capitana para que pudiese estar cómoda con su invitado. Nadie hizo preguntas y nadie comentó nada con respecto a lo que Marie iba a hacer; su familia ya la conocía de sobra y sabían de sobra que pese a su fachada de mujer fría y de armas tomar, se escondía un cálido y cariñosa alma caritativa que ayudaba a aquellos que lo merecían. Quizás por ello le tenían tanto aprecio y hacían oídos sordos de todo cuanto las malas lenguas contaban. Además, la francesa sabía de sobra lo mal que podía pasarse siendo el extranjero en Venecia, todo el mundo se creía que por ser de fuera uno era estúpido y no se enteraba de las cosas; pero estaban equivocados, Marie sabía de sobra que al igual que ella, él se enteraba de todo, lo único que le faltaban eran conocimientos y modos, eso sería todo cuanto ella le ofrecería. Haría de él todo un caballero, el terror de las nenas y de todo aquel que tratase de tomarle por el pito del sereno. Sería un auténtico nórdico de pies a cabeza, al menos la idea de nórdico que Marie tenía ¿Qué como había supuesto de donde procedía? No había más que mirarle, además, en una de sus muchas aventuras había visitado el norte y había tenido alguna que otra experiencia enriquecedora con los hombres de allí. Los nórdicos, cabía decir, eran de los mejores amantes que había podido catar hasta el momento y seguía esperando a que apareciera el italiano que fuese capaz de desmentir aquello. Pero, hasta entonces, a la cabeza iban los nórdicos.

- No tengas miedo ¿Vale? No vamos a hacerte daño, nadie aquí quiere hacerte daño. Solo quiero ayudarte si me dejas. - Aquella dulce sonrisa tan impropia de Marie seguía en su rostro. No quería asustarle y de verdad deseaba tenerle a su lado. Necesitaba aquel proyecto tanto que no entendía si quiera el por qué.- Sé que entiendes algunas cosas, pero no te preocupes, pronto entenderás y sabrás todo cuanto debes saber. Solo acepta mi propuesta, te adoptaré como protegido y nada te pasará a mi lado.

 Esperaba que aquello quedase claro. Ella normalmente era un huracán arrasaba con todo con rapidez y no dejaba a nadie indiferente, pero sentía que con él debía ir lento o saldría corriendo. Era dulce y suave, le trataba como si de un niño asustadizo se tratase. Intentaba hacerlo lo mejor posible, pero incluso aún así había veces que se veía tentada a hacer alguna que otra maldad; aquello corría por sus venas y no podía evitarlo por mucho que se lo propusiera. Tras dejarle claro que no quería dañarle le guió hasta sus aposentos, donde la bañera ya estaba preparada. Les dejaron a solas, todo quedó completamente en silencio y Marie cerró la puerta tras de si. Ni corta ni perezosas sus manos comenzaron a deshacerse de la ropa del caballero con gentileza, empezó por su capa, dejándola en el suelo y acto seguido por su camisa. Debajo de aquellos harapos se encontró con un cuerpo trabajado, con un cuerpo que se había forjado con el duro trabajo de alguien de clase baja... era increíblemente suculento. Tuvo que morderse el labio inferior para no saltar en aquel preciso momento sobre él y devorarle de todas las manera difíciles. Era una ardua tarea pero lo conseguiría.

 Mientras se deshacía de la ropa ajena, tarareaba una nana francesa casi en apenas un susurro. Supuso que quizás aquello sería algo incómodo para él, pero Marie Labov era así... para ella la vergüenza y la timidez no existían, si quería algo o decidía algo iría al grano. Además, así tenía la ocasión de rozar aquella cálida piel y su escultural figura con la yema de sus dedos. Deleitándose con semejante hombre.  En cuanto le tuvo desnudo frente a ella, sus ojos se clavaron en los de él. Sus manos estaban apoyadas sobre sus abdominales. Iba a intentar explicarle lo que quería hacer con él, solo esperaba que entendiese lo que quería.

- No sé aún tu nombre, espero que puedas decírmelo. Pero no pasa nada, no es algo importante... lo que quiero hacer es integrarte en esta sociedad, quiero ser tu maestra en todo aquello que necesites. Y ahora, vamos a darte un baño ¿Te parece bien?
 
 Aquel extraño chico de las piles era toda una incógnita, no sabía como saldría aquel experimente pero desde luego si salía tal y como lo había planeado... se lo iban a pasar muy bien, eso desde luego. Le haría suyo en todos y cada uno de los sentidos. Se le había metido entre ceja y ceja y cuando a Marie Labov, se le mete algo en la cabeza, difícilmente cambiaba de opinión. Así que más le valía al pobre Tyr estar preparado, porque aquella mujer no resultaría ser como ninguna otra que hubiese conocido antes.  
 


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