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Oda a las Musas —Gabrielle Mori

Mensaje por Aphrodite J. Pierce el Dom Abr 10, 2016 7:01 am


Oda a las Musas
                           —¿Ya oíste de la nueva musa? —pregunta una de las cortesanas, expresando una inevitable gorgojea de molestia. Arruga la nariz, y pese al tinte indiferente que desea darle, has interpretado que en verdad caldea de furia. Tú nunca fuiste una mujer envidiosa, o que desea el mal a otras hermosas damas que padecen de un brillo espectacular desde el interior de sus espíritus. Además, te parecen las criaturas que en realidad se hallan solas, pues, las superficiales amistades y la fama, las convierten en personas desconfiadas, inseguras de sí. Exactamente tu caso. Eres muy insegura de ti misma, y la maldad a tu alrededor por tener un don físico, acarrea muchos conflictos. No es que lamentes esto, sino te entristece, compadeciéndote de todas aquellas señoritas que deben soportar un peso todos los días.

    —La belleza duele —comentas angustiada, saliéndote completamente del tema mientras, pintas tus labios de un rojo intenso, una y otra vez, nerviosa. No sueles pintarte. No haces eso nunca. ¿Por qué sientes tanta presión en el pecho? Seguramente, sea la cortesana que te éste contagiando con sus frustraciones y obvia negatividad. Siendo una criatura empática, que percibe las aureas humanas, a ti te afecta.

    —No va a sobrevivir aquí. ¡Te lo digo yo! ¡Ojala meta la pata y la echen!

    —¡No digas ésas cosas! —exclamas alterada, cayéndote el labial al suelo al tener los dedos temblando. Ella en cambio, está anonada, con la boca abierta. Es muy poco común que le grites a alguien cuando prefieres usar un hilo de voz sereno—. Lo siento  —entonces vuelves al inalterable temple. No la miras, sino que observas tu delicada figura en el espejo. Sin embargo, ésta llega a levantar el cosmético del suelo, dejándolo a tu lado. De vez en vez, retocas ésos mechones que caen por los lados de tu rostro; el silencio se hizo incomodo pero, te giraste a hablar—. Iré a darle la bienvenida —te levantas del taburete en un salto entusiasta, dejando fluir una sonrisa afable que indica un positivismo que a la presente le pareció irritante.

    —A veces te envidio, Aphrodite, tienes una habilidad innegable para ser querida —sonrió, acompañándote al dejarse llevar un poco por tu buena hospitalidad.

    —Y para ser odiada.

[...]

     El olor a cigarrillo, las risas descarriadas y el espíritu erótico, se palpa dentro de aquellas paredes. Los de alta cuna, beben como si no hubiera un mañana, aprovechando olvidar problemas mundanos. En tanto, tú, damisela de grácil soltura, parecías levitar por los pasillos, buscando información sobre la nueva musa. Al parecer muchas no deseaban darte respuesta o, directamente no sabían al respecto. ¿No habrá asistido? Hasta que, el grito de un hombre rompió toda meditación. Corriste en tus tacones sin tropezar. “No es normal que suceda”, piensas.

    —De seguro es la nueva, ¿ves?, la echarán antes de tiempo.

off— Obviamente que puedes ser o no ser la mujer que ha golpeado al hombre (por éso el grito), tienes mucha opciones a tu alcance, elige la que gustes (?)


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Re: Oda a las Musas —Gabrielle Mori

Mensaje por Gabrielle Mori el Dom Abr 10, 2016 5:32 pm

Los corséts, las telas, los armazones bajo las faldas, los tacones y los recogidos elaborados... ya casi se había olvidado de todo el trabajo que conllevaba la elegancia y el saber estar. No comprendía como las mujeres de aquella época podían sentirse cómodas con aquel tipo de ropajes, era casi imposible respirar, no podías moverte con soltura y además debías tener cuidado de no tropezar con el bajo del vestido o la falda. Hacía tanto que había dejado sus días como dama de compañía en Noruega, que el lujo y la elegancia, ya se le habían olvidado. No es que le desagradase aquel mundo, sino todo lo contrario, era como vivir dentro de un cuento de hadas... era todo cuanto una joven de su estatus social podía aspirar a obtener sin ser llamada ramera o vulgar puta, pero todo tiene un precio. Para Gabrielle, el precio a pagar, era volver a convertirse en una jovencita de cierto refinamiento. Aquel trabajo era una bendición que había caído desde el cielo casi por azar. Rechazarlo sería una auténtica locura, además, de que solo con el sueldo de cartógrafa no le llegaba del todo para vivir, muchas veces, a final de mes, se veía teniendo que pasar alguna que otra semana sin comer pues de no pagar el alquiler de su pequeño piso, acabaría en la calle y aquello era algo que no podía permitirse. Si a eso se le sumaba que siempre le tocaba pagar por los materiales necesarios para dibujar, acababa siempre sin ningún ducado con el que poder comprar algo que levarse a la boca. La vida de una joven de clase baja en Venecia no era precisamente fácil y por ello, cuando una oportunidad como aquella se le presentaba, no podía rechazarla.

 Se había hecho con un sencillo conjunto de dos piezas, que iban unidas con cierres a presión escondidos bajo la ropa. Era blanco, con un delicado bordado en el corpiño, blanco también. Se ajustaba a la perfección a su figura y resaltaba su figura y sus jóvenes senos. De todos los vestidos que podría haber elegido, aquel era el más cómodo que jamás podría haber encontrado. La tela era suave, pero de buena calidad y la caída de esta misma no era muy pesada, por lo que podía moverse con total facilidad. El corpiño, con pinzas que ayudaban a realzar su busto, apretaba lo justo y no le robaba el aliento; y en cuanto al calzado, puesto que no era muy alta, la mujer de la tienda de segunda mano le había regalado unos bonitos zapatos azules con tacón, eran altos pero no incómodos por lo que cuando Gabrielle andaba, no parecía un pato mareado, de hecho parecía casi hasta elegante. Cuando contempló su imagen en el espejo, antes de emprender camino hacia una nueva etapa de su vida -muy parecida a una etapa pasada-, no podía creerse que aquella hermosa joven de mejillas sonrojadas, pelo oscuro sujeto por pinzas en un bonito recogido, labios rosados por el carmín y figura estilizada era ella... llevaba mucho tiempo sin ver a aquella Gabrielle, y en cierto modo la había extrañado.
 
  […]


 
Deux et Épicé

  Contempló aquel magnífico edificio casi embelesada, cualquiera diría que aquello era una casa de cita o más bien de rameras, si se hablaba con propiedad. Estaba decorada con una exquisitez envidiable, era capaz de embriagar los sentidos con aquellos colores, con la elegancia que desprendía y claro está, con las hermosas y excepcionales mujeres que allí trabajaban. La fiesta, el jolgorio y el exceso abundaba por cada esquina, el placer y el deseo, el desenfreno. Hasta incluso aquellos sentimientos tan básicos parecían elegantes y concordes a la ocasión en aquel lugar.  La joven de sangre mestiza había estado solo una vez en un sitio así, al menos que ella recordase, y aquel lugar había sido su hogar durante unos cuantos años. Era imposible que no se volviese a sentir como en casa en un lugar como aquel. Una sonrisa de felicidad se dibujó en su rostro, llevaba mucho tiempo sin sentir su corazón saltar de alegría como en aquella ocasión. Casi deseaba echar a correr por aquellos pasillos y desentrañar todos los secretos que ocultaba, se sentía totalmente rejuvenecida.

Avanzó por los pasillo, con el bajo de la falda levemente levantado con delicadeza por sus pequeñas manos. De aquella manera no tropezaría. Esperaba que su llegada a aquel lugar fuese algo así como una bienvenida frívola y sin armar mucho escándalo, pero cuando uno deseaba una cosa parecía que el destino hacía totalmente lo contrario. Para cuando quiso darse cuenta se vio en vuelta en un enorme revuelo, estaba en una encrucijada. A decir verdad se había perdido por la mansión, nadie le había dado ningún tipo de explicación por lo que había comenzado a andar sin rumbo alguno con la esperanza de encontrarse con alguien que pudiese ayudarla... y tal y como deseaba, acabó rodeaba por un tumulto de gente de exclamaban en susurros bastante sorprendidos por lo que estaba ocurriendo. Además, parecían estar todos bastantes alterados, no solo por el hecho del incidente sino quizás, por la curiosidad de saber quién era la nueva misa de la Madame Baker.

   Una joven, no mucho más mayor que Gabrielle había golpeado a un cliente. Gabrielle conocía a la perfección los riesgos que el placer y el desenfreno conllevaban, lo había tenido que vivir en alguna que otra ocasión cuando los amigos de su antiguo amo visitaban su hogar en alguna cena o algún evento especial. Sabía como los hombres podían olvidarse de su naturaleza humana y convertirse en bestias, en animales, sin atender a consecuencias o a lo que una mujer podría desear o no desear. Sabía que estaba mal, que aquella actitud era muy poco caballerosa, pero a ellas como mujeres que se dedicaban a complacer a toda clase de hombres, no les quedaba otra opción que aguantar el tipo y tratar de llevar la situación lo mejor posible. Gabrielle, en pos de ayudar a la joven y por calmar un poco el ambiente dio un paso al frente, dejando caer con elegancia el bajo de su falda. Tomó la mano de la joven entre las suyas y sonriendo a aquel hombre de manera juvenil se disculpó en nombre de la muchacha, no la conocía y no sabía si aquello le sentaría bien o no -sabía cómo podían llegar a ser las mujeres, envidiosas y celosas, pero ella lo hacía con la mejor de las intenciones-, pero era lo correcto. Pronto la multitud se calmó y poco a poco fueron abandonando el lugar.

 - Disculpe el haberme entrometido, pero no pude refrenar mi instinto de venir a ayudarles con su pequeño inconveniente. Espero que puedan perdonarme. -Les dedicó a ambos una reverencia grácil, como si llevase practicándola durante toda su existencia. Su voz sonó dulce, amable y risueña.- Me presentaré, mi nombre es Gabrielle Mori. Pero pueden llamarme Gabrielle, un placer conocerles.

 Ya que había tenido que tomar partido, que menos que presentarse y pedir disculpas. Sería de clase baja pero había sido educada para aquello por uno de los mejores, su vida había estado dedicada a complacer y desde que era algo que se le daba tan bien, a parte del dibujo, debía aprovecharlo. Le encantaba que los hombres la mirasen, la contemplasen y halagasen, le gustaba complacer a los hombres con todo cuanto tenía y  además, le encantaba la vida en comuna con otra mujeres, sobre todo si estas acababan tratándola como a una hermana pequeña -que era lo que solía pasar-. Estaba hecha para aquello, la cartografía era más como un hobby una profesión que se buscó para poder sobrevivir en aquel cruel mundo que era Venecia, que no tenía piedad ni con los más débiles pero en aquellas paredes, con aquella gente, tenía una oportunidad para huir de la miseria. Debía causar buena impresión, ganarse a todos los que frecuentaban el lugar, a sus habitantes y a la dueña, a la cual aún no había tenido el placer de conocer. Si quería sobrevivir, debía ser una más. Come o serás comido ¿Era eso lo que se decía en aquellas ocasiones?

  Era nueva en el negocio, sí y sabía que su incorporación llamaría mucho la atención al menos los primero días, pues era la novedad, pero pronto acabarían por acostumbrarse. Aunque, puesto que había conseguido uno de los puestos más elevados en la mansión, dudaba que fuese a pasar desapercibida. Tenía ganas de conocer a las otras musas y aprender de ellas, eran veteranas y podrían enseñarle todo cuanto debía saber, de aquella manera estaría a la altura. No quería ser altiva , ni narcisista, era lo que era. Una joven de baja cuna, pobre, con algún que otro don y una bonita cara. Aquello era lo que vendía y por qué no aprovecharlo ya que era su punto fuerte.

 Deux et Épicé, eso era lo que ansiaba y ya podrían decir lo que quisieran los más envidiosos, pero no conseguirían echarla de allí. Se había propuesto dar la talla como musa y así sería, era Gabrielle Mori, había vivido con un noble Noruego como parte de su harem, había sobrevivido de su propio trabajo y además ahora había conseguido el trabajo que le venía como anillo al dedo. No conseguirían deshacerse de ella tan fácilmente, era una rata callejera, pero una rata con estilo y educación.
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Re: Oda a las Musas —Gabrielle Mori

Mensaje por Aphrodite J. Pierce el Mar Abr 12, 2016 9:29 am


Oda a las Musas
                                           Recoges los pliegues del vestido con la punta de las yemas, levantándolo cuidadosa para no ensuciarte ni caerte con los bordes del mismo, roza tus tobillos, exponiendo unos calzados que atrapan completamente ésos pequeños pies que muchos alaban. En el dorso, poseen un precioso y diminuto moño. Una decoración encantadora.

    Tanto, tú como tu compañera, recorren los pasadizos de la mansión mientras otras les acompañan en la moción, las que están dentro de las habitaciones, no desearon asomarse. El júbilo ardiente de una rutina nocturna no debe detenerse por un percance, en cambio, las que están libres, si se manifiestan despabiladas. Un nuevo chisme siempre es bienvenido.

     La cabellera baila al son de una corrida estrepitosa, no te cansas ni te agitas. Suficientemente ágil para adentrarte al cerrado tumulto de mujeres delante de una las habitaciones, por ende, sin ser hosca, las separas unas a las otras, procurando no ser impertinente y te cedan el paso de la manera más pacífica. Siendo quién eres, ni necesitaban que emitieras de tu carnosa boca un “permiso”, ellas se deslizan como cortinas de seda, corriéndose a un lado para dejarte ser parte de una insólita situación —de la cual, la líder mafiosa mejor no debería de enterarse—.  

    La escena cobra coherencia cuando tus orbes oceánicos descifran un hallazgo indudablemente excepcional, o mejor dicho, impresionarte en detalle ante la presunta damisela que ha socorrido a una de las cortesanas que lleva dos meses dentro de la mansión del placer. Abres tus ojos en par en par; conmovida y orgullosa, dejándote maravillar por la sensación de que no todas son unas arpías ambiciosas. Luego observas de refilón al cliente, éste rompe su orbita de paciencia, bufa; expresa una notable furia que reprime dentro del pecho, capaz de alterar el buen ambiente heroico únicamente con la intención de reclamar sus derechos.

    —Nadie ha pedido tu maldito nombre. —Encaró prepotente—. Yo no les pagó para rebelarse y no acatar mis deseos, ¿o no se trataba de cumplir mis fantasías?  —Su mirada rugió contra la pobre prostituta, dónde apenas verte, se refugió a tus espaldas, escondiéndose de una energía volcánica a punto de erupcionar.  

    Es allí dónde tomas un papel: El de arbitraria. Ser neutral en una situación delicada. “Lo has hecho bien”, piensas, “sólo que no podemos dejar de lado la palabra de quién da de comer a tus compañeras.” Porque éste es tu don, ser conciliadora y diplomática, obrar en la justa medida. Das un paso al frente, las demás dejaron de juzgar en susurros y el silencio exorbitante primó, tu voz se volvió de inmediato el foco de atención:
    —En representación de todas las cortesanas, y de ésta casa, también os pido disculpas. Espero no tomé represalias contra nuestra querida Frederika, lleva poco tiempo aquí. Por ello no conoce vuestra fama virulenta —haces una enigmática reverencia de señorita, elocuente en el habla—: Asumiré las responsabilidades por ella, signore. —No evitaste pensar, que en realidad ninguna jamás hubiera hecho lo mismo, que aquella intrigante fémina de cabellera azabache. Han venido aquí a verla directamente a ella, a una musa de facciones trazadas con una dulzura cósmica, serena y refrescante. Sí, comienzas a creer que es a quién buscabas.

   —Eso espero. En cuanto a ti —observas como señala a Gabrielle despectivo…

    Le interrumpes antes de que se le vaya la boca.
   —En cuanto a ella, es la nueva musa de la casa. Una adquisición que puede escapársele de las manos —formulaste una sonrisa dócil, tomando del hombro a la muchacha para alejarla de aquél intoxicante ser. Aparentemente le has cerrado la boca, pues los nuevos no conocen a fondo las reglas, y cuando la competencia resulta tan feroz, ninguna le explica a la otra cuales son. Se alejaron lo suficiente para perderlo de vista, en tanto, la mujer que desde un principio te acompañó, comenzó a carcajear disparatada.

     —Se fue con la cola entre las patas. Pobrecillo... ¡Que va! Se lo merecía por gorila.

      —No ha sido culpa: Ni de Frederika ni del cliente. Ninguno sabía la condición del otro —anuncias, marcando un paso danzarín—: Veréis que ambos dejarán aflorar la química. Ella querrá llegar a su altura, a aprender a lidiar con su temperamento de mil demonios. —Ladeas el rostro, prestando atención a la nueva, viéndole con curiosidad el perfil—: Me ha sabido mal que en vuestro primer día haya tenido que ser parte de un acto grosero, Gabrielle. Os pido también disculpas. —Detienes el ritmo de la marcha, poniéndote delante de ella y plantarle cara con una alegría inmensa—:  Mi nombre es Aphrodite, musa de la elocuencia, un placer conoceros al fin —tomas sus manos, hay regocijo y cariño en la tomadura, dibujando una expresión que inspira confianza. Se te escapa una pequeña risa—:  ¡Tengo tanto que enseñaros!

    —Yo soy Lucrezia, musa de la historia —acota con una parsimonia exagerada—. Cada una tenemos una ocupación en específico, cómo también un nombre artístico que nos corresponde.

    Pese al seudónimo italiano, proviene de las heladas tierras rusas. Se casó una vez con un obrero de industria textil, pero fue traicionada al descubrirlo en brazos de una camarera de poca monta. Deseó reclamarle la infidelidad, al final, éste sin vergüenza le privó de todas —que no eran muchas— sus cosas. La tiró a la calle como un perro inútil, desde allí tuvo que aprender a sobrevivir por su cuenta, apaleada incontables veces por el frío que entumeció su cuerpo. Fue el esposo de Sabine quién la recogió en un atroz día invernal. Enseñándole todo lo que se necesitaba saber para ser una verdadera dama de compañía de alto rango sin embargo, los viejos hábitos no se quitan de un día al otro. Y cuando se trata de una muñeca tan rota, no se puede mejorar ni reparar, pero sus habilidades, la hacen idónea por su aplastante resistencia en las relaciones de sadismo; Siempre hablará con astucia y contará con una mente perspicaz para la política, por esto la convierten en una compañera instruida para las reuniones de negocios. A pesar de todo esto…

     —No te preocupes por haber dicho ates tu nombre a la ligera. Un error de novata lo tiene cualquiera.

    Es una mujer insensatamente competitiva.

    —A mí me encantaría ayudarte si no tienes uno… —de nuevo la tomas de las manos, llenándote de euforia—: Oh, Gabrielle, te vamos a bautizar. ¡Qué honor! —Muerdes tu boca, era la primera vez en mucho tiempo que sientes tanta familiaridad con alguien. Se acercan a un cuarto próximo, manteniendo una cautela sigilosa—: Debe de ser especial e inolvidable, un ritual definitivo en el qué te hará formar parte de nuestra familia.                   


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Re: Oda a las Musas —Gabrielle Mori

Mensaje por Gabrielle Mori el Miér Abr 13, 2016 1:10 pm


 “Una mujer valiente, con el don del habla y hermosa es mucho más poderosa que cualquier golpe que un hombre pueda dar con su mano desnuda.”

  Sus labios se vieron enmudecidos por la intervención de un ser cuya presencia parecía sacada de algún mito o leyenda de fantasía. Aquella hermosa mujer de cabellos rosados fue todo cuanto Gabrielle pudo contemplar cuando fue en su ayuda, le dio exactamente igual lo aquel hombre estuviese diciendo sobre su persona o si la joven había conseguido o no arreglar el inconveniente; todo en cuanto podía pensar era en la exótica belleza de aquella mujer. Sin duda alguna, debía ser una musa. Su elegancia, su elocuencia y su desenvoltura, era todo cuanto cualquier hombre podría llegar a desear. Por un momento sintió envidia, le encantaría ser como aquella mujer, única entre las de su clase. Se encontraba completamente embelesada por aquel hada, tanto era así que incluso ni se percató del silencio sepulcral que ahora reinaba, ni si quiera pudo darse cuenta de cuando todo aquello puso término y por fin todo volvió a la normalidad. Sí, aquel había sido un encuentro cuanto más escabroso y quizás debería haber puesto mucha más atención a sus actos y a como resolver los problemas por allí... pero le era imposible pensar en nada más que no fuese en su nueva compañera.

 Finalmente, un roce, suave, casi como de algodón rompe el hechizo en el que la joven de caballeros azabaches se encontraba aprisionada. Sus ojos observan como el hombre que hasta momento antes había tratado de golpear a una de las cortesanas, se va por donde ha venido. Ahora, se encuentra entre los brazos de aquella mujer que tanto había atrapado su atención, esta le había salvado de recibir un golpe o quizás algo peor. Le debía una disculpa y un gran favor, trataría de hacérselo saber cuanto antes. Era lo menos que podía hacer por su heroína.

  - No se preocupe, Madame, soy yo la que debe pedir disculpas por mi intromisión tan descortés. Al fin y al cabo, acabo de llegar y no conozco las normas ni las relaciones en este lugar. Así pues, permítame que sea yo la que deba pedir perdón. - Al haber parado la marcha, que su nueva compañera había iniciado, aprovecha la ocasión para dedicarle una bonita reverencia con la cabeza. Un paso que parecía casi de bailarina. Sus ojos, oscuros, enseguida se encuentran con al serena mirada cristalina de Aphrodite, no puede evitar sentir una sonrisa creciendo en su boca. Se siente igualmente emocionada y alegre de haber podido encontrar a alguien tan amable y amigable como ella. Para ella iba a ser un enorme honor compartir su trabajo con una compañera tan hermosa e inteligente como lo era aquella joven.- Es un placer para mi el de conoceros, Aphrodite. Como también lo es el de teneros a mi vera como compañeras. Me llena de orgullo y regocijo poder aprender de mujeres tan hermosas y valientes como ustedes, prometo ser buena aprendiz. Prometo hacer que se sientan orgullosas de mí, como diosa de la comedia que seré.

 Si dirigía a ambas con total y absoluta educación y devoción. Aunque realmente hacia quien quería dirigirse era hacia Aphrodite, aquella que había tomado sus manos entre las suyas con delicadeza y decisión, con cariño y fraternalidad. Era aquella mujer la que le hacía sentirse como si encajase en un lugar tan grande y elegante como era Deux et Épicé. Tenía la sensación de que acabarían llevándose espléndidamente. Era una pena que no pudiese decir lo mismo de Lucrezia, notaba en su mirada la competitividad y la envidia. Aquella actitud despectiva no agradaba a Gabrielle en lo más mínimo, pero conocía ya el sentimiento y como tratarlo. En sus años como dama en el harem de su antiguo señor, había tenido que lidiar con celos y envidias como la que aquella mujer sentía. No era de extrañar, al fin y al cabo, ¿A quién no le gustaba ser el centro de todas las miradas de hombres nobles y apuestos? Muchas opinaban como aquella Lucrezia, aquello era una carrera por la supervivencia y a cuantas más te comieses, más posibilidades tendrías de alcanzar tu propósito. Pero para la Gabrielle, utilizar a los demás como medio y no como fin era algo descortés y egoísta. Ella solo quería hacer su trabajo lo mejor posible, complaciendo a sus clientes que era a lo que iba y sin dañar a nadie en su camino a ser posible. Quizás pecaba de inocente y alma pura, pero de no ser así, no sería ella misma.

- Sería todo un placer, Aphrodite que usted sea quien me ponga nombre.- Casi saltó de alegría al pronunciar aquellas palabras, apretando con suavidad sus manos como símbolo de correspondencia. Poco después, siguió sus pasos de nuevo, completamente absorta en su manera elegante de moverse. Era casi como si flotase. Era realmente encantadora.-  Permitame añadir, que el honor de ser bautizada por usted, es total y absolutamente mio. Gracias, por dejarme entrar en vuestra familia y darme una bienvenida tan encantadora y entrañable como esta. Me hacéis sentir como en casa y eso es algo, al igual que su ayuda antes ahí fuera, que no podré agradecerle nunca ni con palabras ni con actos.
 
  Al adentrarse en una sala completamente vacía, aprovechó la ocasión para abrirse un poco más a ella y adoptar una postura mucho más cercana. Tomada de su mano, sonriente y feliz no podía imaginarse un lugar mejor al que pertenecer. Quizás su postura gentil y amigable no iba a ser muy popular, podría parecer forzada tan solo para ganarse el favor de todos. Quienes pensasen así de ella estaban totalmente equivocados, y quizás deberían tomarse el tiempo necesario para conocerla, comprobando que era tan pura de alma como de intenciones. Era una muchacha viva y risueña, con ganas de vivir y experimentar, que tan solo ansiaba poder encajar en alguna parte de nuevo. Quizás no sería elegante o elocuente o inteligente o hermosa como sus compañeras, pero sabía que era capaz de todo cuanto se proponía.

 De la mano de Aphrodite, aprovechó el apoyo para girar sobre si misma un par de veces y después, hacerla girar a ella, pudiendo contemplar una vez más la belleza que aquella mujer desprendía por cada poro de su piel. Se había convertido en su modelo a seguir . Estaba emocionada, nunca había sido bautizada y jamás había tenido una amiga o una hermana en al que confiar. Aquel ser de preciosos ojos zafiros y sonrisa embelesadora, había conseguido ganarse a Gabrielle enseguida y hacía sentir a esta, como si entre ellas pudiese existir algún tipo de conexión que acabaría uniéndolas. Ella no podría llegar a su nivel, al fin y al cabo era una chica de la calle, pero sabía que a su lado podría llegar a ser grande y de nuevo, feliz.
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Re: Oda a las Musas —Gabrielle Mori

Mensaje por Aphrodite J. Pierce el Vie Mayo 13, 2016 4:10 am


Oda a las Musas
                                   ¡Es una fascinante dama! Un pálido reflejo de ti misma cuando también fuiste nueva, en éste irreal mundo del placer. Giraron, reíste conmovida, atrapada en la vitalidad que te compartía sin esfuerzo. Disfrutas, estás cómoda con su presencia y sobretodo, la acoges con amor fraternal, de una hermana mayor que la va a proteger; consistente en que ése extraño fervor que se infla en tu corazón, es totalmente sincero, casi acuñando un secreto y receloso cariño.

     Entraste enérgica, desprendiendo un aura de paz y tranquilidad demasiado expuesto, sin ocultar el naciente querer de peinar aquellos cabellos azabaches de la nueva cortesana. Lentamente, buscas darle un espacio reconfortante, advirtiendo de las cerradas cortinas de seda, y las sillas que están frente a un gran retocador.

    Lucrezia, en cambio, admira todo con celos silenciosos. ¿Cómo es posible? Su mirada se desviaba, enfriando la habitación en sus pasos sujetos a un andar firme, escueto y cortante. Los tacones hacen eco, en una irritación que proviene de una mujer que desea rugir y dar lucha, posicionarse incluso como una de ésas valquirias nórdicas.

    Tu risilla y expresión apasionante, desciende para observar a la compañera de notable actitud crispada, te acercas a ella para apaciguarla en un susurro calmo:  
    —Te necesito. —No bastó más para hacerla sonreír, ella también deseó sentirse importante y apreciada, lo comprendes bien. Tanto rechazo por parte del mundo, la transformó fría en emociones, y tú, recatada, das un amor justo, a proporciones iguales—: Creo que… —juntas tus palmas, como si fueras a efectuar una oración ante Dios—: Bastest os quedaría excelsamente. Es una diosa exótica de las desérticas tierras de Egipto, que os pega muy bien, Gabrielle. Es pacífica, y sobretodo, una deidad de la felicidad y la armonía. —Te acercas para darle un mimo a su mejilla, extendiéndola hasta la punta de su nariz.

    —Yo pensaba en Selene —opinó la segunda musa, sonrosada, comenzando a ser afectada por la compañía de ambas, cuestión que le daría vergüenza admitir, ya que, existe una energía musical que contamina el aire—: Pero Bastet es precioso.
                      


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Re: Oda a las Musas —Gabrielle Mori

Mensaje por Gabrielle Mori el Lun Mayo 16, 2016 6:04 pm


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na nueva vida había comenzado para ti, acababas de llegar y ya te sientes como en casa, arrullada por dos protectoras y hermosas hermanas mayores. La habitación rebosa de un ambiente repleto por una musicalidad tan dulce y fraternal que cualquiera que entrase se vería arrastrado por aquel sentimiento abrasador. Tus ojos lo observan todo con la misma luz con la que un recién nacido ve el mundo por primera vez. Aquella habitación llena de lujos propios de una princesa te parece casi de mentira, hacía meses.... no, años, que no veías algo así y no podías evitar sentir añoranza y una leve sensación de deja vú.

 Te dejas mimar y cuidar, hacía demasiado tiempo desde la última vez que alguien te tocó de aquella manera. Habías pasado demasiado tiempo sola, trabajando sin poder cuidar de ti misma y que ahora la atención estuviese posada en ti por completo por dos mujeres como aquellas, henchía tu alma y tu corazón de amor. La sonrisa no se borra de tu rostro y saltas, rías y das vueltas con ellas. Sus palabras te llenan. Su cercanía es indiscutible y pese a que la segundo musa pudo parecer reticente a tu compañía en un principio, pero ahora, embriagada por tu energía y la de la pelirosa, no podía evitar unirse a vuestra armoniosa reunión.

 - Bastet, escuché a mi antiguo dueño hablar alguna que otra vez sobre deidades egipcias. Bastet era una de sus favoritas, la diosa gato. Es precioso. Me encanta.- Te dejas hacer arrumacos, sonrojándose tus mejillas por aquel contacto tan suave. Pero no quieres parecer desinteresada por la otra mujer que también ha aportado su palabra para ayudarte. Te separas de Aphro dando pequeños saltitos y la tomas por las manos, has notado que es una mujer que aparenta ser fría de corazón y un tanto celosa; como es normal en muchas mujeres. No conoces su pasado ni qué razones la llevaron a ser así, pero eso no te importa, harás todo cuanto este en tu mano para que se sienta a gusto en tu compañía. Le regalas una reluciente sonrisa infantil.-  Selene también es precioso, es una de mis diosas favoritas de la mitología griega. Habría sido un placer llevar dicho nombre, pero Bastet me puede... me recuerda a mis orígenes, espero que pueda entenderlo.

 Arrastras a la mayor tras de ti hasta el tocador situado a un lado de la habitación, deshaces tu simple recogido con facilidad, olfateas tu propia melena que había acicalado tras el baño de sales, huele dulce y fresco. Te sientas y  tus ojos miran de reojo a la otra, esperando a esta esté dispuesta a aceptar dicho gesto. Tu intención es sencilla, solo quieres que no se sienta excluida de tanta alegría y deseas con ganas que peine tus cabellos como una hermana mayor harías. Buscas un cepillo, encontrándolo con una mano se lo ofreces con una sonrisa en los labios. Tu rostro se ilumina cual relámpago en medio de una tormenta; tu rostro casi puede recordar al de un bebe, de mejillas sonrojadas y regordetas, ojos brillantes y sonrisa inocente. La mayor no podrá resistirse a semejante acto puro de corazón y sientes un placer inmenso cuando sus manos comienzan a pasar por tu pelo.

 - Gracias, Lecrezia... espero que podamos llevarnos todas bien. Para mi esta es una oportunidad única y deseo que puedan sentirse orgullosas de mi.- Todo te parece casi irreal, no creíste acabar de aquella manera ni mucho menos que tu primer día en la mansión iría tan bien. Quizás realmente tengas un don.- Soy buena aprendiz, aprendo rápido y trabajo duro. Enséñenme todo aquello que sea necesario para estar a al altura, se lo suplico... sois todo cuanto tengo ahora mismo.

La escena es imponente e inimaginable, tres de las mujeres, posiblemente, más deseadas de Venecia y no precisamente por sus riquezas, juntas en la misma habitación; hablando de fraternidad y amistad como si en aquel mundillo de excesos fuese posible tal unión. Quizás muchos dirían que no, sin embargo, ellas saben de sobra que puesto que esto es todo cuanto tienen; pero se equivocan, no siempre la competitividad es lo que prima en la psique de una mujer, como seres humanos que son también necesitan de compañía, de apoyo y de cariño, y aunque su trabajo sea satisfactorio a veces es bueno tener una buena amiga a tu lado.
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Re: Oda a las Musas —Gabrielle Mori

Mensaje por Aphrodite J. Pierce el Sáb Jul 16, 2016 1:50 am


Oda a las Musas
   Poseer hermanas parecía un sueño casi ridículo, ya que muchas veces has oído de terceros que ellas nacen para convertirse en una aliada, o una enemiga. A veces son ambos casos, pues hacen de los estrechos lazos, un enigma universal. Una relación que nadie puede comprender, porque va más allá de lo sanguíneo. También es espiritual. Por eso, te has acostumbrado a la idea que todas allí eran una familia, bajo el ala de la matrona Baker.

    La energía de la habitación es una fecundante cascada que esparce su frescor y natural belleza. Allí adentro, protege a las ninfas juguetonas, ellas danzan vivazmente en un círculo ingenuo, mientras afuera, les espera los lujuriosos sátiros, aquellos que sólo piensan en introducirse bajo sus aclamados sexos.

    —No necesitas mi aprobación… Ya estoy orgullosa de ti, Bastet.

    Tu voz envuelve sinceridad, lisiando el largo cabello de manera enigmática, lo añoras con una magia invisible y aprecias a la joven promesa. Te agrada su textura, su aroma y tinte.

    Suavizas las facciones, y bates tus pestañas cuando hallas delante de ti a una ansiosa alumna: —No sé que podría enseñaros… —murmuras, casi apenada y correspondiendo un rubor repentino—: Es la primera vez que alguien quiere ser mi pequeña aprendiz… Intuyo que eres astuta y observadora, podrás acoplarte bien a cualquiera que desee una noche vívida a tu lado. Las primeras veces son la prueba de fuego. Cada cliente es un mundo aparte, pero, cuando se hacen cotidianos los conoces como el mismo libro que lees cada noche antes de dormir.

    Besas la corona de su cabeza, mientras Lucrezia se hace cargo de seguir peinándola. Te preocupó un momento de dejarla con ella, pero, confías en que a solas se conocerían mejor y dejaría de lado las necedades después de tanto tiempo en guerra con las demás cortesanas.

     —Me encantaría seguiros acompañando, pero un buen caballero vendrá pronto. Me han dicho que se casará [1], y ésta es su noche de despedida. —Y debes admitir que te sentías algo nerviosa pese a no aparentarlo, tu sonrisa lo esconde mientras, con algo de pesar dejas a las damiselas en silencio.

Nota:

[1] El cliente es Tristán. Ya que estoy, uso ésta excusa para salir del tema.

                           


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Re: Oda a las Musas —Gabrielle Mori

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