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Bella, como Un Pecado.

Mensaje por Franz von Habsburg el Lun Abr 25, 2016 8:40 am

BELLA, COMO UN PECADO
«Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche.»

                          El frescor de una brisa primaveral, me acaricia casi entorpecida, las mejillas acicaladas. El cielo advierte copiosas precipitaciones de lluvia, no hay que ser inteligente, los nubarrones proclaman el firmamento azul y lo tapan de un color gris tormenta. Lo hallo artístico, con su aroma a humedad y temperatura cándida, contemplando nítidamente el reflejo de una vecindad que se plasma en el río que fluye bajo los canales venecianos. Lamentablemente, para quién me acompaña —un sirviente de bajo escalón—, no parece pensar precisamente lo mismo. Se queja incansablemente en voz baja, preguntándome de vez en cuando en su mentalidad de primate descolocado: “¿Está seguro de salir, señor? ¿Está seguro?” Naturalmente, lo encuentro cansino, pero no está en mí reprochar la estupidez ajena ya que, la indiferencia y el silencio desconcertante que le ofrezco al otro, le hace comprender —aunque sea de un entendimiento tardío—, que mis pasos no  van a detenerse, ni retrocedería para regresar a mis deberes diplomáticos.

    Estábamos tal vez por la cuarta recorrida, visitando tiendas para damiselas que aspiran al glamour de la época. Incluyendo a mi hija, quién es una víctima de la moda parisina y las últimas tendencias europeas. Más, lo que he visto, lo he tildado de exagerado y estrafalario, llamándome poco la atención de aquellas que se esmeraron en convencerme de admirarlas con lascivia maléfica. Ni siquiera se atrevieron a preguntar, para quién estoy buscando el vestido, provocándome un rechazo despectivo a cada una de éstas indeseadas. Pues sí, poseían cuerpo virgen, pero mentes de putas.

     Así es: Putas, no cortesanas. Vea la diferencia.

    —¿Y sí entramos aquí, mi señor? —objetó indulgente—. Parece que tienen buena mano para los diseños, a su hija creo que le encantaría.

    La pregunta provoca que rompiera el ritmo de una caminata presurosa, por ende, no pude más que observar las muñecas-maniquíes desde la entrada de aquella tienda. Le di mi severa aprobación, únicamente por la fatiga de una búsqueda incansable.

    —Si ella no hubiera despedido imprudentemente a su modista, no estaría perdiendo mi tiempo en recorrer toda Venecia por un par de vestidos. —Sí. Pude habérselo encomendado a la nodriza, o a quién fuera, pero no podría permitir que desperdiciaran mi dinero en inmundicia o, lo que se presuma “de la élite” cuando no lo es. Entonces aquí he de estar, pagando un sacrificio en pos de una atención merecida a una niña mimada. Mi niña mimada, por supuesto.

        Entré sin desear una calurosa bienvenida, mientras más desapercibido éste, menos tiempo llevaría la compra. Pero las damas de allí dentro, no se esperaron ver a un hombre trajeado y galante en un lugar como éste. De inmediato sentí los susurros a mis espaldas: “Debe estar buscándole un vestido a su amante”. Un claro ejemplo de una mente que no le falta imaginación y prejuicios. Las ignoré fríamente, ubicándome frente a los diseños con exquisitos tallados. No es suficiente. Necesito la opinión de un ojo conocedor, de buena referencia y para nada despreciable a mis sentidos, casi imposible estando en una cueva de arpías y serpientes. Por un momento creí que alguna iba a morderme, de todas maneras sonreí, permitiéndome dejar al descubierto un gesto altivo.

      Mis ojos amatistas, ocultos bajo unos anteojos oscuros, se voltean para ver quién está a mi lado, donde por un motivo excéntrico que escapa de mi entendimiento, os dirigí la palabra—: Milady —dije en leves susurros, mancillando disimuladamente tu oído diestro, con el propósito de mantener una intimidad recatada—: ¿Podría ayudarme? —educado, pero atrevido. El perfil de tu rostro apenas y poco lo admiraba, sin embargo, lo que encontré: Me gustó. Sintiendo como un campo de rosas se estampa descaradamente en mi nariz, y ante el mínimo roce de pieles y cálidos alientos, me altera la sangre; tal así que me sentí aturdido. En la brevedad, desperté del trance: —Busco vestido idóneo para mi hija, mas, no sabría decidir. —Verás que no aguarde por respuesta, me adelanté al sí, haya o no existido negación a mi auxilio.



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Re: Bella, como Un Pecado.

Mensaje por Ekaterina O. Ivanova el Lun Abr 25, 2016 6:24 pm


I just died in your arms tonight


El atardecer empezaba a caer como miel fundida. Impregnaba con su color característico todo el cielo, engullendo el azul que convinaba con el agua de los canales. Todo se tiñó, entonces, de un anaranjado rojizo intenso y pasional. Ekaterina no había visto nunca algo tan hermoso. En Rusia el frío siempre abrazaba con púas en el agarre para hacer huír a su gente, que se escondían dentro de sus casas a la orilla de la chimenea. Claro, aquellos que pudieran permitirse alimentar un fuego lo suficente eficiente como para calentar a toda una família entera, noche tras noche. Sus ojos verdes fueron salpicados por aquellas tonalidades traídas de ensueño, chispoteando en sus pupilas como dos llamaradas de ardiente candela. Y, a pesar que la oscuridad estaba al llegar, Olya podía pasearse por las calles sin necesidad de cordarse su caperuza verde veronés.

Caminaba distraída sin delirios de grandeza en la mirada. Se había decidido por pasearse como una mera ciudadana, olvidando y dejando atrás a Amadeus y su bastarda, sus aventuras y sus mentiras. Aquella tarde haría dos meses que se había marchado, esta vez sin desearlo, a prisión. Sin embargo la mujer seguía enfundada en la ira penosa, herida de cuando él decidió fugarse. Y parecía que Olya no recordaba quién fue quien le dio el permiso para tal. Era una maraña de sensaciones que la incomodaban y que no la dejaban quién acostumbraba y gustaba ser. Había sucedido todo demasiado rápido. Él se había atrevido a irse sin firmar los papeles, encarcelándola en Venecia como si llevara una cadena en los tobillos, atada y atrapada. ¡Pero qué diferencia habría, si ella había estado prisionera del amor insano que le latía bajo el pecho! Allí donde escondía, como las criadas el polvo debajo de la alfombra, las mismas infidelidades, pecando por la lujuria que al matrimonio sacudía. Una y otra vez, como una noria infinita.

Pero ella dejó su alianza junto al corazón bajo llave, en el cajón de los rencores y las dulces amarguras.

La libertad tenía un sabor a menta por su frescor. Olya se sintió renovada una vez entró en aquella tienda lujosa que prometía no tener moda veneciana. ¡Cómo la odiaba, diantres! Estuvo recreándose entre las telas, tocando sus tejidos y bailando de una esquina a otra, revoloteando serena y entretenida, por fin con la mente en blanco. Ni si quiera se había traído a su sirvienta más fiel. Se estaba dando el tiempo que necesitaba; el que le pertocaba. No iba a ser joven eternamente. De hecho, ya estaba en la madurez y a cada minutero la joven presentía las canas y la palidez de sus labios, acostumbrados a ser carmines, más cerca. Era irónico,  ya que al casarse, enfundada en blanco de la nieve, se y le juró que su imagen y belleza sería inmortal.

- Milady - Aquella palabra pareció rozarla, mas no despertarla del sueño en el que había entrado. Se encontraba enfrente de una estantería, acariciando un pañuelo de seda de color cerúleo que llamó especialmente su atención. No, ella ya no existía en aquel mundo; había tomado un pasadizo secreto, había subido unas escaleras hasta el exilio. Mas, trans la insistencia de aquel desconocido -y justo cuando su mano de dedos largos rozó los enguantados de él por accidente- alzó la mirada hacia éste y sonrió con dulzura. - Disculpe, ¿puedo ayudarle en...? - Apretó sus labios tintados de cereza, callándose y observándole con detenimiento. Era un hombre, sin duda, atractivo. Nunca antes había visto aquel tipo de accesorio que él llevaba encima del tabique de su nariz, tomándole por un loco inventor. Ahora que se fijaba y pretendía escucharlo, su voz adulta y masculina le era como rocío para los oídos, atrayéndole y dejándole con ganas de más. Un tono potente, sin duda, aunque estuviera siendo gentil y educado. Ekaterina vió en él el amante con quien muchas veces en sus sueños, si no acudían las pesadillas, se acostaba. Eran imágenes borrosas que, al día siguiente, solía recordar como movimientos de luces opacas; su figura abstracta desnudándose ante el hombre sin rostro dispuesta a que navegara por su cuerpo, saboreando su piel salada y aterrizando sobre su orilla. - ¿Podría ayudarme? Busco vestido idóneo para mi hija, mas, no sabría decidir. -

La rusa gozaba de un rubor ténue en sus pómulos, haciéndole parecer más joven de lo que realmente era. Asintió cuando asimiló sus palabras, recomponiéndose de haber estado oyéndole sin escuchar, mordiéndose el labio inferior y llevándose de forma intuitiva la mano sobre el vientre. Ella no era madre, era cierto; pero una vez fue una mujer apasionada por los vestidos, una que se preocupaba por su imagen y la elegancia máxima; encontrarse pulcra y bella hasta para mandar al criado comprar pan. - ¿De qué color tiene los ojos y el cabello, su hija? Las mujeres, antes que nada, debemos fijarnos en los tonos que nos visten, para realzar los que Dios nos ha dotado por naturaleza. - La devota sonrió con cierta diversión, llevándose el índice y el dedo corazón a la boca para morder suave la punta de éstos, pensativa y ligeramente erótica. - Si es rubia, el verde le quedará precioso, pero sólo si tiene los ojos azules. Si es morena o pelirroja, los colores más intensos como el amarillo, el naranja y los marrones.  -

Siguió hablando sobre qué colores combinaban con cuales, mirándole de reojo de vez en cuando. Tenía curiosidad por saber cómo se llamaba aquel hombre mientras que algo dentro de su interior despertaba la adrenalina, encendiendo sus motores y eliminando por unas horas el nombre de su amado de la mente. Se imaginó por unos instantes una velada pasional y desenfrenada, lejos de la moralidad y la cordura, sin si quiera poder pronunciar su nombre al ignorarlo. Y que sucediera a la inversa también. Que fueran y siguieran, después de todo, siendo míseros desconocidos. Pero tenía miedo de quedar como una maleducada en el caso de no preguntar por su identificación. Ella no quería responder, temorosa de que pudieran reconocerla. En el caso de que Amadeus no se hubiera estado empeñando en hacerla desaparecer, negándole la existencia allí en Italia. Como hizo con su bastarda. - ¿Es usted de aquí, mi señor?

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Frase No hay más dulces cadenas que las que no se pueden romper.

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Re: Bella, como Un Pecado.

Mensaje por Franz von Habsburg el Miér Abr 27, 2016 1:44 am

BELLA, COMO UN PECADO
«You have corrupted my imagination and inflamed my blood...»

                          El agraciado contacto produjo un remolino de sensaciones oblicuas, tan inocente, tan efímero que desee mucho más. Oh, sí, mucho más. ¿Te importa si digo que te lo haría aquí delante de éstas impuras y así enseñarles, como se forma a una dama? Nunca he sido un hombre de virtudes sanas, lamento informar, retorcido hasta la médula. Mis esposas al menos, ahora que descansen en paz, acababan satisfechas en el lecho para no encontrar otro amante que las consolara. Un ejemplar de marido no permite que la esposa se bañe en los brazos de otro, sería un insulto al orgullo masculino. Yo soy celoso, ¿sabe? Vengativo y rencoroso. No caeré en la pena de la depresión, pero la rabia infumable, me convierte en un loco de cuidado. ¡Figúrese! Podría llegar a rebanar el pescuezo del infame que ose tocar a mi más anhelante compañera, deseando oír el aire cortándose con la espada para arrematar sin indulgencia, la carne y el hueso que une la cabeza cóncava de la víctima. Y sí derramará lágrima alguna la infiel, es porque jamás me quiso, entonces también merecería morir junto al desdichado.

     Tracé un tierno sendero sobre las facciones de tu rostro, benevolente ante una fruta madura en sus años gloriosos. Tus labios, carmines e intensos como la fresa más provocadora, incitó a mi imaginación descarriada, tirando de los estribos para encargarme personalmente de no trastabillar la cortesía y el trato condescendiente. Comprenderás que la apariencia caballera debe sobresalir mucho más que mi maldita aptitud de hombre que roba besos y suspiros, pero esto me está costando. Peligro al ver los destellos de una mirada verde esperanza, un ánimo inocuo que me avisa que aún existen mujeres dignas y recatadas, y que, a pesar de estar esposadas bajo una unión infeliz, bajo sus velos y capas de sobria alegría en realidad aguardan por algo más vivo. Deseando secretamente que las viertan y las cabalguen hasta dejarlas trémulas.

    Tu piel, ¿qué diablos puedo decirte? Inspira al delirio, a desear embriagarse en una oleada aromas cautivantes, lo hace aún intrigante cuando el rubor se pinta en cada mejilla. Ganaba en altura, volviendo la escena encantadora al admirarte desde mi porte gallardo, ensimismado mientras detrás de las gafas disfrazo todos los gestos intensos y concebidos de impuros. Ni la brisa más helada apaciguaría el clamor de un pecho desbocado. ¿Qué es éste sazón de inquietud y miedo? ¡Ah! Sí. He sido provocado, hechizado bajo el encantamiento de una damisela de deliciosas curvas. No, no he evitado inspeccionar aquél par de tributos acolchonados, y oh, gloria a tus progenitores que hicieron nacer a una mujer que merece ser inmortalizada en un retrato barroco… ¿Ves qué has hecho? Has provocado que un honrado hombre pierda el juicio en… ¿Dos, tres segundos? Mereces castigo, el más lujurioso.

    —¿De qué color tiene los ojos y el cabello, su hija? —¿De qué color, dices? Ahora mismo no puedo recordarlo, sólo puedo perderme en el verde claro de los tuyos—: Las mujeres, antes que nada, debemos fijarnos en los tonos que nos visten, para realzar los que Dios nos ha dotado por naturaleza.¡Y qué naturaleza! Sonreí contagiado, humedeciendo la boca que dispara una perlada dentadura, en tanto, atravesé la mano sobre aquél pañuelo que antes habías visto, surgiéndome la duda si es de sensatos comprar un regalo para agradeceros. Pero en cuanto vuelvo a fijarme en ti nuevamente, encuentro una particularidad que me descontroló sin perder el temple… Me metí en ti, te quité ésos dedos de los labios y besé tu boca en un desenfreno. Una imaginación absorta y descontrolada. Ambos lo vimos y nuestros cuerpos saben, que jamás hubo tomadura, ni beso. Nada. Sólo tú y yo en una ilusión mental. [1] Volví en mí, recordando que no es prudente enviarte una sucesión de mis propios y perturbados deseos. ¿Será un nuevo tipo de locura? Deberé investigarlo—: Si es rubia, el verde le quedará precioso, pero sólo si tiene los ojos azules. Si es morena o pelirroja, los colores más intensos como el amarillo, el naranja y los marrones.

     Nervioso. Que curioso, jamás he sentido nervios en mi vida, y ahora mismo me encuentro nervioso porque perdería el juicio. Por una desconocida. Sí… ¿Por quién? No sé quién eres, y sólo sé que quiero arrinconarte. Arrastrarte y descolocarte bajo tus encajes. ¿Qué me estabas contando? ¿Los colores? Oh, sí, que bello color te sentaría el rojo y el morado cuando mis dientes se dignen a morderos.

    —¿Es usted de aquí, mi señor?

    —Nein —respondí sencillo, siniestramente alegre—; provengo de Austria. —Tomé la mano que reposa sobre tu cuerpo, ésta  que con una timidez lógica, se atrevió a rozarme nuevamente. Le dediqué un beso al dorso, receptivo ante una expresión indescifrable, cálida y bañada en coquetería pura—: Por cierto, mi hija es pelirroja, heredó las hebras de su difunta madre. —Expliqué frío, sin desear invocar a la muerta que duerme en su tumba de polvo. No necesitamos de su fantasmal presencia, ni necesito de compasión del prójimo. Me es aberrante al espíritu. Cedí a llevarla caballero por un breve camino hasta los conjuntos para las damas más jóvenes, está vez olvidé un segundo vuestra presencia para ser comedido en la búsqueda de lo que pudiera llamar mi interés lánguido—: ¿Qué le parece ése? —el murmuro os llega en un imperceptible aire, pero os di un tirón y nos obligué a escondernos entre las telas de los rincones más solitarios. Cubiertos del ojo de las más gamberras. La poca resistencia se derritió, aguándose en mis manos, manos que os atraparon y quemaron al mismo tiempo. Os callé con un beso antes de que se apresurase a hablar, atropellé las bocas en una furiosa sed y acabé mordiéndole el labial inferior, impregnándose en los míos el sabor de los frutos rojos. Me separé, regresando a mi temperamento glacial…

     Eso es lo que necesitaba, caer en la tentación.
    —No os voy a pedir perdón por el pecado —dibujé una felina expresión, galante ante todo. La mano reposó sobre vuestra mandíbula, apartando ciertos cabellos revueltos por el apresuro—: Pero vuestra presencia me ha agitado terriblemente… necesitaba del dulzor de vuestro aliento, probar el éxtasis de la boca que me tentó como una manzana. Os mordí, pero ahora no sé si decir que eso ha sosegado mi hambre... Ah, ¿podemos seguir con las compras?

Antes de que te quite el vestido.


Nota.
[1]: Se trata de un poder de comunicación telépatica. Puede leer la mente de Ekaterina y hablarle telépaticamente pero también, inculcarle imagenes desde el psiquis de Franz, por lo tanto, lo que ella ha visto ha sido la imaginación del mismo caballero (?)

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Re: Bella, como Un Pecado.

Mensaje por Ekaterina O. Ivanova el Jue Mayo 05, 2016 6:39 am


I just died in your arms tonight


Los murmuros en aquella tienda empezaron a alzarse entre los ropajes. Las doncellas allí presentes se cuchicheaban en la oreja, mirándoles por el rabillo de los ojos o por encima de sus mancillados abanicos; perdidos y sucios entre movimientos venenosos de labios mentirosos y envidiosos. Sin embargo, pasaban desapercibidos para Olya que, hechizada por aquél desconocido, hacía que su mirada vagara por sus facciones. Su boca quedaba entreabierta por el asombro, y era cierto que él había calado hondo dentro de la rusa. Podría haberse imaginado, si se hubiera dado cuenta, del por qué las ajenas deseaban su muerte. Franz en aquel lugar se alzaba como el amante misterioso que cualquier mujer desearía tener. Sus cabellos azabaches se enmarañaban en delirio, sus manos enfundadas en aquellos guantes escondían armas cargadas de placer y en aquellos labios finos se vertía el elixir en estado líquido; como miel donde Ekaterina quería sumergirse. Aunque fuera sólo por una noche.

No obstante, cuando perdió la batalla contra la moralidad y la castidad, a la cual normalmente se veía atada, fue cuando ambos se tocaron. Y fue un desliz estúpido; casi inocente. Digno de dos adolescentes torpes y mediocres. Pero no lo eran; él era un hombre hecho y derecho y ella, muy a pesar, una fémina comprometida y admirable. Parecían pertenecer a mundos diferentes que se comunicaban por un balcón en común; la fantasía y el coqueteo. Ekaterina se preguntó si él, al día siguiente, le escribiría un poema, exigiéndole saber el por qué le había enamorado. Sí, ella también se lo escribiría y, al terminarlo, lo echaría a la hoguera para resolver sus sentimientos en ceniza que se lleva el viento. Pero era demasiado tarde porque se tocaron. El corazón encabritado de Olya quedó desnudo cuando Franz alzó su mano para acariciarle el rostro y, en ése momento, ella no pudo sentirse más dichosa. Volvía a sentirse bella y deseada a pesar que ninguno de los dos hubiese manifestado aquel sentimiento sofocante. Pero los ojos hablaban por sí solos y podía ver através de sus cristales aquella llama que no quería ni podía apaciguar.

Ivanova pudo ver cómo aquel hombre vacilaba en coger el pañuelo donde anteriormente se habían fijado sus ojos verdosos y éstos de repente se iluminaron. ¿Acaso iba a ser tan generoso de comprárselo? No le gustaba gastar su dinero de cualquier manera, pues su hospitalidad y caridad siempre le recordaba que podía invertirlo en el pueblo. Lo cierto era que si hubiera nacido princesa, de camino a un trono, nadie de su pueblo pasaría hambre jamás y -si hiciera falta- viviría en una cabaña que se cayera a trozos. Sólo si pudiera hacer feliz a aquellos que la aman. Y en ése mismo momento no podía pensar, en la mente sólo se le cruzaban palabras de sumisión y pasión para permitirle que comprara aquel dichoso pañuelo y lo utilizara para armar sus delgadas muñecas, vendar sus ojos, o callar su boca. Al terminar ella lo guardaría bien cerca para los restos, asegurándose de que se quedara impregnado del aroma masculina de él y, así, mantener su corazón un tanto más dividido. Que como mínimo hubiera un amor que se le correspondiera.

De repente la morena cayó en un estado desconocido. Las imágenes se mostraban lentas por detrás de sus párpados, explayándose y haciendo que cada uno de sus sentidos se desembocara en aquella escalofriante ilusión. Su respiración se agitó al verse a sí misma fuera de su cuerpo, siendo tocada de aquella manera y tomada con tal posesión sólo para entonces recibir un beso que nunca recibió. Y aun así pudo sentir sus labios ardientes y anhelantes. No había sido suficiente y, al despertar, la mujer se mareó. Su cuerpo se tambaleó ligeramente y tuvo que apoyarse en una estantería. El rubor pareció explotar con más intensidad y su pecho latía fuerte por la hiperventilación. Le miró en modo de disculpa, reconociendo que la había cazado y que necesitaba sentir aquello una vez más; pero de forma verdadera y duradera. Pero las palabras nunca salieron de su boca y él simplemente pareció ignorar aquello, caminando y esperando que Olya lo siguiera como una perra faldera que esperaba recibir un poco más de carnada; una golosina por su buen comportamiento. Y así era.

- Pasé por Austria en mi viaje de Rusia a Italia. Es un lugar espléndido, mi señor. - Elogió en su momento, comentando seguidamente que admiraba a las mujeres pelirrojas. Que su tonalidad de cabello era diabólicamente precioso, una virtud que dominaba en los deseos de los hombres y, que si la memoria no le fallaba, había conocido a mujeres espléndidas con aquel tono en sus hebras. En definitiva, Olya trataba de ser amable, que él pudiera sacar el orgullo de padre mientras que por dentro ella sentía desfallecer. Amadeus también tenía aquel color de cabello y, en realidad, sólo le había traído miseria. No es que odiara a los pelirrojos; pero los cargaban el diablo. - Siento mucho su pérdida. - Comentó con humildad y sinceridad, llevando su mano besada al rostro de él para acariciarle la quijada hasta el mentón. Entonces agachó la mirada y dejó que la mano cayera para quedarse paralela a sus caderas; allí donde debía estar.



{ ... }


- ¿Qué le parece ése? - Incapaz de mirar a tiempo, la mano de él la estiró con fuerza, arrastrándola hacia aquel improvisado escondite y colisionando su cuerpo contra el ajeno. Aturdida y nuevamente sorprendida, sus ojos buscaron respuesta en los del contrario, perdiéndose en aquel mirar desenfrenado y lujurioso que él parecía haber desatado. Y sin más dejó que sus párpados se cerraran cuando Fran le besó como en su mente, llevando una de sus manos al pecho de él en un intento por apartarle mientras que, contradictoriamente, la otra tomaba firme el cabello negro del caballero, enlazándose en sus mechones y estirándole contra su boca. Correspondió con el calor abrasándole el bajo vientre, notando pellizcos en la planta de sus pies y erizándose el vello de sus brazos. Su espalda se arqueó de manera que sus senos se apretujaran contra el pecho de él, cortando por completo la distancia entre ambos cuerpos y sucumbiendo al pecado del que Franz la culpaba, haciéndole cómplice. Al separarse, jadeó durante unos instantes. Seguía con la resaca de aquél acto furtivo y pasional, mirándole en una especie de odio por haberla soltado. Sus palabras fueron ignoradas por la rusa que, transtornada, se maldecía por haber caído de una forma tan absurda a un juego de faldas como aquél. Y sin embargo otra parte dentro de su ser le decía que tenía que seguir. No le respondió, ¿qué iba a decirle? Por su mente le pasaron palabras sueltas, quejándose y preguntándose si lo más decente hubiera sido tener a su lado a su criada en todo momento. Pues, de ese modo, hubiera evitado aquello. Pero ya era demasiado tarde.

Olya tomó el rostro de él con suavidad, escondiendo en su tacto dulce y honorable de damisela la necesidad y posesión. Se inclinó colocándose de puntillas sobre sus propios tacones, alcanzando de nuevo su boca y besándole nuevamente. Aquella vez se aseguró de llevar ella las riendas, entreabriendo los labios para que él hiciera lo propio y, así, colar su sinhueso en la cavidad contraria. Buscó su lengua para enredarla con la propia, frenética y abandonada en la perdición más caramelizada.


Dos rojas lenguas de fuego
que, a un mismo tronco enlazadas,
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama.


Las doncellas de alrededor, al verles desaparecer, se exaltaron y, disimuladas, empezaron a caminar por la tienda. Ekaterina pudo escuchar sus pasos lentos y minuciosos, tratando de ser silenciosos para encontrar lo evidente. Pero ella se negaba a ser descubierta en público. ¡Ella que siempre había mantenido a sus amantes en perfecto secretismo! Asustada por ello, se separó con el corazón en la garganta y, con ternura, lamió el labio inferior de él para quitarle ligeramente el labial carmín teñido. - Sigamos con las compras. - Susurró, tomándole de la camisa para arrastrarle hacia los vestidores que habían a su vera, adentrándose en el primero de la larga fila. Cerró la puerta detrás de sí, recargando su espalda contra la madera y asegurándose de que las otras gamberras pasaran de largo, buscándoles. Con culpabilidad en los ojos miró a Franz, sintiéndose caperucita roja en la boca del lobo. Y deseaba ser desgarrada con aquellos dientes tan afilados, violada con aquellos ojos tan avispados y complacer con sus gemidos sus oídos sabios. No se atrevió a decir nada más y, una vez hubo colocado el pestillo, se acercó a él con lentitud. - Yo sí voy a pedirle disculpas, mi señor. Pues ha encendido un fuego que deberá apagar, mas no con agua ni sofocándolo; sino dejando que crezca hasta que se consuma en su totalidad. Es culpa suya encerrarme en éste lugar y soy partícipe de no dejar las cosas a medias. Si se ha atrevido a morder la manzana... entonces deberá terminar de comerla.


dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armoniosas se abrazan


La joven se quitó su caperuza, dejando que cayera al suelo y sus prendas se dislumbraran por fin. Llevaba un vestido negro separado por dos piezas; la superior era un corpiño oscuro que atoraba su torso, oprimiendo sus pechos y acentuando sus curvas de infarto. A su espalda el lazo era rojo como su pintalabios, coronando su lumbar con un lazo discreto y atado con maestría. La parte inferior constaba de una falda que caía pegada, material de seda semitransparente que dejaba entrever la sombra de sus piernas moverse con maestría y sensualidad; siempre meciendo las caderas con honor y dignidad. ¿Y por qué tanto afán de aparentar ser perfecta? Pues para que hombres como aquel destrozaran su moral, deshicieran todos sus lujos y le recordaran lo que era ser animal de nuevo; lejos de cualquier mentira, de cualquier alianza o matrimonio, remotos de la moralidad y lo que supuestamente es correcto. Les rodeaban miles de espejos para que, las mujeres que iban a probarse vestidos, se vieran en cada dirección. Un altar se centraba en la habitación y, alrededor, sillones de calidad esperaban a los compañeros de las damiselas para dar su opinión. Aquella tarde serían testigos de placeres inimaginables e, impaciente, Olya se quitó la orquilla verde del cabello, dejando que definitivamente su melena se escurriera por su rostro.


dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden,
eso son nuestras dos almas.




Spoiler:
Fragmentos de la rima XXIV de Gustavo Adolfo Bécquer.
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Frase No hay más dulces cadenas que las que no se pueden romper.

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Re: Bella, como Un Pecado.

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