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En mala compañia.

Mensaje por Amelia von Habsburg el Miér Mayo 04, 2016 6:34 am

  El tiempo se me paso volando al igual que la noción de lo que conlleva sentirlo. No paso mucho antes de que despertara. Mi esposo no se vio tan sigiloso como de costumbre, al contrario logró que lo quedara viendo profundamente y sin salirme todavía de debajo de la calidez de nuestras sabanas. Por primera vez, quería que se quedara conmigo y se olvidara por un segundo del mundo. Realmente, no me entiendo. Por mas que lo intentara de querer con aquella misma intensidad que lo hacia con él. No me nace. Siempre le termino por encontrar que son de sabores tan diferentes. ¡Es que lo son! Tanto cómo si se los comparara con el día y la noche. Pero, desde ayer a la tarde, que no paro de plantearme que debería de acabar con todo aquello.
  Total, a él no le afectaría.
 
  << Pero a ti sí>>, no me para de decir una vocecita en mi cabeza y que hace que tirara por la mismísima borda toda mi determinación por hacerlo. Además de empeorar todo ese veneno que cargaba encima. Esfume tales cosas de mi cabeza, quedando prendada en observar de palmo a palmo aquella habitación y esos frutos que fui consensuando en riquezas alrededor de todos esos años. Vivía en las mejor de las comodidades, de eso no hay duda y aun así todo se siente tan solitario. Debe ser lo que me pintaba aquel día.      
    Sin dudarlo, decidí salir de la cama y caminar un poco para sacarme del todo la pesadez de encima y de paso que contemplo qué planes tengo en mente. En lo que buscaba una bata, una de las sirvientas entra y se asusta al verme de rebote.
     —Señora... Pensé que se había ido con los señores—Se disculpa, sonrojada y que arrugaba con los dedos los pliegues de la falda de su uniforme.—La próxima vez intentare no ser tan imprudente.
    —Por favor. No lo hagas—Contesto sonriente, mientras me muestro curiosa y también que no lo consideraba como algo tan gravisimo—. Por cierto, quisiera desayunar en  los jardines.  
   —¿En los jardines?
   —Si. Después de días de lluvias, seria un completo derroche no aprovechar el Sol y sus buenos beneficios, ¿no?—Percibo que la extraña jovencita hace mueca, medio pensativa y como si se esfuerza por recordar algo importante.—¿Sucede algo?
   —No. Absolutamente nada, mi señora.
   —¿Seguro?—Preguntó ceñuda.
   —Si.
                                                     (…)

  Se me dio por hacer un recorrido de inspección por los jardines. En parte, deseosa por ver como quedaron aquellas flores que mande a plantar y que uso ese espacio para volver a encerrarme. Algunos lugares me ponen nostálgicas; otros me obligan a voltear a ver a otra parte con vergüenza. Rió sola. Me siento tan niña, no traigo conmigo ese tapado que tanto caracteriza a mi persona y solamente luzco un vestido sin muchas extravagancias. Desgraciadamente, el escote tiene que estar siempre a la vista del ojo descarado.
  Apreció a lo lejos un árbol, debajo de su copa hay un banco de mármol y esta cubierto de pétalos de una exótica flor. Me dio pena romper tal escena con mi presencia, pero me quedaba de pasada a donde iba a degustar mi desayuno.
   De repente captó el sonido de pisadas, viniendo de detrás mio y creyendo que era uno de mis lobos. Apenas le doy algo de importancia al asunto. Continúan por unos segundos mas. Así que sin mostrarme tan paciente, decido a encararlo:
 —¡No necesito que me sigas!—Exclamo sin verlo siquiera y dando por hecho que era uno de aquellos lobos—: Estoy bien.
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Re: En mala compañia.

Mensaje por Franz von Habsburg el Vie Mayo 20, 2016 3:33 pm

En buena compañía
«You better shape up, cause you need a man.»

                     Franqueé el umbral de tu puerta con una avidez imparable, la sirvienta se había resistido a dejarme entrar pero nos vimos en una extraña danza, la cual acabó aceptándome sin remedio entre suspiros de estúpida excitada. ¿No es qué siempre me salgo con la mía? Lo sabes bien, tanto que si se trata de verte a ti y a nuestra hija en horarios que a mi me apetezcan, no cuando a ti se te ocurra llamarme, juego demasiado sucio. No serías capaz. Crees que mi hermano pueda sospechar de nuestra ávida aventura; intentas huir de mí, agachas la mirada, y procuras guardarte tus comentarios viperinos con ésa preciosa lengua, que ha lamido mi bajo vientre más de una ocasión. Pero mi sola imagen en el espacio producirá en ti un efecto de escándalo, te guste o no, sabes que no puedes resistirte a mí.

    Por eso te enojas.

    Pregunté si estabas despierta, pero seguías durmiendo junto a un esposo que no te desea tan ferviente como yo lo hago. Me recuerdas a tu hermana, ella llevaba cabello corto, la única a quién he amado con una obsesión rallada, demencial. Era sumisa y menos rebelde; tú te viras, crees ganarme, y te me escapas con tu indescifrable carácter inadaptado para una mujer de nuestra época. Eres diferente, una joya en bruto que poco a poco fui tallando a mi antojo, manipulándote, haciéndote cada día más dependiente de mi insaciable deseo. Aproveché en silenciar a los criados de mi visita, siempre con el sabor de la aparición insospechada bailando bajo mis papilas.

[…]

    Me mantuve enjaulado en mis pensamientos, los orbes cristalinos aprecian en estos instantes solitarios, el frescor acuoso del rocío, los sugerentes matices florales, así como la cercana visión de unos colores variopintos que pasan desde el rojo de los claveles domésticos, unas lilas escondidas entre el verde de un cedrón importado y un cielo de nubes lechosas.

    —¡No necesito que me sigas! —me tenté a la risa inocua, reprimida en la garganta. Preferí no alertar, observando al frente como un testigo silencioso. La primera escena dramática de la mañana que me obliga a creer en tu infelicidad. ¿Has peleado con tu esposo, mein wolf? ¿Sus deberes como tal no te satisfacen? No te preocupes, aquí estoy accesible, dispuesto para ti—. Estoy bien. —Mi hermano, el seguidor sigiloso, es quién escudriña tu nuca. Si vieras su seriedad, tan erguida y honrada, descubrirías entonces que le importa un comino tu actuar histérico. Enfoqué la mirada, atento a ambos, él siquiera se percató de mi mortuoria presencia, de haberlo sabido, habría acudido a mí sin pensarlo con sus aires de respeto, saludándome cordial e irse acaudalado.  

    —Hoy no desayunaré contigo, Amalia. —Estiró la mano, acariciándote el cabello—: No me esperes para la cena, regresaré dentro de una semana. —Besó tu cabeza con dulzura y marchó enigmático hacia la salida. Una vez hallados solos en el resplandor de un sol que comienza a picarme la cara, reí inevitable, la risa que ahogué por fin se escupe.

    —Amalia, veo que nunca te faltan los ataques de histeria…—dije engreído, ajustándome el puente de las gafas—: ¿Será qué extrañas el calor de mi cuerpo sometiéndote? —Me levanté estrepitoso, obligando a los calmados músculos a tensionarse. Te encuentro pequeña cuando rodeé tu figura contra la mía, mi corazón palpita desobediente, permitiéndome llenarte a besos en bocados impertinentes. Si intentas oponerte, estrujaría cada vez más, apegando nuestras bocas en un ladrón y conquistador contacto.

    —¿Dónde está mi hija? —Exigí—: Quiero desayunar con ella. —No contigo. A ti quiero follarte.


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Re: En mala compañia.

Mensaje por Amelia von Habsburg el Dom Mayo 22, 2016 4:39 am

A veces las despedidas me saben como a un para siempre; son realmente vacías y me hacen detestarlas enormemente. Permanezco cabizbaja, hundida en el silencio y solo me sale darle una sonrisa a cambio. Guío una de mis manos a acariciarme detrás de la nuca, en señal de vergüenza y casi para distraerlo de que no empezara a hacer preguntas innecesarias. Igualmente rara vez se le ocurre hacérmelas.

 —Está bien—le admití todavía ida, viéndolo fijamente por un segundo y antes de que su calor se desvaneciera por completo de mi piel. Sabe que aquellas muestras de su parte me relajan, aun cuando no sean parte de su naturaleza y lo haga para complacerme aunque sea una mísera vez.—Solo…— <<Ten cuidado >>; y lo pienso sin acabar la frase y haciéndome de paso la idea de que estaría desamparada por una semana. Lo digo, en el sentido de que tendré que apañármelas para no caer en la monotonía y lo convencional que hacen la mayoría de las mujeres de mi época. A parte que no puedo obligar a mi hija a hacer cosas, de las que quizás no les era de su agrado. Aunque nunca nos ha pasado y casi siempre congeniamos de maravilla a la hora de hacer juntas una actividad recreativa.
 De pronto, aparece del medio de la nada esa maldita risa y regresa ese terrible malestar al pecho. Enfoco a verlo de rabillo de ojo, torciendo los labios con una pequeña mueca de disgusto y enarcaba a la medida una de mis finas cejas por cada una de sus arrogantes observaciones.
 Nos hallamos a la sombra del árbol que daba una estupenda sombra en los días cálidos, enseguida él remarca nuestras diferencias de altura y yo, por mi parte, termino achinando levemente los ojos, debido a los rayos que traspasaban entre las hojas de la copa alta de la enorme planta.

  —Siempre tan inoportuno, Franz. Trata de reírte menos a mis costillas, ¿puede ser?—le respondo sarcástica, aflojando el pesar que me embarga al tenerlo de nuevo cerca y ésa intimidación natural que me viene al estar frente a su presencia. No tarda a reclamar mi cuerpo al encerrarme toda escapatoria con un posesivo abrazo; me entrega su calor gratuitamente y logra amasar a aquella bestia indomable que desea despedazarlo por completo y también lo desea en el mayor de los silencios.
  Mi mueca se ensancha:
No necesitas respuesta a esa pregunta. Cuando entre nos...—Exhaló agitada encima de los labios de mi amante:—Tu debes estar mas ansioso a someterme, ¿no?
  Y así es como comenzábamos nuestros encuentros y raro que no se vuelvan a momentos crudos. No obstante, no evito de quedarme observándolo, sin salirme de su agarre y que hábil, le voy acercando los dedos intencionada a quitarle los lentes. Sin embargo, su lado exigente me frena y hace que desista por un segundo. ¿Por qué tiene que ser siempre tan mandón? Estaba en mi territorio, en mi casa y no en su amada Austria para venir a hacer su voluntad.
 Evasiva, termino por despojarlo de sus amadas gafas y me los cuelgo de la patilla entre medio del escote de mi vestido; a modo de una dulce venganza. Luego que de espaldas a él, se me diera por repasarme el labio inferior y le informaba serena:  
Posiblemente este todavía en su habitación, Franz—Pestañeó coqueta y que astutamente me liberaba de los brazos de mi cruel amante.—Según sé pasara la tarde en la casa de los Baviera. Tu hermano le ha comprado una yegua y se encuentra demasiado emocionada de practicar sus dotes en la equitación.
 Continuó con mi camino, balanceando de paso con aire felino las caderas y dirigiéndome a mi lugar favorito de la casa: la glorieta. Desde allí tengo la mejor vista panorámica de los metros de jardines de la propiedad, de apreciar si esta en ellos mi hija y contemplar cuando venían una de esas lluvias significativas de invierno. Por supuesto no es raro que, en cuando no estoy, sea el lugar de responso de mis lobos. Justamente, uno de ellos se haya echado debajo de la corta escalinata, levanta fríamente la cabeza cuando paso por su lado y la vuelve a apoyar entre sus esbeltas patas al percatar que no había peligro; pero si mantiene las orejas totalmente erguidas en señal de alerta.
  —¡Mamá; tío Franz!
 Nos reclama en un llamado la melodiosa voz de nuestra sangre, la de nuestra hija y de la que tanto él había preguntado anteriormente. Lo que llega en el tiempo preciso antes de que cometiéramos una de nuestras grandes locuras. Me parece mentira lo que va creciendo, lo diferente que es de nosotros dos y lo que pinta a ser. Ruego a que ella no se emocione tanto con él; que lo tuviera como su especie de ídolo y dejara de lado por ello, a quien es su actual padre. Percibo enseguida que lo busca, sin disimularlo.
¿Y dónde esta, papá?
Tuvo que irse, hija. Pero nos ha dejado en buenas manos—le garantizo si le surgía alguna duda, mirando de reojo sutilmente a su “tío” y riendo limpiamente:—¿Nos acompañas a desayunar? A tu tío le encantaría.  
Ella resopla en respuesta y capta lo siguiente; y algo que incluso había esfumado de mi cabeza:
 —¿Por qué andas con las gafas del tío entre medio del escote?—y que me provoca un furioso sonrojo a mis mejillas, sin saber que decir y a su vez se me diera por boquear cuan pez con el anzuelo puesto.
<< ¡Eso debe ser cosa de él!>>, lo refunfuño mentalmente y lo doy hasta por hecho que era así.
Anda. ¡Dáselas!
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Re: En mala compañia.

Mensaje por Franz von Habsburg el Sáb Mayo 28, 2016 4:04 am

En buena compañía
«Want to argue all day. Make love all night.»

                     ¿Por qué estás frunciéndome el ceño?... ¿y son ésas maneras de recibirme? Mírate, dan ganas de comerte a bocados, sin prisas y tortuosamente atada en una cama.
     —No necesitas respuesta a esa pregunta.

     La necesito. Debo oír de tu boca prohibida cuanto añoras que te avasalle, que gimas en mi nombre y el oxigeno ya no llegue a tu cerebro
   
    —Cuando entre nos...

     ¿Qué?

    —Tu debes estar mas ansioso a someterme, ¿no? —Cuán equivocada. De los dos, quién está libre de las tareas maritales y lejos de interpretar un pobre papel de casada, desdichada en fingir un cutre y pobre deseo, soy yo. Bailé en mis labios una sonrisa maléfica, instruido en la maniobra de daros una muestra imperativa de emociones, éstas regurgitan, se expresan como figura de autoridad dónde pese a qué no me perteneces legalmente, he tatuado mi esencia en cada rincón de vuestro espíritu conspirador.

    No sé porque te empecinas en resistir, al fuego que consume tu interior en pasos descomunales.  La prueba infalible, es una hija quién patenta los años de antigüedad. ¡Tanto! Diecisiete benditos años, edad que tiene ya nuestra pequeña gorrión. No acumulamos polvo, buscando trascender la monotonía de una relación sin nombre… ¿Y crees qué puedes tomar a mi hermano por idiota? Lo sabe. Pero es tan leal a mí y a ti, que no desea turbar las aguas. Remover las pestes y crear la discordia, no es lo suyo, suficiente tiene con servirle al Imperio.  

    Los rayos del día me enceguecieron furiosamente, un segundo en que sentí desnudez, tapé mis ojos llorosos, ardiendo en agonía. Era indigno de admirar un calcinante sol que comenzó a escocerme. ¿Quién te dio el maldito derecho, estúpida? ¿Sabes el antojo qué me ha dado a mí de crear un collar alrededor de tu fino cuello con mis manos, y arrebatarte la vida que tanto aprecias? Creí que teníamos votos de confianza, sabes exactamente lo que no debes hacer. Es imperdonable. Y nadie se va a reír en mi cara, ni siquiera tú.

     Ya no confío en ti.

     —Posiblemente este todavía en su habitación, Franz —dejé de prestarte atención, me importa tres cuernos lo que incites de tus pecadores labios—. Según sé pasara la tarde en la casa Baviera. Tu hermano le ha comprado una yegua y se encuentra demasiado emocionada de practicar sus dotes en la equitación.

    ¿Podrías dejar de hablar, puta? Quién ha sugerido de comprar un caballo, he sido yo. Por supuesto, no lo sabes. ¿Crees qué mi hermano se interesaría por una hija que no es suya?  Apenas llegar la única criatura que comparte nuestra sangre, tomé bruscamente mis anteojos, pasando por el lado de ambas con una inquietante aura lúgubre y oscura. Las lágrimas de ardor, habían recorrido mis mejillas y ni siquiera las limpié, dejándolas notar para que vieras lo descuidada e imbécil que has sido. Algún día tu imprudencia te va a matar, querida.

   Unos pasos adelante, sin mirar atrás, fui diciendo:
   —He recordado que tenía una cosa qué hacer —en un tono tajante—. Adiós.


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Re: En mala compañia.

Mensaje por Amelia von Habsburg el Lun Mayo 30, 2016 6:11 am

Mirarlo fue como revivir en papel lo que sale de mi cabeza, teniendo entre dedos la pluma más negra y trágica; y a ese demonio interno que se alimenta de mis grandes miedos. No me salen las palabras. Estoy paralizada de pies a cabeza bajo la protección del techo, que más de una vez, se vuelve el centro de mis absurdas meditaciones y son aquellas que me llevaron a terminar en aquella extraña catarsis.
  ¿Acaso había buscado todas las formas para que se fuera? No. Nunca tuve tal intención.
   Es mas, antes de que él volviera de su país, habría dado todo por verlo aparecerse del ese modo que lo hizo hoy; tan característico de una cruda personalidad como la suya y que penetrase de paso cada uno de aquellos rincones que tan bien conocía de mí. Qué pusiera, de ser posible, mi alma a sus pies, doblegara esa resistencia a él y me sacara la maldita idea de estar sumergida dentro de un estanque de vacío.
    Hasta pensé desnudarme en los límites de mi propio jardín y abrirme de piernas sobre aquel banquito de mármol; que justo había dejado atrás. Qué saltáramos la parte de una charla pendiente, avanzar directamente al plato fuerte y volver a repetirlo tantas veces como quisiéramos…
  Una y otra vez.  
  Mis celos hacen que deteste el suelo que camino; a mi propia tierra, a cada mujer que pueda anidarla y por supuesto, ésa opresión que me da al corazón al resistirme de lanzar alguna clase de reproche.
  Y puede ser que por ellos, haya actuado inconscientemente y olvidado que no estaba frente a alguien que cargaba un lado monstruoso. El canto inoportuno de un lobo, logra hacer que vuelva en sí y despabile de estar tanto tiempo en las nubes. En el estado que se encuentra es imposible que obtenga algo, sé que solo puede calmarse o, en el peor de los caso, hacerme definitivamente la cruz.
 Lo que siempre he temido de él.
Una voz interna me sugiere que lo deje partir a eso tan importante que ha recordado de repente. Tarde, voy bajando las escalinatas bordeando al enorme animal que dormitaba y manteniendo sujeto entre dedos uno de los pliegues de las faldas, para no trastabillar al caminar.
  Lo sigo de cerca, a mi paso. Aunque es como perseguir a una liebre en plena carrera, termino agotándome y con las mejillas tremendamente coloradas de varias emociones. Entre ellas, un grado alto de culpa.
 —Fraz… ¡Por favor!
  Lo llamó por encima de su paso, no obstante ocurrió algo sumamente inesperado y que me obligó a mantenerme en mi lugar bastante quieta. Es como un balde de agua fría a los hombros, un escalofrió involuntario que corrió a lo largo de mi columna y acabó entre mis piernas, ahora, temblorosas.
  Enseguida percibo que comienza a escurrirme de los muslos un líquido altamente caliente. Me cuesta verificar qué es a ciencia cierta. Así que urgentemente, introduzco por debajo de mis faldas una de mis manos y observó que tengo los dedos pintados con ligeras pinceladas de color escarlata.
    No puede ser.  
  Y para completarla, la mucama que había venido anteriormente a mi cuarto, nos intercepta y afloja la fuerza con la que traía la bandeja con el té listo para nuestro supuesto desayuno. Por suerte, ahoga el grito tapándose la boca inocentemente con ambas palmas. Aquel momento no es una escena de lo más bonita.  
  —Señora Amalia, ¿qué le sucede?—Preguntó rápida la chica, tratando de ganar mi atención y al mismo tiempo, asustada, por la inutilidad en que se volvió su propio pulso.—¡Dios mio!
  —Ve a prepararme un baño—le replicó enseguida a medio hilo de voz y avergonzada—Y… ropa. Llévalos antes a mi cuarto de estudio.  
   Dicen que Dios castiga sin piedad; bueno a mi me tocó y por un mal conteo de las fechas. Me doy media vuelta a prisas, con la poca dignidad que poseía, y continuó viaje directamente hacia mi estudio. Con eso, se me habían terminado de ir las ganas de desayunar e inclusive de perseguirlo por toda la propiedad.
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